El alma de un cigarro

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Rigoberto Hernández Guevara

Ciudad Victoria, Tamaulipas.- Fumar es para el adolescente un delito delicioso. A espera de la chava en la esquina el muchacho no se apura mientras fuma un cigarro tras otro, en retahíla. Al paso oscurece y el cigarro en la noche es fiel cómplice del amigo, del cuate que te acompaña en una charla. Hay cierta gloria en lo prohibido.

A la gente entrada en edad el suave placer del cigarro los envuelve en esa tranquilidad que da el haberse echado un buen tabaco.

Acompañados del cigarro dos personas pueden conocerse sin muchas pretensiones. Notarás los dientes amarillos como los tuyos en los dientes del de enfrente.

A cada rato un tabiro. Ningún fumador pasa el memento impune sin fumar durante una larga y cruel espera. Hay cigarros para cada ocasión, nos hemos sugestionado tantas veces durante una descolgada en un partido de futbol. Fumas un cigarro, prendes otros si no fue gol. Si oscurece y ella está contigo un cigarro en el patio de tierra.

Un cigarro es la vieja luciérnaga que nos guía por las noches del desenfreno, vamos atrás del cigarro, y cuando lo arrojamos prendido al lado del camino vemos como se extingue en silencio, traicionado.

Uno resuelve las cosas a menos de un cigarro. El fumador sabe que en la ventana al mirar la nada se antoja un cigarro. Después de coger se antoja un cigarro. Para cada idea un cigarro en el restirador, sobre un pequeño bar con mujeres macilentas y sudorosas se antoja un cigarro, en el hedor de orines de la cantina de mala muerte, a pesar del tiempo suspendido entre el humo y el humor barato, se antoja más que nunca un cigarro.

En las escuelas secundarias se establece una sociedad anónima de fumadores. Todo mundo los ve reunirse, juntarse en la esquina del salón de tercero. Verse a la salida para fumar su primer tabaco.

Hay esa guerra de falsedades contra la abstemia y el celibato. Hay gente a quien le gusta fumar y nunca tiene para comprarlos. Dice la gente “quién te enseñó a fumar que no te enseñó a comprarlos”. De lejos se olfatea la presencia del fumador empedernido.

En el cine es clásico el momento aquel en el cual Arturo de Córdova cigarro en labios nos dice con acento argentino “No tiene la menor importancia”.

Hay batos que tienen estilo para realizar el rito del fumarse un cigarrillo con toda su carga histórica. Sacan sus cigarros Argentinos y le lamen la punta, escupen de repente, prenden el cigarro con cerillos de la Cerillera La Central. Entre el humo se nota que no se ha rasurado desde hace algunos ayeres. Barba incipiente y cana. De la noche a la mañana se hizo ruco. El cigarro sin embargo en contra de todos los pronósticos, incluso los de él mismo, no lo mató. Se volvió su aliado en los momentos de mayor apremio.

El cigarro es de rigor en la noche encerrado en chirona, con una cerveza es de cajón el cigarro, en el velatorio, acompañado de un café. El humo del tabaco distorsiona un poco la realidad mientras la otra parte se va imaginando en el camino.

HASTA LA PRÓXIMA.