Un antes y un ahora del futbol

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Antonio Arratia Tirado

Cd. Victoria, Tamaulipas.- El año no importa, y en caso de que importara pues ya ni me acuerdo.

Lo que importa en esos momentos es la concentración, poner oídos sordos a la multitud, a las amenazas y a las mentadas de madre que estallan alrededor de la cancha de futbol.

El balón ya está en el manchón blanco pintado con cal y enfrente el portero, enorme, aunque en realidad apenas más grande que los machetes de cinta entera que blandían algunos de los fanáticos locales.

No era el Maracaná, ni el de Wembley, ni el Camp Nou. Ni siquiera el Olímpico de Victoria. Es más, ni siquiera era un estadio, sino el campo de beisbol del ejido Santa Juana, de Padilla, habilitado para jugar el partido del orgullo, con todo lo que eso significaba entonces en las zonas rurales de Tamaulipas.

Habiendo terminado empatado incluso en tiempos extras, el juego se definía en penaltis y las cosas estaban calientes en el ejido, cuyos habitantes se volcaron porque también suyo sería el honor de la victoria, pero una afrenta la posibilidad de la derrota.

Eran tiempos en que los enconos ejidales, cuando había muchachas de por medio, se dirimían en los bailes o en los juegos de beisbol. El futbol apenas irrumpía y la pasión ya empezaba a imponerse a la razón.

Cada ejido veía a sus mujeres como patrimonio local y pobre de aquel que se atreviera a tratar de cantar en gallinero ajeno. Malévolamente, las muchachas de labios coloreteados provocaban a las fuerzas locales haciendo guiños a las fuerzas contrarias, que en las parcelas o en los canales de riego urdían entresemana la forma de lavar la afrenta de los invasores.

Esos fatuos devaneos femeniles, pero en mayor medida el sentido de pertenencia de cada zona ejidal, se jugaban en un domingo cualquiera en un partido de beisbol o de futbol.

Todo eso representaba el balón que yacía quieto y en espera de que, con su silbato, el árbitro llamara a la gloria o al infierno.

Era el penalti definitorio. Como mi ruta de vida tiene como característica bailar siempre con la más fea -lo bueno que no sé bailar-, a alguien se le ocurrió que yo debía tirarlo, “porque ha anda jugando en Victoria y allá está más cabrón el pedo”. Ilusos.

Voltee a todos lados y vi como el sol del mediodía sacaba relucientes destellos de uno que otro machete. Vi a las muchachas, que ni siquiera eran mi asunto sino de los gandallas que después supe que se negaron a tirar el penalti.

Y vi la portería, idéntica en sus medidas a la del estadio Maracaná o del Wembley. Pero estábamos en Santa Juana, del municipio de Padilla, del estado Tamaulipas en México, y los postes eran eso: dos postes de mezquite recién cortados para la ocasión.

El travesaño -para los fanáticos del Correcaminos que no saben de futbol es el poste superior de la portería, pero acostado-, tenía una peculiaridad: no era de mezquite, sino un mecate, riata, cuerda o como se le quiera llamar.

Ese era el marco por donde debía tratar de meter la de gajos -auténticamente de gajos, porque los balones eran de cuero-, con un amenazante equipo rival volcado sobre quien habría de hacer el ridículo o rescatar el orgullo del ejido aledaño, o sea yo, y un árbitro cuya autoridad valía menos que un cacahuate ante semejante escenario.

Los gritos cesaron pero no los destellos de los tres o cuatro machetes que me deslumbraron, mas que verlos.

El que acuñó la desgastada frase esa de que estás solo frente al mundo debió sentir lo que yo.

Un “quién chingados me lo manda” fue el rezo que antecedió el camino hacia el balón. Me separaban unos pasos y aún no decidía cómo le iba a pegar. ¿Con chanfle? ¿En Santa Juana? No mames, no es momento ni lugar para lucimientos. ¿Con el empeine? Ta’ cabrón, el portero puede adivinar la trayectoria. Ya güey, ya tienes el balón encima, decídete. Un reflejo solar ya conocido por mí ayudó a tomar la decisión. ¡Un puyazo!. (Un punterazo, para los que no dominan el antiguo arte del futbol).

