El espectáculo de lo irreal

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Rigoberto Hernández Guevara

Ciudad Victoria, Tamaulipa.- En la película los cuerpos se mueven sigilosamente tras el rastro del drama anunciado en las marquesinas. Hay que complacer a un auditorio perfecto que de no ser así los recrimina.

Los actores principales, viejos en esto, encallecidos de los dedos manejan con lápiz cada memoria del sustento.

Comienza la farsa a luz apagada y se escucha el  sonido profesional del silencio durante la expectativa. Suena un tambor seco en el oído ausente, y recorre la sala de los cinéfilos azorados increíbles y verdaderos.

Es un rapto, un atraco el momento en que aparecen las personas como en un reflejo destinado al programa que consiste en un principio precipitado para que el público de hasta delante se enganche con el personaje que les devora el tiempo.

Otra vez. La historia se cuenta de nuevo, a cada rato el mismo encuentro de decir una palabra como si no existiese otra y el público aúlla como sirena de un tren emulando las calles, abiertamente como ingenuos antepasados que vinieran a verles.

Es un sueño en penumbra de dedos que van y rocían tentáculos en las pieles de la floreada noche de la noche. Es un espectáculo digno de tal suerte, de tal mentalidad que termina por momentos en realidad.

Durante la proyección, los clientes salen inconformes y vuelven de nuevo por ausencia de otras atracciones que no sean el amplio estacionamiento, la confitería de Esteban de Pessoa y el clima central, la moda y el escarnio de ajusticiar al ausente.

La película se platica en las calles. Los hombres y mujeres sobrevivientes van a escuchar la canción que gracias a esto tan predecible se hace sinfonía de mentiras a medias.

Los ejecutores del concierto componen loas y rolas que son premiadas en los círculos de las etiquetas más absurdas. Llegan monstruos sagrados, gente intocable que la sociedad aborrece y de nuevo aplauden.

¿Qué concierto es este de palomas esquivadoras de las escopetas, que patos de reúnen a burlarse de su destino luego de haber sido plástico maltrecho, de utilería, para una película sin futuro revuelta en el granel del devenir de otros acontecimientos?

Esta es mi patria, mi ciudad y mi calle, mi cine llevado en tercera dimensión corriendo y esquivando las vals en la película del oeste que mata balas, rifles de asalto, tartamudas palabras que vuelan como cohetes y estallan todos los días sin cesar antes de que todo esto, como una película rayada, termine por terminar con  espectadores y actores de la vida y la muerte que somos todos en el rodaje.

HASTA LA PRÓXIMA.