Andrés Zorrilla es una bella flor

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Antonio Arratia Tirado

Ciudad Victoria, Tamaulipas.- De acuerdo con la mitología griega, Narciso era lo que en la actualidad sería un metrosexual consumado, con la salvedad de que aquél rechazaba a las doncellas que se le ofrecían a montones y, éstos, nuestros metrosexuales, a veces sí son capaces de dar el campanazo.

Era Narciso un hombre absolutamente negado “para hacer cama” con las mujeres.

También -como ahora hay en Ciudad Madero- abundaban las chismosas de vecindad que le imputaban al bello joven una especial agilidad para batear y correr para tercera, en cuya almohadilla se aventaba unas barridas de extrema fantasía.

En suma, que era homosexual.

Otras chismosas -con aspiraciones a incursionar en los programas de espectáculos, que para su desgracia no existían- colocaban a Narciso en un mundo más “fashion” y lo hacían departiendo como efebo favorito de la casta dominante.

Empero, el galán de galanes hacía mutis y ni las veía ni las oía.

Entonces, un día, Narciso fue a cazar con unos amigos, que cansados de su petulancia le hicieron el vacío, mientras él seguía repitiendo hasta el fastidio el estribillo que años después le plagiara Paco Stanley: “qué lindo soy, qué bonito soy, como me quiero”.

Cuando se percató de que estaba solo, gritó: “¿Dónde están? Yo estoy aquí”.

Y la que apareció entre las palmeras fue Eco, una bella ninfa de la época. Había sido castigada por Hera, la esposa de Zeus, quien la dejó sin voz y solo podía repetir las palabras de otros, como el eco que ahora se conoce.

Cuando vio a Narciso se enamoró inmediatamente de él y repitió sus palabras: “Aquí estoy, aquí estoy, aquí estoy…”.

Aliviado, Narciso contestó: “¡Ven aquí!”

Y formaron una relación interdependiente. Como era narcisista, a él le fascinaba que repitieran sus palabras. Pero como no tenía palabras propias, ella hacía eco de las de él.

Estaban atrapados en una relación cuyo destino era repetir patrones perjudiciales, cuentan los autores, también de la época, reforzados después sus decires por los estudios de un tal Sigmund Freud, un dizque curalocos afamado pero a la vez odiado por millones de amantes de la sicología, por culpa de sus libros del grosor de un ladrillo.

A Narciso le empezó a irritar la eterna repetición. Al ver que ya ni caso le hacía, ella se fue esfumando como un eco perdido entre el mar y las hermosas palmeras, donde él no atinó a hacer un solo disparo, enamorado como estaba de sí mismo.

Narciso dio vueltas por las palmeras que había pagado a precio de oro y, cuando sintió sed, se acercó al mar.

Se mojó sus delicados pies (calzaba chiquito) y se arrodilló a beber. Quedó entonces estático, maravillado ante tamaña belleza. Ahí, en el agua, vio a un hombre esplendorosamente hermoso.

“Al fin encontré a alguien merecedor de mi amor” -pensó.

Pero cada vez que se acercaba, la preciosa visión desaparecía de su vista.

“Encontré a alguien a quien amar y no me puedo acercar”, dijo, desolado porque aún no había alguien que inventara los espejos que reflejaran su imagen.

Cansados entonces los dioses de que las chismosas les imputaran un efebo irreal, optaron por castigar a Narciso acusándolo de enamorarse de su propia imagen reflejada en las aguas de la playa Miramar (en la historia real era una fuente).

Incapaz de dejar de observar su reflejo, el hermoso joven trepó grácilmente por las escolleras. Llegó a la roca más alta, se remojó sus labios con la coquetería que le caracterizaba y se lanzó al vacío.

Alcanzó a lanzar un ¡ay! impostado y murió trágicamente, convertido en la bella flor que hoy lleva su nombre: el narciso.

EL MITO GRIEGO QUE SE INSTALÓ EN CIUDAD MADERO

En la antigüedad, los mitos y las historias eran las formas más comunes en que la gente trataba de explicarse el funcionamiento del día a día, de las personas, sus relaciones y sus conductas. Y si alguna enseñanza dejó la historia del bello pero desgraciado Narciso es que un amor desproporcionado hacia sí mismo no puede tener un buen final.

