Trinchera

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Rigoberto Hernández Guevara

Ciudad Victoria, Tamaulipas.- Aquí tienes mi guerra, mi amor, hacía abajo, sobrevivo en tus ojos, tengo alguna demencia, pero tú eres el valor más importante; estoy aquí donde me tienes, igual y despacio diciéndote las líneas de mi mano en la tarde verde.

Eres mi heroína. ¿Te asusta? La visión es extraña. La calle pasa como el tiempo en una película.

La noche ayuda a entrar a la pirámide, los demás que suban al viejo autobús urbano a las colonias imposibles, a tus ojos imposibles. Ahora sé que vine sólo a decirte que te amo, el resto es existencia. También sé que podríamos vivir juntos toda la vida.

Quiero estar en todas partes de ti, ser todo tu mundo. Asómate, los sentidos tienen ganas de vernos juntos. Queda decir buen trabajo, al tiempo, a las luces que parpadean en el extraño canto de la noche, en la ecuación que da aun entero despoblado.

Celebro el doblar la sábana, recoger la camisa, sacar un helado, mojar el polvo de las esquinas, te celebro ahora rondando una herida, quemando los colores que ciegos se esconden en tus cabellos, te celebro enebro, círculo vegetal en mi cuerpo, en la roncha de voces que sacuden el silencio.

Aquí están tus manos, las mías, las de todos unidos en la muchedumbre. Vengo a buscarte un mundo. En la soledad aprendí del hueco que dejaste, y una vez arrancado el reloj se cayó la pared que me sostenía cayendo.

No he terminado de leerte a los ojos, ni de verte a la cara. Eres infinita, no te acabarías durante una reyerta, ni en un escape al fin de una ola, ni un agujero negro se pierde sin tus espectaculares explosiones de la termodinámica.

No desapareces, creces, luego vuelves a verme. Defiendes un punto precioso, la más cálida luna, como se llame el brillo, como se diga la iluminación que me trajiste.

Luego lo logras, siénteme, reconoce mis locuras encima de los colores y el brillo de la geografía, el bajo relieve en un par de oscuras palabras en la noche.

Con letras inmediatas aquí me tienes, permitiendo el clavo en los pies, resbalo en las baldosas de la humilde lluvia.

Yo soy el Heráclito indefenso en el arroba, reúnete conmigo en los zapatos, soy la carpeta abierta, la pestaña primaria, la disposición de una tecla que lleva el acento donde está la clave.

Soy Anaximandro, soy el agua y el fuego de Tales, de los totales, en los sueños que la idea de proliferar con vida el recuso de cerrar los ojos para verte.

Apúntame, bordéame, la estrella única fecundó la dialéctica, estoy de nuevo, anótame con la fiebre, el resuello, las manos que buscan emparejarse en el cuerpo.

Aquí tienes mi paz envuelta. Te entrego mis armas y mi desvelo, mi tentación de trinchera.

HASTA LA PRÓXIMA.