Los otros muertos

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Rigoberto Hernández Guevara

Ciudad Victoria, Tamaulipas.- No hay una explicación precisa para algunas cegueras. La más cruel es aquella que se hace a propósito. Aquella que por la costumbre de soportarla o, de tanto paradójicamente verla, no vemos.

En México la pobreza lleva un extraordinario récord, si de olvido hablamos, pero no nada más es olvido, es casi heroísmo para soportarla y cinismo para provocarla.

Es increible el olvido en que los gobernantes tienen al pueblo común.

Hay obras magnificas, si usted quiere, por todas partes, pero pues esas no se tragan. A lo mucho se pasa por ellas un domingo de caminata o jugando a las carreras como es la contemporánea usanza. Obras son amores, pero las que fueron seducidas por el pueblo, pero hay obras amorfas, obras que van a dar al fondo perdido de la nada.

El olvido en las ciudades raya en el ridículo, pues los gobiernos conforman a la gente sólo con obras que benefician como proveedores al propio gabinete. Esa es suerte; y todos están de acuerdo. De otra forma no hay nada. Lo que se pide a oficinas centrales llega mocho, cojo, o nunca llega, se queda en los entretelones de la burocracia.

Hay gente muy lastimada. Con esa bandera los candidatos del sistema van a pedir el voto casa por casa, como recordándoles, “nosotros somos los responsables de lo que te está sucediendo y no le hace, no importa, ahí has tenido todo el año tu amable despensa y si no tienes trabajo mejor, pero es también porque eres huevón y no quieres trabajar”, eso piensan, que todo lo quieren del gobierno, como ellos, que a veces desde sus abuelos han vivido del gobierno.

Sin embargo, abajo hay gente trabajadora a quienes el gobierno hasta estorba con sus torpes programas mal enfocados, ralos, rancios, apolillados y llenos de tajos.

Al pueblo pocas veces, o por no decir nunca, le han preguntado qué es lo que quiere y si le preguntan es para hacer justamente todo lo contrario, no sea que la jodidez se fortalezca y vaya luego a reventarlos.

Antes se decía que al pueblo pan y circo, pero ahora ni eso. Ahora son soldados por las calles matando gente que no pudo acomodarse en la hilera de los desahuciados y se van a donde los zombies, andan a salto de mata corriendo unos atrás de otros que a veces son soldados y a veces son los otros, huyendo. Como si no tuvieran derecho a ser enjuiciados.

Uno se pregunta, cuántos inocentes habrán muerto por haber estado en el lugar equivocado. Ahora, cuando las autoridades les da hueva o no quieren aplicar la ley, simplemente lo vinculan al crimen organizado y ahí muere cualquier investigación también.

Es penoso que, por generaciones, se hayan heredado el poder y nosotros, los del pueblo, los hayamos tolerado. Es largo el olvido como un camino a donde ellos no llegan muchas veces ni en el proceso electoral. Mandan el dinero que sueltan esos días, con el empleado que le da una mordida a ese pedazo de sandía.

Con ese descaro, el gobierno, aliado a los partidos políticos y a los empresarios que son los mismos, iniciarán una campaña de proselitismo con el cinismo suficiente para ir casa por casa a pedir de favor que voten por ellos, cuando no han resuelto nada sino lo de ellos mismos.

Qué triste. Qué lamentable que el pueblo se sienta entrampado.

Y todavía se desconfía de la ley electoral o mejor dicho de quienes la aplican, pues quién sabe cómo actuarán en caso de una derrota definitiva, así como para que todo cambie; en peligro se inmolen con todo y boletas, para seguir sirviendo a los que les pagan. En peligro nos echen a los soldados.

HASTA LA PRÓXIMA.