Pequeña nube

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Rigoberto Hernández Guevara

Ciudad Victoria, Tamaulipas.- Más que los colores del día, quiero ver la revelación hermosa de tu sonrisa aplastando el estallido del viento. Quiero verte crecer en mi mirada hasta llegar despacio a tu rostro plagado de estrellas.

Imagino la ciudad hendida. Un par aves, dos mirtos de aceite, la calle misma volcada en su paraíso dramático.

Desde aquí también te digo que hablo de los árboles, que junto a ti han crecido las hojas. Y la profecía en los criptogramas que invento, son para mí un canto a tu existencia.

El capítulo es genuino cuando rebasa la imaginación y la intriga. Hay una clase de amor en esto de recibir cartas o enviarlas. ¿Qué se sentirá poder estar ahí donde alguien las lee?

La calle se ha hecho más calle. Adentro de su reclusorio, tus cabellos que ondean la silueta sumergida en una banqueta, son mi bandera. A unos pasos, la esquina de dar vuelta se integra a las luces clandestinas de un tren de casas en el gran vecindario.

Tú eres mi forma de caminar, mi risa precoz, mi espacio interior, mi razón infinita. Mi profecía, mi religión, mi eslabón, mi éter, mi yo; y eres mi canción, el sonido del mar, eres mi patria, mi tierra, mi mano, mi tuétano.

Más que las palabras que no conozco quiero ver el despertar de tus ojos. Quiero ver la mar violenta arrimarse a mi cuerpo mojado.

Quiero ver tus manos gansos blancos en agonía, bebiendo agua, posando en los conceptos del círculo.

Cuando quieras escucharme observa los aparadores. Confúndete entre la gente para que me oigas andar. Algo pasa que se trasmite antes de saltar las bardas. Un día sabemos que Dios existe, pero somos el viento inconfundible.

Más que una dulce melodía quiero tu indómita existencia, tu terracota, tu lumen, tu filosofía. Porque te elijo para pensar al subir un escaño. Porque el trabajo es la casa donde te guardo. Porque te pienso sin que lo haya programado en la invencible cotidianeidad del viaje.

Te quiero en mi formula que brilla. En la consideración del somos y consolidación el ser.

A esta hora quería ser yo quien lo dijera. Estamos solos. Nadie nos mira por dentro. La casa es este enorme silencio, la calle lleva y trae tu nombre.

Tu eres para mí el sonido de la lluvia cayendo. De pronto eres el vapor que nutre la calle de niebla, el copo en el techo, mi pequeña nube.

HASTA LA PRÓXIMA.