Bustamante, lugar de Tamaulipas donde polvo y estrellas atan un nudo de nostalgia

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Por Rigoberto Hernández Guevara

Bustamante, Tamaulipas.- Llegamos al ejido Emilio Portes Gil, municipio de Bustamante, porque nos dijeron que habría un jaripeo. El viaje es muy agradable por los espectaculares paisajes que ofrece la sierra madre oriental, si se escoge ir por la vieja carretera de Victoria a Tula, en principio. Luego viene la odisea.

Adelante de Palmillas se elige el camino que va a Bustamante. Llegamos a la cabecera municipal y de ahí emprendimos un camino de terracería entre las montañas.

El altiplano, al sureste del estado, es una región poco explorada. De lejos se ven los enormes recursos naturales, la densidad del pino piñonero en las montañas.

La tierra es seca. Se hace polvo en el camino que de pronto inunda la mitad de las llantas, por increíble que parezca. Con el tiempo se requiere pericia y conocimiento del terreno para pasar por ahí sin apuros.

Apenas hay un plano abajo, en el fondo de un cañón donde hicieron un pueblo y siembran de temporal. Así son los pueblos de esta región, cuyas tierras les fueron repartidas por el presidente Lázaro Cárdenas, personalmente.

La talla de lechuguilla tampoco es una opción desde hace muchos años para la gente de este lugar. Cuando pueden, los jóvenes emigran a los Estados Unidos donde todos tienen un pariente.

Sin embargo, a pocos kilómetros de la cabecera, en un declive donde se resbalaban los vehículos, el gobierno construyó al menos un oasis en medio del desierto, les construyó una rampa de concreto y después el camino sigue como estaba.

No es raro que lo espeso del pino ofrezca el hábitat para la sobrevivencia del oso negro. Entre los cactus todavía serpentean de repente pequeños saurios persiguiéndose. El sol es inclemente a pesar del invierno y el polvo es un ingrediente más de la ropa y el pelo.

En el camino se van cruzando camiones repartidores de refrescos, de yogurt, que proceden del estado de Nuevo León, les queda más cerca. Afuera de eso, no se escucha ni un grillo. De vez en cuando se escucha un pajarillo de esos que siempre andan cerca de donde hay víboras y chile piquín.

El recorrido es entre biznagas y palmas de las que dan chochas y cientos, miles de pinos. Entre los caminos que convergen y se doblan en una montaña, salen pequeños rebaños de chivas. Muy atrás viene un señor con una vara y un perro.

Si se observa para arriba, se descubre un zopilote y la raya de gis que marca la turbina de un avión que, a estas alturas de la altiplanicie, no debe pasar muy alto.

La región ofrece al viajero pequeños poblados ancestrales, como, Atarjeas, el pueblo donde nació Alberto Carrera Torres.

Los hombres, como desde hace muchos años, visten pantalones vaqueros. Quien se asome a un patio puede ver una vaquilla, un caballo mediano. Y en esa región apartada las mujeres todavía conservan el rubor natural, los hombres saludan sin discriminación alguna a quien se van encontrando, como una parte de su cultura.

Un error en el trayecto en ese sendero de caminos que se bifurcan es letal. Hay que volverse atrás luego de muchos kilómetros de no ver a nadie. Así que hay que ir preguntando. O al no haber más, casi al azar, se escoge el camino más transitado.

Entre los cercados y extensiones de tierra surgen los remolinos. Se dan de a tres o cuatro al mismo tiempo, cruzan el pequeño llano, pasan por uno de los pueblos y desperecen.

Por el camino, angosto, para un solo carro, se avanza despacio aunque los lugareños pasan con sus vehículos adaptados a las filosas piedras, a la invisibilidad por la polvareda.

Llegamos y empezaba el evento. Una estructura tubular daba forma a un lienzo charro donde ya había gente, entre los caballos bien adiestrados, esperando a la alcaldesa de ese municipio, Marcela Rodríguez.

Como se estila en todos los eventos oficiales, el evento programado a una hora empezó a la hora que llegó la alcaldesa. Acompañada por el comisariado del ejido Emilio Portes Gil, en tiempos políticos, sonreían a todo el mundo. Luego, desde un templete la alcaldesa lanzó su discurso en donde habló de su trabajo y los agradecimientos respectivos a todos los presentes, que, ante la falta de gradas, se acomodaron debajo de un mezquite de tallo retorcido, pegados a las camionetas que en buena proporción se dieron cita.

Para el viaje de regreso, no hay palabras. Es un viaje acompañado de una inmensidad de estrellas, como si los cactus se replicaran en un espejo. Abajo, en el suelo, surgen legiones de fantasmas oscuros de distinto tamaño, centinelas inmóviles, que durante el día son biznagas, garambullos, mezquites chiquitos.

El cielo se ve y se vuelve a ver como para que se grabe en la memoria. Y más vale. El camino es una emboscada constante. El valor de cruzar un camino solitario, en medio de la noche, como este que nos regresa a la cabecera municipal de Bustamante no tiene comparación. No se escucha ni un grillo.

La soledad del camino confundido entre garambullos, la noche callada, permiten el paso de los pensamientos extraños, de repente no se ve ninguna luz, como si la hubieran apagado para ver la multitud de estrellas que, desde el altiplano tamaulipeco,  casi se pueden tocar con la mano. Salimos con una sensación de querer salir de ahí, pero también quedarnos a acampar.