Puede ser que la historia mítica recogida y escrita arriba nada tenga que ver con el alcalde de Madero, Andrés Zorrilla. Pero también puede ser que tenga todo, incluso mucho que ver, si nos atenemos a los estudios de Sigmund Freud y de otros siquiatras que trataron y tratan el Trastorno Narcisista de la Personalidad.

Los siquiatras, como Freud y Carl Whitaker concluyen que el narcisismo o Trastorno Narcisista de la Personalidad es una categoría psicológica que describe una serie de conductas disfuncionales en la personalidad de un individuo, y que debe su nombre al mito antedicho.

 Refieren que un cierto grado de narcisismo u amor propio es normal. El problema surge cuando esta forma de ser es extrema y supone el origen y desarrollo de un trastorno.

En general, los narcisistas transmiten una idea de sí mismos desproporcionadamente positiva, sobredimensionando sus habilidades y éxitos. Además, necesitan de la constante admiración y aprobación de los demás, hacia los que muestran escasa o nula empatía.

¿ES ANDRÉS ZORRILLA UN TRASTORNADO?

Pero ¿cómo saber si Andrés Zorrilla padece ese trastorno?

Si el alcalde de Madero cumple cinco de los siguientes nueve puntos, es un redomado narcisista, que no quiere a nadie más que a sí mismo. Pero si la peligrosa aguja sube de nivel, entonces lo que el aspirante a reelegirse requiere es atención especializada e inmediata, y no una silla desde donde tome decisiones equívocas que puedan dañar a una población de por sí ya muy lastimada.

Al final del texto que cada quien saque sus conclusiones y diagnostique (incluso sin ser siquiatra o sicólogo) si el trastorno de personalidad de Andrés Zorrilla tiene cura o, si por el contrario, es en extremo peligroso.

DEL MANUAL SIQUIÁTRICO PARA DIAGNOSTICAR EL NARCISISMO

1.- Tiene un desproporcionado sentido de su importancia.

2.- Está preocupado por fantasías exageradas de éxito, poder, belleza o amor imaginarios.

3.- Cree que es “especial” y que solo puede ser comprendido o solo puede relacionarse con personas que son especiales o de altos estatus.

4.- Exige una admiración excesiva.

5.- Es muy pretencioso, e irracionalmente espera tratos a favor o que se cumplan automáticamente sus expectativas.

6.- Explota a los demás en sus relaciones. Por ejemplo, saca provecho de ellos para alcanzar sus propias metas.

7.- Carece de empatía: no reconoce o no se identifica con las necesidades y los sentimientos de los demás.

8.- A menudo envidia a los demás o cree que los demás lo envidian a él.

9.- Presenta comportamientos y actitudes arrogantes y soberbias.

De acuerdo con dicho manual, el narcisismo, como todos los trastornos de índole psicológica, afecta tanto al individuo que lo padece -incapaz de establecer relaciones saludables-como a quienes lo rodean, ya que sufren por su falta de empatía y exacerbado egocentrismo.

La valoración que de sí mismas hacen las personas narcisistas depende en exceso de lo que opinan los demás, siendo especialmente sensibles a la crítica, por lo que para no sentirse subestimadas exageran sus logros mientras se muestran engreídas y pedantes.

De hecho, algunos siquiatras y psicólogos creen que la causa que subyace al narcisismo puede ser una baja autoestima, de ahí que necesiten la valoración constante y son incapaces de aceptar las críticas.

Por lo pronto, si alguien quiere agradar sobremanera a Andrés Zorrilla regálele un espejo de cuerpo entero. Pero que nunca se cometa el error de obsequiarle una flor de narciso, porque dicen que responde que, para flores, ninguna mejor que la más bella del ejido.

LA DEL ESTRIBO

Aviso de ocasión: Esta colaboración dejará de ser “milagosa” y se publicará con la cotidianidad que sea conveniente. Y empezamos…

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