A imagen y semejanza

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Rigoberto Hernández Guevara

Ciudad Victoria, Tamaulipas.- Mi cuerpo es partícula imaginaria que hago de mí mismo. Soy la partícula más pequeña que existe y también soy el universo entero, así como lo desconocemos. Ese soy.

Mi cuerpo es una forma que yo hago para presentarme y experimentar solo el tránsito que otros ven hacia el infinito.

No me veo, soy miles de millones de átomos que están en todas partes y van en todas direcciones. Ese es mi movimiento: giratorio, recto, adelante, atrás, soy lo posible e imposible, lo que no se ve y se siente.

Sin mi participación el movimiento del mundo no existe. Existe en cuanto lo veo. Hay apariciones que yo provoco y que veo.

Todas estas cosas misteriosas son producto del cerebro engañoso, pero, si voy al mundo de los fenómenos cuánticos, no sabría explicar con palabras la existencia de la inexistencia particular cuando estoy envuelto y adentro de la envoltura, soy envoltura y espacio donde todo flota: mar y arena, onda que mueve el grano que no viaja que no se desprende.

La información se estima en un sitio donde no existe el tiempo ni el espacio sino las conexiones generales.

Muerdes una manzana que todos muerden, el campo de la especulación de aquellos que no ven todavía. Aquellos que quieren ver un objeto donde hay muchos en uno solo, somos el todo y la nada. Somos lo que no existe físicamente. Somos una ilusión hecha a imagen y semejanza de Dios.

Somos luz, átomos inesperados, inexplorados, el principio de entrelazamiento.

Somos una búsqueda constante que se comportan como una unidad sin serlo, cuando nos vemos existimos, como siempre ha sido, nos quedamos y nos amos para siempre, para podernos quedar sin la excitación de la vista.

Buscamos el espacio sin espacio entre nosotros y los objetos, entre nosotros mismos, aun adentro de la conciencia dormida todavía.

Baste con actuar sobre uno de nosotros, para que a kilómetros alguien mueva una mano y defienda el cuerpo energético que sostiene el universo.

Somos tonos, ondas comunicantes, millones de kilómetros por segundo, lazos de amor, desarrollo teórico de relatividad intima no física, invisibles, pero con señales de vuelo, de ave pasajera y estacionaria.

No estoy en un sitio. ¿Cómo estoy, qué soy, a dónde voy, por qué no puedo moverme a placer sino en este silencio donde las palabras son el paso veloz de una tarde totalmente en silencio rumbo a la oscuridad donde existe el equilibrio de la incertidumbre?

Registramos lo que vemos, pero la realidad es muy distinta y depende de cada quien; estamos muy lejos de verla, pero henos aquí en la puerta. Habrá que abrirla.

Habrá un salto cuántico. Nuestro cerebro ha evolucionado rápidamente en los últimos años. Y se podrá enseñar en las escuelas el modo más claro de percibir la realidad.

Somos eternos, somos estructura y disposición de moléculas, componentes básicos del universo que sólo esperan tener las habilidades para entendernos.

La siguiente generación, la que aún no ha nacido, tendrá que vivir en este mundo de energía, y comprenderlo antes de que comience a surgir y crezca el lado oscuro.

Pasaremos de la era del conocimiento a la era de la imaginación y la creatividad.  Y habrá que hacer los cambios necesarios para hacer un mundo mejor de esta constante  aspiración del ser.

HASTA LA PRÓXIMA.