El mural desgarrado, alegoría iconográfica de la patria en la alcaldía de Victoria

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Por Rigoberto Hernández Guevara

Ciudad Victoria, Tamaulipas.- El mural que se encuentra en el segundo piso del palacio municipal de Victoria es un trozo de tela desgarrado por el olvido y por los acontecimientos del tiempo.

La historia tiene que ver con los artistas que plasmaron esta obra, hay una deuda lejana de conquistas y logros de la nación puesta aquí en esos muros, como en una tela de concreto para que lo soportara.

Los mismos artistas vivieron este mural, lo padecieron, lo soñaron muchas veces antes de realizar este otro mural que resultó de sus manos inexploradas por el sustento cotidiano.

Los artistas que firman este mural son los de nuestro contexto regional: Manuel González Issas, R. F. Rocha, Quinín, Manolo Rodríguez, Rosales, José Luis Domínguez.

Murales como éste tal vez merecieron mejor suerte, mantenimiento mayor, para que luzca dignamente a la mirada de los paseantes, de los usuarios, de los mismos trabajadores del ayuntamiento.

Traspasar el mural es ver al alcalde, luego de una parte hay un secretario que por dentro realiza la historia y la suerte de la gente. Las secretarias cubren las pequeñas porciones vacías y se hunden en los tonos ónix, cafés y azules oscurecidos de la obra.

Caminar los alrededores del mural, ir paso a paso es confundirse entre la gente que pasa y los hombrecillos y mujeres que habitan dentro del marco de este cuadro.

El claroscuro si no perfecto sí liso, entreverado en la luz apenas visible de la aurora del fondo remiso de las figuras. Hay alegorías iconográficas de la patria como la víbora derrotada por el águila.

Si lo ven como se ve cuando hay gente, como un emblema diario, una mujer llama por su celular y atrás de ella se quema la revolución arrastrada por el suelo, son los vestigios del pasado, el sueño eterno de los muertos, la rebelión de los quemados; encima de ellos, los pintores instalaron a los próceres revolucionarios que nos trajeron a este palacio, que ven para abajo la lucha armada con sus miles de muertos.

Enseguida una gran mujer abre los brazos con semillas de maíz y en la otra mano lleva la antorcha para ver la vida, para recordarnos que el camino es oscuro y todavía se puede pasar la antorcha encendida para la generación futura, que se asoma en los miles de voces que entonan un himno en las desgastadas escuelas.

El indio recoge la antorcha y la vuelve rayo estremecedor en la mano izquierda, a un costado, los chavos que esperan el trámite de una beca, un sueño, un algo, se van formando de ese lado de la puerta por donde se entra. En el vértice del mural, una pareja baila huapango con el porte de exagerado garbo.

Cupieron ahí obreros, cupieron héroes, hatos ganaderos, sembradíos, nopaleras, hombres trabajando, cupieron las miradas que han podido verlos o que supieron sin querer, ignorarlos, pese a la reciprocidad que una obra muralista ofrece.

Sencillos, nuestros pintores, hoy alejados un poco de la élite local de pintores de vanguardia cuyos rostros aún no se asoman, se les ve caminar sin pena ni gloria por las calles de la ciudad.

Son ellos los muralistas de fines del siglo pasado, pintores de caballete, murales ambulantes, revolucionarios, compañeros de este mural que hoy ven su suerte.