En las llamas del agua

0
722

Rigoberto Hernández Guevara

Ciudad Victoria, Tamaulipas.- Así como te conozco te iré contando. Soy bueno cuando me suelto platicando. Empezar por aquella vez que te vi creo que es un buen hilo de la historia, no sé qué pienses tú.

Lo primero que vi fue que tus narices se justificaban debajo de esos hermosos ojos y que respirabas de pronto cerca, viéndome. Me di cuenta que eras real y que reías estupendamente bien.

Si decidí contar  la historia de esta manera es porque diciéndotelo a ti puedo encontrar las respuestas.

Enfrente de los dos la inmensidad nos confronta. Tu eres una sonrisa inolvidable, un paso a la vez un despacio silencio en la mañana. Mientras te voy contando sentémonos ahí en esa jardinera. Huele a humedad y a una hilera de flores amarillas.

El pensamiento vive y va, contiene el sabor de tu imagen palpable. Es un reflejo en un aparador del viento. Es tu palabra suave ondulando antes de llegar.

Porque amarte fue fácil en esta melancólica ciudad. Las tardes  son aguaceros y un poco de viento. En el kiosco del tiempo, la ciudad fue destruyéndose.

Los balcones sacaron su arma favorita y cayeron en una pequeña pos guerra de soldados muertos.

En la ciudad cabemos muy bien. Se puede ser feliz de todas maneras. Este texto es un verso tuyo. La vez que te vi tu risa era un balcón por donde se asomaba el mundo.

Pensé que yo podría darte de tal manera  mí ensalzada cabellera, mis trucos en una inmensidad, lo que tú quieras. Las calles frías de otoño que tengo en un segundo.

La ciudad es tu cara en días de fiesta. Las calles han llevado a cuestas tu cabellera que el viento pelea.

Tú sabes a mis tardes. En el hueco de esas horas te has metido y ahora eres el paso de una mariposa parpadeando. Me gusta cómo eres, como haces las cosas. En esta parte de la ciudad te quiere mi alma de pavimento mojado.

Hay un espacio, es un milímetro cuadrado de tu cuerpo. Es un sillar del suelo, tu piel es una encrucijada en las llanuras. Tu voz que sabe a agua, tu voz es un refugio, una flor bajo el sol.

Quiero escribir tu historia en las madrugadas con apenas luz. Empiezo a escribirte, a hablarte de la guerra durante una tempestad. Las veces que te pienso tienen eso de soledad.

Desde hace tiempo te escribo. Desde hace algunas noches te escribo cuando apago la luz.

Te daré mi forma de ser en un día nublado, mi escasa sombra, mi timidez a la hora de escribirte, justo en el momento en que leas esto.

Quería que vieras la ciudad al mismo tiempo que yo. Y decirte las palabras que escuchaba desde niño a los ojos. Tenías que reír antes de que yo me repusiera y desde ese día han pasado los años.

También sé que querías ver la ciudad como yo, ver la lluvia como yo en los acantilados de la ciudad, desde una terraza, apagando la tarde con tus palabras.

Escucho tu voz mientras veo tu nariz que respinga en cada risa. Estoy del otro lado de la lluvia, te sigo los pasos. Es elemental tu paso firme, tu hablar resuelto al mover las cortinas de la calle.

Y la ciudad sigue ahí, en las llamas del agua.

HASTA LA PRÓXIMA.

Compartir
Artículo anteriorIndependientes a la báscula
Artículo siguienteExpectativas