Terrorismo de estado

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Rigoberto Hernández Guevara

Ciudad Victoria, Tamaulipas.- El dispendio mundial ha encasillado al terrorismo como una propiedad del mundo islámico. El sólo pronunciar la palabra “terrorismo”, hace derivar en el miedo a la muerte; o las etapas más próximas, relacionadas a la condición en la cual primero es una voz al teléfono, luego una presencia, después una herida y finalmente la amenaza cumplida.

Lo cierto es que si dije dispendio para mencionar al terrorismo es por la gran capacidad que este tiene para invadir los espacios de nuestras emociones, principalmente el miedo.

El terrorismo es un hecho que, al consumarse, aligera el miedo que viaja a los alrededores de los cuerpos involucrados, tanto de quienes participan como de quienes desde más lejos escuchan.

Quienes participan como víctimas son sólo los depositarios del golpe cuya resonancia va y estalla con sus esquirlas mediáticas en las paredes del mundo que ampara al crimen, que lo protege, pero que a la vez le teme. El terrorista se tiene miedo a sí mismo.

Un hombre con temor hace lo que se le pide. El terrorismo no abunda en el mundo islámico, ni es de su exclusividad, eso es un mito. En nuestros países se da el terrorismo de estado que abarca todas sus probabilidades y contingencias, tanto si son eficientes y dan resultado, como si fallan, pero provocan el mismo daño.

En México hay niños que ya nacieron viendo en las calles a los soldados y a miembros del crimen organizado armados hasta los dientes en esa guerra cruel que se financia por todas partes y que no termina, no cesa, y por el contrario, cada vez sujeta nuevas herramientas y reúne nuevos elementos; se vuelve más sofisticado, impenetrable, se encoge y se amplía, sin otro resultado más que lo que ocurre: engruesa el temor que infunde entre los habitantes de una población en tiempos de paz, desarmada.

El estado sabe bien que la gente con miedo reacciona de inmediato a determinados estímulos provocados por el miedo, provenga éste de donde provenga, aun el menos lacerante: una muerte al lado de tu casa, un crimen en mitad de la calle, un descuartizado.

Poco sabemos de los efectos que un crimen cuenta en la conciencia de las personas que escuchan, mucho menos nos hemos interrogado en relación a lo que cuestan al estado cierta cantidad de muertos que incluye, entre sus potencial, al más noble y necesitado ciudadano.

Lejos de coadyuvar a la estabilidad emocional del ciudadano espantado, el estado combate en las calles al crimen organizado con los consistentes daños colaterales. Como se nombra indebidamente a la muerte de seres humanos inocentes.

La escasa inteligencia con la que se actúa provoca que se gasten más balas y se adquieran más armas con el desgaste económico que ello implica. Entre ambos extremos, vendedores y compradores, de uno y otro lado, hacen el día de los comerciantes de armas que se benefician, en Estados Unidos principalmente.

Sin embargo el terrorismo está lejos de ser únicamente motivado por el ruido de las balas que pasan silbando, por los rumores de un muerto acribillado a pelotazos en la esquina de tu cuadra, pues, cuando se da, es bastante generoso y abarca todos los ambientes.

En nuestro país el terrorismo de estado se manifiesta cotidianamente a través de los hechos violentos, de la incertidumbre, de la mentira que gira en el entorno que baila con la muerte, que juega con la política y la hace pedazos o la resuelve eficiente para sus bajos propósitos.

Cuando el ciudadano abre los ojos descubre que está atado de manos y en un lugar cerrado y oscuro que es su casa. Que es posible que si habla, alguien lo escuche; que afuera lo están esperando por algún motivo, que si muere suele ser un error, que si muere puede quedar en el anonimato, que si es descubierto años después en una fosa, es posible; eso es lo que sabe, lo que escucha, lo que ve, lo que pasa y pasa cada vez con más fuerza por su mente, lo que le aterroriza.

Si la amenaza infunde terror, una amenaza cumplida es peor. Hay palabras que al pronunciarlas crean pánico, hacen que la gente se retire del lugar inmediatamente. Hay palabras que ni siquiera se pueden articular.

Por tanto, al no saber qué pensar, el ciudadano desde su escondite secreto saca la oreja, para que alguien, no sabe quién, le dicte lo que hay que decir, lo que hay que escuchar y hasta por quién hay que votar.

HASTA LA PRÓXIMA.