Góngora

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Rigoberto Hernández Guevara

Ciudad Victoria, Tamaulipas.- Estaba viendo los libros que guardo con más afecto, no muchos; y mientras el humo de mi cigarro inundaba el segundo estante, vi una antología de Luis de Góngora.

Es curioso, no recuerdo haber visto este libro ahí. Pertenece a una colección que, incompleta, acomodé en otra parte. Puesto ahí parecía la noticia entre otros grandes, un español entre mexicanos. Era como matar por gusto, así que lo bajé para leer algunos de sus poemas.

¿Qué extraño?, precisamente había recordado su presencia en este planeta como un ser extraordinario, cuya vida literaria le llevó a los extremos. Pero no casa aquí decirlo. Pensé en lo que debemos a este poeta y no lo reconocemos, quizá di vuelta en una esquina y lo olvidé a la siguiente cuadra.

Lo que importa es que su literatura, llena de matices, se esclarece en su lectura acumulada, con ojos de futuro viendo al pasado, luego de la dura crítica de sus contemporáneos; el exegeta Dámaso Alonso, dijo de su poesía, apoyándose en un poema de la propia autoría de Góngora:

“Aun a pesar de sus tinieblas, bella; aun a pesar de sus estrellas, clara”

Percepción que pudo ser posible para aquel tiempo que consideraban bizarra la poesía de Góngora, pero hoy no estaría de acuerdo, y lo digo ante su lectura perturbadora, y el en el tendido de la estética, no porque sea que la estética cambie. Por al revés, porque la estética y el arte comparten el viaje sin distingo.

Lo que ocurre es que siempre el traspasar las fronteras de la inmediatez, resulta un parto doloroso. No digno de confianza es quien rebasa las barreras de este mundo. Pero además, hay un rompimiento que provoca una explosión, que vuela el establishment en mil pedazos.

Es una constante en el arte la vida poética de los autores, aun no una regla, ni necesaria ni obligatoria. Y, por el contrario, en la actualidad se cae al otro extremo de las etiquetas. Pero en el caso Góngora se tiene la idea de su desfachatez, su desarmonizada presencia física, su tatemado rostro.

Góngora lejos de padecer y calmar sus ímpetus, sabía lo que hacía de manera prodigiosa al  acopiar su circunstancia, protegiendo con poesía su personal naturaleza.

En ese entonces Góngora estaba más cerca de atrapar el futuro que su presente. Habrá sido de los muchos, de una versión más de la innovación y el desenfreno.

Esto es lo que puedo decir yo con mis palabras humildes como un río, bajo la sabia y mejor opinión que usted tenga, bajo su lupa, o para decirlo con Góngora “no sólo tu pastor soy, sino tu pasto también”, que no me alejan del presidio o desde una posible acusación en mi sillón; viendo de nuevo cómo el humo moja el futuro, lo desparece entre los libros donde ahora hay un hueco. Luego, vuelvo a leer sus poemas de corrido, sin sonsonete.

HASTA LA PRÓXIMA.