Camisa impostergable

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Rigoberto Hernández Guevara

Ciudad Victoria, Tamaulipas.- La vida es una escalera resbaladiza, sin barrotes, todavía pasa alguien y le echa agua, nombre no, ustedes lo que quieren es que me caiga. Entonces me sujeto a los peldaños y subo un poco más.

Desde aquí se puede ver que aún no estoy arriba, me falta un chingo.

Es duro creer que he llegado hasta aquí para pensar lo que pensé desde que empecé a subir: que arriba puede ser que no haya nada, que una caída es la única que está garantizada, que no hay regreso y el camino de vuelta es esta escalera que se deshace en las manos.

Y sí, he visto otros caminos. Gente que no quiso subir a ninguna parte, bajo el cielo llano, tuvieron razón siempre. Verdaderos caminos por donde van todos o una mayoría; no me había puesto a pensar en eso. Pero yo elegí este, que es una escalera, y me estoy cansando o más bien cayendo. Me da el sol a fuego. Y hay otras escaleras más cómodas para subir o para bajar y casi es igual.

No crean que ha llegado mi hora de los arrepentimientos, en realidad yo y los ocupantes de  otras escaleras contiguas nos la pasamos preguntando cosas ya innecesarias, como esa de a dónde conducirá este destino. Y finalmente hemos llegado a la misma conclusión que es la teoría más vieja de la historia: vamos a donde mismo.

En días de lluvia soy más apegado a la escalera, pero en días soleados parece que me divierto, hasta puedo sonreír si quisiera.

Ahorita que estoy tranquilo, si bajo la mirada hasta casi pegar mi quijada con el pecho, es porque quiero verme. Aquí en este sitio de la escalera donde voy no hay espejo. Tengo que verme el pecho, los hombros y reconocer el resto de mi esqueleto. ¡Cómo he cambiado!

Ojalá se pudiera subir en bicicleta como de niño. O trepar corriendo, bajar de nuevo al comprobar que no hay nada, hacerlo todo fácil como me lo recomendaron. Pero eso lo hubiese hecho al principio. Hoy habrá que cavar el silencio, sacar tierra del cielo.

Ojalá se pudiese bajar de una vez por todas y no volver a subir. Con la gracia completa del arrepentimiento pues y los pecados perdonados y todo eso que luego da satisfacción cuando caminas por la calle y eres un tipo con suerte.

Pero bajar dejó de ser opción. Abajo no hay nadie que conozcas. Los tuyos se han ido a morir a otras partes

Y sí, lo que era tierra es lodo con la lluvia, mis manos delgadas resbalan. He pensado mil cosas y escribí otras muy diferentes.

Veo mi camisa suelta por encima del hombro, podría volar si quisiera al dejarla caer sola en el aire. De esta altura daría dos vueltas y después sería arrastrada hasta desparecer. Pero es curioso cómo, cuando se va solitario, uno ama su ropa, esta camisa de cuadros con memoria, con su ligera rasgada, impostergable el día que la compré.

HASTA LA PRÓXIMA