Agenda de arrieros

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Rigoberto Hernández Guevara

Ciudad Victoria, Tamaulipas.- ¿Cómo escribir en una noche como esta?, ¿cómo alguien como yo, tan simple, se atreve a decir yo esto y lo otro y soy feliz porque así lo quiero ser de modo propio?

¿Cuáles son las palabras que hay que se encuentran en mi turbia mirada de ver el reloj que se atrasa y otro que se adelanta a la salida de casa?

En la claraboya de los pensamientos, en los escombros, por el único hueco que queda entre los ladrillos tirados, sé decir mi nombre.

– Es correcto, diga ahora sus datos más precisos para que no tengan problemas en localizarlo.

Todo mundo sabe dónde vive mi ausencia, mi pulcritud desgarrada, mi sobriedad encajada en una pasmosa lectura contemporánea.

Yo mismo me leo, entiendo poco de lo que escribo, estoy empezando a comprenderme demasiado y eso según lo sé resulta peligroso, podría decir cualquier cosa que valiera la pena y eso no se precisa, donde la única forma de vivir es mintiendo, diciendo a medias, en la palabra incompleta, el asalto, el robo, las ganas de jodernos durante las palabras, en las consonantes más anacrónicas y desgastadas y bondadosas, filantrópicas digamos.

He pecado de presencia, de mi loca prestancia, del sí siempre, del comedido que va a la fiesta de nadie, el que sueña y se queda dormido sin sueño, el que pensó y ahora piensa distinto, el contradictorio de la casa de junto.

Pero hice mi vida en retazos pequeños, sin medirlos, sin un destinatario creíble, todos murieron al ser pensados, mis objetos se quebraron con los años, mis amigos no los cuento, ya sin dedos es bueno saber que no tengo manos.

¿Cómo me atrevo a predicar este evangelio del desconcierto?, ¿con qué mirada veré el rostro alegre del semejante a quien le enseñaron a reír de cosa banales y eso era la alegría, la felicidad, entre tantos cadáveres?

Este era una vez el recreo y después la tristeza del regreso a clases ¿Quién enseñó eso? Este era el viernes para después ir a casa a rondar la cochera y sacar la basura barrida de afuera hacia adentro, esa era mi casa antes del pensamiento.

Alguien tiene que decir que ese no es el programa mental, que aún hay esperanza para empezar a educar. No solo en las escuelas y en la casa se educa, el gobierno y sus acciones consecutivas, su agenda misma, llevan consigo esa responsabilidad. Para algo sirve la praxis de las ideas. No hay filosofía sin hechos y de igual manera no hay hechos sin filosofía.

La sociedad tranquila es la que calla, la que se aguanta, los demás están buscando su ruina, su fatalidad en cualquier esquina.

Préstame los datos para chatear con mi novia, para ser feliz un rato luego de la cruel tajada, del acertijo que no adiviné y que me sostiene en la nada, préstame los años para cobrarme una afrenta el día de mañana, mejor aún, que no me devuelvan el peso de la bolsa, ni el saco de papas roto en la arcilla revuelta en el agua.

Este es el camino, hace rato que lo ando sin preguntar, en el camino me voy encontrando gente descalza, arrieros que somos, desplazados de la terraza de su casa.

Aguántame la mirada serena a pesar del estío terco, del abrazador sol que más que quemar nos ama, de la luna que pasa, del clamor del invierno, de la lluvia que no deja de golpearme la cara.

HASTA LA PRÓXIMA