Intercambio de sombras

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Rigoberto Hernández Guevara

Ciudad Victoria, Tamaulipas.- Lo que permanece son unos lentes ovales de miope sobre una pequeña mesa. Una pluma colgando de algún lado del alma, lista para emprender el vuelo. Las cortinas ondean atrevidas bajo el imperio del viento. Adentro se plegaron a las paredes los muebles pasados por agua, por el arco, por el paso de la historia sagrada.

La estancia que hoy concibo es como la mano hecha recoveco para contener el cuerpo. El día fluye afuera dentro de los motores que roncan groseros y se empujan en las rutas que llevan a los mismos lugares y vuelven. Hay un alto, dos semáforos, una hora para visitar a alguien y por la tarde el ego de las reflexiones a la hora de quedar en casa y orar.

Claro que permanece o siempre estuvieron ahí las banquetas calientes para correr descalzo a la tienda, los hijos del vecino que te asolaron un tiempo hasta que se hicieron viejos. La lucha a muerte por el poder en la “secu”.

Un silabario para colmar penas es el que vuela por el tiempo de esta habitación. Pequeñas locuras, sabores inciertos de horas irrevocables. La historia contada de otra manera entra y sale, pero no ha dejado de encubrir a los hijos de esta pecadora ciudad.

El sol realiza su comba, triunfal y estalla en los ojos, relumbra en las carreteras. Los montes altos copan con su verticalidad al antiguo musgo que le sobrevive. La noche es temprano y amanece tarde.

Eso sí, nos hemos provisto de nostalgia en los geranios del pequeño jardín. Hay una canasta de mimbre con flores en el pasillo y se ha reservado el patio para esa inmensidad que es el sol. Pero anochece. Las cumbres reservan el último latido del día, me duerme ese olor vespertino de mujer dormida.

Por las ventanas se efectúa el intercambio de sombras y los reflectores descubren la trampa del hombre. La vuelta de la esquina se llenó de acecho de incertidumbre ganada a pulso a intensos años en combate. La calle escurre ahora negra y sentenciada. Voy tras ella con el alma en un hilo y las penas en la bandolera, la bolsa vacía del pantalón.

Oscurece en las bombillas de los olvidados barrios. En algún lado una mujer sonríe, otra llora. Así es la vida a esta hora. El olor prevalece sobre nosotros y el olvido del tiempo, los suaves olores de la cena. La calle abierta al diálogo de las señoras que iban de paso pero se quedaron por años.

Fue ahí en medio de esas dos calles, en la privada con número y letra inolvidable para decir en eventos oficiales y republicanos, en que vi por primera vez pasar una mujer por la calle. No han dejado de pasar con su procesión algarabía.

Permanece lo qué hacer de manera inobjetable, barrer, darle de comer al perro, salir a comprar una pieza de pan, regresar y continuar el eterno camino, caminar y rodar por el destino, y eso es todo. La locura permanece.

HASTA LA PRÓXIMA.