En la orilla de la mesa

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Rigoberto Hernández Guevara

Ciudad Victoria, Tamaulipas.- Usted va cumpliendo años y deja tras de sí la triste apología inútil de su pasado inmediato, por correr rumbo al futuro, ese que no espera, pues cuando se llega ya no está. El futuro debe ser un don del mismo olvido.

Sería bueno vivir como decía Borges, sucesivamente. Y todo eso tenemos durante la vida, el sueño, las ideas, los pensamientos, las locuras los movimientos torpes.

Con miedo morimos, venimos muriendo hace tiempo. Tememos porque desconocemos, somos el principio y el final y eso debiera ser todo y no lo es.

Más allá el tiempo abusa de nosotros. Hay en quienes la inmortalidad está presente como un castigo.

Al lado del cuerpo inmediato se responden las preguntas más inhóspitas. En papel efímero dejamos las cosas que le ocurren a una persona y a todas y estamos hablando de días ya viejos y remotos de otros.

Cuando morimos, si es que morimos, no merecemos la muerte. No hemos encontrado nuestra hora, ni recuperado todos los mandamientos arrepentidos ni los movimientos vanos perdidos en las manos atrás de una puerta.

Nos trajeron en una camilla, ahí estábamos todos sin  integridad en un hilito de voz, hablándole a nuestro cuerpo.

Fue de repente mientras elegíamos un pan y no sabíamos que era una ventaja el azar que al fin de cuentas cabe en un último suspiro.

Nos dan a elegir entre el principio y el final. La cita recoge lo que no vimos, las salvedades en las tribulaciones del ser, la opresión del ser muy débil y nulo, ineficaz. Y qué me dicen de la nada, de las objeciones, del silencio unilateral.

La muerte es la constante, la vida parpadea en la existencia. Es una reliquia la vida, un montón de libros atados, armas disparadas, miel desparramada alrededor de uno.

Usted muere cuando muere el enemigo. Es una revelación de último instante, una publicación corregida la muerte.

Vive mientras tanto, gira y da vueltas, hace poemas, lee, destroza lo que ve con la mirada y tiene cierta fama en la remesa, en los juegos verbales, y elige entre otras pasiones morir tranquilamente. Es todo.

Entonces usted dice la última palabra que se olvida o se edita y es un juego de póker que nunca jugó consigo mismo, una mano propia que da vuelta a la primera página y piensa.

Detenido en la orilla de la mesa, hable, para que vea que nadie lo escucha, los jugadores de esta noche se han ido antes que usted.

HASTA LA PRÓXIMA.