El muerto (52ª parte)

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Rigoberto Hernández Guevara

 Ciudad Victoria, Tamaulipas.- Acto seguida el licenciado Genovevo llamaría a alguien para decir que lo habían secuestrado, pero mejor no llamó a nadie, no fuera a ser el diablo.

Con el dinero en la bolsa que no rebasaba los 5 mil pesos me sentía otra persona. Me volvió la sangre al cuerpo y regresó el poder que da el dinero y puedes disponer. Tomé un taxi y me dirigí a la casa de Rivero, mi amigo el periodista.

Con el tiempo ya había perdido yo mismo mi esencia, recordé que un tiempo fui reportero, pero lo veía muy lejos desde ese ser en lo que me habían convertido.

Tuve suerte. Eran pocos los taxis que se atrevían a circular, la mayoría de ellos eran halcones al servicio de los grupos locales o de dos o tres a la vez, hasta que todos se enteran y buscan matarle y es sustituido por otro chofer igual necesitado de dinero como para jugarse la vida en un sitio de donde difícilmente sales con vida.

Desde que me subí comencé un interrogatorio imperceptible con el taxista, pero este no se dejó preguntar, llevaba años evadiendo toda clase de preguntas a cualquiera que se le pusiera enfrente.

Así que no le saqué una palabra y sí, me puse en riesgo, pues el sujeto me pudo levantar si lo deseaba, pero no fue así. Tampoco ellos se someten al riesgo fácilmente.

Ahora que me sentía a mis anchas sabía lo que tenía qué hacer. Conocía al dedillo la situación de la ciudad aun cuando personalmente no conocía a los actores principales. En los últimos días la violencia recrudecida había hecho estragos severos en la población que se agazapaba en sus refugios privados pero incólumes.

Rivero había aprovechado el tiempo para darle claridad a los planos que Rubido había elaborado y a los datos que nos habían dejado quienes precisaron tener el control del narco en la ciudad.

Necesitaba saber si el gobernador estaba vivo y dónde estaba en todo caso, pero era difícil preguntar a estas alturas, pronto lo pregonarían los diarios testaferros de él mismo, estuviera donde estuviera. Tal vez lo liberaran. El gobernador era, dada su posición, intocable hasta el momento, pues ninguno de los grupos sentía aversión real por él, al contrario, lo preferían así abierto y sin causar mayores problemas.

Y eso era para lo que yo había llegado ahí desde un principio, para causar problemas a los grupos junto con Rubido, pero, como ya habíamos dicho, un traidor llegó por dentro y logro matar al capitán.

En lo personal yo sospechaba del gobernador, y pensaba que él mismo lo había entregado para distender las presiones que comenzaron a amenazarlo hasta llegar a este secuestro del que estábamos hablando.

Recordé el celular que aun colgaba del cinturón y se me ocurrió llamar al Fidel, a quien dejé encargado del feudo en el centro penitenciario, a ver qué pasaba y me contestó él mismo.

-¿Patrón? -me dijo, desde su voz tranquila, pero un poco angustiada.

-¿Qué pasó por ahí?

-Nada, aquí todo bajo control. Nos dejaron solos, se fueron todos los celadores, quién sabe qué estará pasando, usted dígame qué hacemos.

– Sálganse da ahí -le ordené. Así como si fuera muy fácil.

CONTINUARÁ.

HASTA LA PRÓXIMA.