Receptáculos

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Rigoberto Hernández Guevara

Ciudad Victoria, Tamaulipas.- A veces llegan cartas que nadie escribió. Recados que todos dijimos, que llegaron de labios a labios derramados. Son retablos de imágenes, espacios deliberados y eternos. Son poemas.

A veces es un sito extraordinario, lo recordamos como pliegos de hojas volando, receptáculos de pájaro, nido detenido y constante.

En cada resguardo de los años alguien se queda o se deja un puñado de sombras; es la vida por debajo de la tierra, en cada redimido hay un profeta.

No han muerto algunas verdades y siguen profesándose las mentiras del pasado, entonces queda la mano sobre otra mano deteriorándose, pudriendo al abrir la puerta del sol que le sujeta, que entra y sale a las calles.

Un hombre puede vivir tranquilo sin necesidad del aire que le consume y le asume, un aire feroz que le arrastra con la gaviota sin suerte y sin puerto. Un malla gigantesca impide el paso a los somnolientos refranes y analogías de ausencia.

Somos las ciudades vetadas en palabras y héroes desconocidos casa por casa, hilo por hilo de ropa, en el sombrero llevamos la boca suelta, el andariego ir a decir cualquier cosa.

Sin poesía, en el mar no caben esas palabras ni muchas que nos presentan y nos representan. Nos han mentido. Ahora ya no importa.

Se busca y se encuentra, no siempre, lo deseado, pero digamos que llevamos esa cruel mano anexa, aledaña para golpear al proxeneta que vende versos en la esquina y se equipara y saluda de mano y va y cobra en las convenciones lúdicas de estos estamentos estivales.

Sabe a jugo el dinero despotricado en honor a la palabra, una palabra herida por un rayo, cruzada por tiza, emborronada por los escribanos, por amanuenses, vendepatrias del laudo.

Se acogieron a las esferas de la elite para de ahí lanzar los poemas malditos a las escolleras y esa no fue la historia poética que arrancamos de los cuadernos cuando los leímos en la primaria, en la secundaria.

Poemas de segunda mano conque ilusionaron a la nación que, hoy enajenada, se derrumba. Ya no es suave esta patria. Hay que desacralizar ciertos poetas dueños del parnaso, para volver a ser polvo, tierra de uñas, almácigo de huerto.

Mucho antes me leía en las conversaciones de los viejos poetas. Eran siempre seres  amotinados en mi conciencia, yo sólo los retraté con la vida para traerlos a esta casa, bizqueando.

Los últimos murieron ensimismados en sus arengas, loas que pudieron definir una vida en una cebolla, en un matriarcado y un singular acogimiento que fue nuestra patria, aceptando el verso de una papa. Poco dejaron, nada se arrastra; sin raíces, nada queda.

En la acechanza me descubro ajeno y elijo el camino instantáneo a la manera de quien trata con descaro agua de la tatema, de un agujero de víbora, de una estratagema de maleantes.

Nos han metido la patria por los hueso, nos degollaron la sílaba, el sonsonete, las ganas de joder escribiendo poesías en un bimbalete. Nos jodieron sin alevosías para vernos entre la multitud gritando ¡crucificadle!; y éramos el Cristo, multitud soterrada,  encendida y hambrienta.

Nos hicieron voz y llanto, comejenes y zancudos, medicamentos sin patente, Bayer, nos hicieron coche de agua purificada, aceite y gasolina para un indigente, nos hicieron sobra de comida, papel estraza, desencadenada muerte de palabra, amarillento sobre de nada, México pagó por la inexistencia de poetas malditos.

HASTA LA PRÓXIMA.

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