Alucine

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Rigoberto Hernández Guevara

Ciudad Victoria, Tamaulipas.- Ponle que un alucine. Un ver de mucho tiempo y de muy cerca un sitio que empieza a cambiar. Ponle un alucine y el sol tendido a ras del suelo, barrido por el viento.

Nadie pregunta cuánto tiempo debe de pedirse el pasar como una arenisca en los ojos, una calle insuperable con su hilera de carros.

Nadie sabe además lo que ocurre en un minuto en otras partes por ejemplo: se desploma el aroma de las flores, caminas unos metros, otros se detienen y hay de aquellos que se van para siempre y nadie los vuelve a ver, ni los van a buscar.

Ponle un alucine de ver y escuchar simplemente callado en el borde del área enemiga viendo los goles de un campo llanero con sus jugadores estrafalarios y maldicientes.

Por si se pasa, no olvides ver la transparencia en la respiración de un árbol, la conjetura tenaz de la tarde que comienza a jugar en las calles.

Pero si vas de prisa pisa fuerte, camina distinto, quiebra las piedras, metete la idea de que no has llegado todavía hasta que el camino termine, y que el verbo caminé sean uno solo detenido en el tiempo.

Ponle que un alucine debajo de las cortinas, mordiendo el alba, corriendo la mañana sobre una almohada o en el dejo feroz de un perro que ladra. Ponle la mañana escampada con un ruido intacto del grillo.

Ponle los problemas, juntos, las voces encontradas, las risas fugitivas, las locas ocurrencias que te vencen al final de una llamarada. Ponle que ahí estuviste y no digas nada, pone lo que quieras, aquí no hay verdades.

Un alucine cerca de los dedos donde se mueven pequeños soldados, ponle las rejas que matan, la soledad pasmada en los rincones en el polvoriento rencor de los olvidos.

Un alucine en los ojos, en el papel manchado de tinta, en la ilegible memoria de lo que habías guardado, en el papel mojado, en las cosas que ya no son, como si nada también fuese un verso que al escucharse hablara.

Ponle palabras, objeciones, guiones de sangre a horcajadas, ponle el cariño, la fe total, el pedazo de cielo que te tocaba.

Ponle mi nombre, cincha la caja, mándala, extravíala, olvídala, deja que se pierda en el fondo del agua. Un alucine es ver la realidad como si fuese cierta, ser cierto como la falsedad. Un alucine es un poco de fiebre, manos que sacuden una lámpara, luz seca y temblorosa, viento que la apaga, sombra que se mueve al fondo de la casa.

HASTA LA PRÓXIMA.

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