Los hijos de nadie

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Rigoberto Hernández Guevara

Ciudad Victoria, Tamaulipas.-En los inicios siempre hay un vacío y una inoperancia. En el juego de quien empieza una nueva tarea hay todavía el deslumbramiento, la novedad intrínseca de quien descubre con los ojos muy abiertos que lo que observa está muy lejos de lo que le dijeron. Y se lo dicen de nuevo.

“Parece que no entiendes”, le dicen, Luego surgen consejeros, asesores que tratan de corregirle la plana, de llevarle por el camino que según ellos es el correcto y sí, es el camino, pero el camino que desean ellos.

Pero el talento ve otras cosas y la mayoría de las veces calla por mero respeto. Por dentro sabe que sabe esto y también lo otro.

Quienes elaboran un objeto tedioso pagado por otros, amenazan pronto con salirse de los cánones y los innovadores no esperan tanto para desbordar e ir más allá con entusiasmo de lo que ya muchas veces se hizo. Al otro lado del mundo no existe este.

Es un mundo incomprensible, y aunque hay mucha gloria en no ser comprendido, un sujeto extraño corre el riesgo de ser aislado por los hombres de su tiempo y es caso de que también le sepa sacar provecho y aproveche el momento, las horas aciagas, los rincones más inhóspitos e inapropiados para su crecimiento. La creatividad es origen, nacimiento, pero más que todo, es un nuevo comienzo.

Surge el poder creativo que hace que un empleo, una tarea, se vuelvan recreativas sin un gran esfuerzo, pues de eso se trata el talento.

Aclaro que el talento sin trabajo pocas veces rinde. Más bien el talento escondido es como una perla todavía en su ostión, en el fondo del mar más profundo.

No obstante, un solo momento del talento hace que la vida, en ese espacio pequeño, inicie de nuevo y que de otra manera distinta comience a funcionar.

El talento es cuesta arriba siempre, es rompimiento generacional con lo ya establecido, con un sistema de cosas que si lo mueves se detiene y ese es el miedo. El miedo a ya no servir, a no funcionar, a que las cosas cambien y les vaya mal.

El mundo establecido en un sistema al que no le parece que las cosas cambien, por inseguridad, por su programación cuadrada para realizar las cosas igual, por someter y emparejar. Pero ahí, donde hay un sujeto que pega todos los días un alambre en un dispositivo electrónico, hundido en una maquiladora, hay un talento que quiere quietar los alambres, siempre lo hay.

El creativo es un hombre solitario casi siempre. Los he visto escapar de las presencias, de las miradas escrutadoras, hablar poco y resumirse en un mundo distinto que sabrá dios si será un mundo o un pedazo de infierno.

El talento trasciende la vocación, supera al propio ser en el morir y no morir, está dispuesto a eso, a morir por su pensamiento, por lo que desea decir o por lo que quiere construir. Otras veces, apagado en una calle oscura, transita en la angustia temerosa, preguntándose qué va a ser de él, como se preguntaba Kierkegaar.

No es que mueran pobres y olvidados, eso suele suceder, pero no es importante y no siempre ocurre.

Al cerrar los ojos, el creativo ve su fe, la obediencia ciega de su religión creativa, metida adentro, a la disciplina displicente y distinta, a su mundo filosófico más que humano, muy propio.

HASTA LA PRÓXIMA.