El portero se quedó viendo visiones. Al unísono, un grito estalló en el lugar donde no había ni jamás habrá tribunas. El árbitro estaba estático, mudo, sin pitar y sin alzar la mano para decretar el fin del juego.

¿Quizás embelesado con la técnica empleada para pegarle a un balón?

Aunque de penalti, había sido un golazo de época, chafa en otras condiciones pero memorable en las que se vivían en esos momentos.

¡De campanita, papá!, dirían ahora.

Pero… ¿de campanita en un travesaño de mecate?

Entonces todo se descontroló.

Ya sin árbitro, porque no tuvo valor para marcar nada, las reglas del futbol fueron sustituidas por unos cuantos machetes, que querían hablar en nombre del honor, del orgullo, de la pertenencia de los pueblos de antaño.

El futbol ya era lo de menos. Lo que importaba era su autoestima, su amor y apego a la tierra, más allá de aficiones de muchachos pendencieros que, al siguiente día, después de una gresca, podían confraternizar como si nada, aunque en espera del siguiente reto, del tamaño que fuera.

Ese domingo ganamos nosotros, porque el gol fue clarito.

Pero ese domingo fue un empate, según ellos, porque su versión es que ¡el balón rebotó en el travesaño de mecate!

Sin embargo, lo que no hubo duda es que nosotros ganamos en los 400 metros planos, que fue la distancia que nos corretearon, gritando que ellos eran los mejores.

En realidad no lo fueron… porque de serlo pudieron habernos alcanzado.

EL “NUEVO” FUTBOL

Valgan los prolegómenos anteriores para señalar cómo el futbol, aun el amateur,  ha sido “asesinado” por los mercaderes que ya lo conciben solo como un negocio, olvidando que en realidad es un deporte que, como todos los demás, complementan el valor intrínseco de un ser humano, más allá de filias, fobias o clase social al que pertenezca.

Hoy todo gira en torno a los equipos profesionales, donde se inventan jugadores, directivas y hasta cronistas deportivos, capaces de vender la idea de que su escuadra es el eje sobre el que gira un pueblo, una economía, un estado o hasta un país.

¿Cómo seguir engañando a una población con un equipo tradicionalmente perdedor como Correcaminos?.

Varios cronistas deportivos podrán salir en su defensa -muchos jamás han jugado futbol ni de a mentiras ni de a de veras-, pero hay otros, pocos por cierto, con los que alguna vez coincidimos jugando en las ligas de futbol local -casi en todas-  y saben que el Correcaminos ya se convirtió en un verdadero fraude, en una mascarada puesta y dispuesta para el enriquecimiento de unos cuantos, en detrimento de muchos.

Yo no sé quién les dijo que es más importante mantener a un grupo de vedetes que invertir en el deporte como actividad recreativa y en las ligas infantiles, donde en realidad se forjan los mejores jugadores de futbol.

Yo no sé quién les dijo que es más importante apapachar a tantos mantenidos del futbol, que invertir en el deporte -el que sea- que contribuya a la formación integral de las personas, más allá de la actividad a la que se vayan a dedicar.

Tan sencilla que es la cosa: si quieren al Correcaminos como el negocio que ha sido, véndanlo a los empresarios a ver si a éstos les conviene perder su dinero, sin las subvenciones oficiales que han hecho del equipo una zona de confort.

Por si no lo sabían, desde hace años ser jugador o entrenador  del Correcaminos tiene sus ventajas, pues no solo les aseguran lucrativos salarios sino también canonjías disparatadas como plazas de maestro y otros negocios, por supuesto que en forma selectiva.

Por eso es la gallina de los huevos de oro, como el Pemex de Enrique Peña Nieto que enriquece a pocos y se burla de tantos.

En suma, como que ya se les hizo costumbre democratizar las pérdidas y privatizar las ganancias…

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