En tus caderas

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Rigoberto Hernández Guevara

Ciudad Victoria, Tamaulipas.- Yo conozco el aire que te lleva.  Llevo tiempo abrevándolo transparente correr por la orilla de la sierra. Los accesos del cielo tienen el color de tus ojos si los miro. Conozco el brillo de la piel cuando se extraña, la soledad andando en sus pies callados, injertos en el cuerpo.

Conozco la ciudad eterna. La luminosidad de las torres, el colorido del aparador lleno de trajes.

Conozco el aire en el archipiélago del país de tus sueños más amados, el clima perfecto, la calma, la paz, el viento adecuado de una noche en tus brazos.

Soy un poco de aire apenas para respirar tu recuerdo. Para soplarle al tiempo y al fuego. Soy ese pasajero arrojando el humo por la calle, el vapor del barco, la humareda de una chimenea.

El aire llega primero con tu perfume envuelto en viento, es como llano en el respirar en tus labios, como arroyo, como una fresca mañana  en el umbral de una palabra, en el improvisado beso que anda rondando tus labios.

Es una vida completa llena de tardes, una canción bailando en tus caderas, una sociedad de ideas en mi cabeza es esta ciudad de buganvilias rojas. Alguna virtud tiene tu voz que se halló bien con mis cortinas. Hay ecos que se repiten y van callando.

Tráeme aire una pieza de pan, un café. Traérmela a ella. Así como traes y llevas las hojas. Como los ojos que van de un lado a otro alrededor del rostro. Trae la hoja de maple, la banqueta amarilla, el sol de una tarde. La lluvia metida en el tuétano.

Yo conozco la tarde sin viento, la noche sin cuesta, el despertar en la banqueta. Como el viento sin viento, conozco la tarde increíble caída como ojos en un cuerpo.

Tráeme una lámpara de mano, doce galletas y una palabra escuchada apenas dos veces. Una palabra de esas. Yo escucho pasar el aire, derretido, colapsado o inflando un globo. En un campamento.

El aire es mal tiempo, anatema, incendio, viento. Se prevé que llueva luego de esta convención de arbitrarios vientos que doblaron las cortinas y apagaron los quinqués en los pueblos más pequeños.

 Conozco el aire apagando la vela temblorosa, la debilitada voz de la noche bajo un árbol. Tráeme su voz deliciosa. Tráeme su voz en uno de esos susurros de viento.

En las palmeras se mueve el aire adrede encima de mi cabeza. Hay luces mercuriales, la calle oscura de costumbre y listo. Al alcance una banqueta adoquinada. Cruzo dos calles y luego de dos ceibas abro una puerta de madera.

El aire se filtra por mis narices. Siento el aire tibio de este verano. El pavimento se ha derretido y el chapapote huele, vuelve a ser niño. El aire entonces pasa con el silbato de un vendedor de Bon Ice. Paso por ahí. Doy vuelta en la otra esquina. Trato de respirar tu recuerdo.

HASTA LA PRÓXIMA.