La vergüenza de Nuevo Laredo

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Antonio Arratia Tirado

Cd. Victoria, Tamaulipas.- Nada, como el miedo, puede retratar de cuerpo entero a un ser humano, sea cual sea su catadura o su relación con el mundo que le rodea.

La sobrevivencia, siempre, está por encima de todas las cosas.

Sin embargo, cuando se trata de un gobernante, del nivel que sea, habría que hacer otra clase de valoración porque bajo su égida siempre hay cientos o miles de mandantes que lo menos que quieren ver es un representante constitucional en vergonzosa huida, y lo peor, dejando abandonados a mujeres y niños que pudieran convertirse en víctimas inocentes.

Eso hizo justamente el alcalde de Nuevo Laredo, Enrique Rivas Cuéllar en el evento del miércoles. Temblando de miedo salió huyendo de la escena después de que dejaron de sonar los disparos, obviamente custodiado por soldados del Ejército Mexicano porque, como él, sus guardias personales no atinaban a hacer algo coherente, en el entendido de que deberían estar entrenados para ese tipo de eventualidades.

A Rivas Cuéllar no se le puede cuestionar que haya sentido miedo, que haya salido corriendo o que en acato a un protocolo de seguridad nacional los militares lo hayan obligado y ayudado a ponerse a salvo.

Empero, lo que sí se le puede reprochar, como ya lo han hecho cientos de neolaredenses, es que haya exhibido su catadura de hombre pequeño al dejar abandonadas a decenas de personas a las que él mismo convocó para que aplaudieran algo por lo que a él le pagan.

La escena fue grotesca y patética: un alcalde tembloroso y derrumbado en el suelo, cubierto por sus guardaespaldas y luego corriendo hacia su camioneta blindada, empujado por los militares.

Atrás quedaban  los llantos de mujeres y niños, de los que antes se valió para presumir sus obras. El alcalde los abandonó, inermes.

Nadie en su sano juicio pediría al alcalde de Nuevo Laredo que antepusiera su vida a la de las personas que lo acompañaron en el evento oficial, pero si como dicen la balacera era en una colonia aledaña y él blanco de los proyectiles no era él, lo menos que como primera autoridad y como hombre debió haber hecho fue asegurarse que las mujeres y niños estuvieran a salvo de uno hecho que a él lo impelió a salir huyendo, antes que nadie.

Sin embargo, la escena en la que aparece dando un mensaje al pueblo de Nuevo Laredo lo hizo ver aún más patético y grotesco.

Ese “estamos de pie” final, cuando minutos antes permaneció derrumbado y tembloroso, habla estrictamente de otra cosa: en realidad está de rodillas.

Solo él y su verdadero jefe, Carlos Enrique Canturosas sabrán en realidad de cuál pie es del que cojean.

HISTORIAS DE TAMAULIPAS

A partir de esta semana www.gaceta.mx pondrá a disposición de los lectores una serie de historias antiguas y actuales escritas por compañeros que, como yo, nos resistimos a los “modernistas” que, sin conocer con qué se comen los géneros periodísticos suponen que el periodismo se hace con un teléfono celular y “arriesgan su vida” tendiendo alfombras rojas al patrocinador en turno, llenando las redes de loas o injurias, de acuerdo a lo que la billetera o el hígado les dicten.

No es este proyecto un intento de dar clases de periodismo a nadie, porque ni somos maestros y además nadie las ocupa, sino un proyecto que ayude en algo a no olvidar a personajes del pasado y los hechos que, de una u otra manera, en un momento dado llamaron la atención de algún segmento social o político de Tamaulipas.

En eso se centra el proyecto, que por supuesto, algún día se topará con su fecha de caducidad: en jalar historias interesantes, escritas en el pasado y algunas inéditas, y en hacer una especie de homenaje post mórtem al periodismo que muchos se empeñan en matar, con supina ignorancia.

LA DEL ESTRIBO…

No, nada más. Hasta luego, porque a’i viene los rusos y los extraterrestres…

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