La lógica del pégame pero no me dejes

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Por Antonio Arratia Tirado

Cd. Victoria, Tamaulipas.- En este país de 131 millones 979 mil 566 habitantes, cinco personas nos tienen atrapados y peleando como perros y gatos por algo que -como siempre y es probable que esta vez no sea la excepción- será decidido por los dos grandes electores que mandan en México.

Que lo diga el historiador Jean Meyer Barth: “El Estado mexicano central es muy débil, hay que definir el federalismo. El poder del Presidente no es tan fuerte como pudiera parecer; el poder real lo tienen los empresarios y el narcotráfico”.

Recurramos a la evasión e imaginemos que uno de nosotros tuviera la oportunidad de preguntar a uno de esos bandos si con memes, descalificaciones, odios, ataques, diatribas y difamaciones contra nosotros mismos estamos haciendo algo por México. ¿Qué respondería?

Lo más seguro es que diría: “cómprate trusas”.

Eso es lo que pasa arriba, mientras abajo se libra la más estúpida y encarnizada batalla entre mexicanos que, víctimas de sus complejos, incultura, ignorancia o mala leche devinieron en mesías o guías de la política y de la lucha emancipadora, cuando en realidad son alfiles, vasallos o promotores interesados en el caos social.

Pero todo, siempre, desde las redes sociales, ese ring de lodo donde por lo general se lucha enmascarado porque de eso se trata: infamar, sobajar y difamar sin dar la cara, sin siquiera exponerse al contundente reproche que el imaginario popular le imputa a la irónica esposa que ya no soportaba al revolucionario light que tenía como marido, el que echando pestes ante la precaria situación económica que padecían amagaba con soliviantarse y tomar las armas para procurarse la justicia requerida.

-Pinche güevón, si no te quieres levantar a tomar tu desayuno, ya parece que te vas a levantar a tomar las armas -reprochó la esposa.

Pero a ver, demos claridad al asunto.

Es obvio que no se trata de descalificar o inhibir la participación social o la libertad de expresión de absolutamente nadie, sino de identificar los demonios que todos sin excepción llevamos dentro, y a partir de ahí amarrarlos o dejarlos en libertad para buscar justamente eso: la libertad.

Pero la libertad ¿se consigue infamando al amigo o al vecino porque es partidario de Andrés Manuel López Obrador, Ricardo Anaya o José Antonio Meade?

Hasta risa da ver que alguien que apenas fue a la escuela llama chairo o pejezombie a un adicto a López Obrador, asumiendo que del lado de Ricardo Anaya o José Antonio Meade están los inteligentes.

Pero también les recuerdan que son ignorantes, pobres, feos y malos porque quieren hacer de México algo parecido a Venezuela o a Rusia.

¡Cuando son tan pobres y feos como los que ellos acusan!

Y lo que es peor ¡como si estuvieran habitando en Suiza u Holanda y no en un México que se ahoga en su propia sangre!

Y la respuesta de los que ellos llaman chairos y pejezombies no se hace esperar, llenando de lodo y adjetivos disímbolos a los que ya ven como enemigos, cuando antes eran hasta cuates y de vez en cuando hasta unas cervezas se invitaban.

Cualquiera de esos bandos en pugna, salga a la calle y eche una mirada a su entorno más inmediato y si lo que ve le agrada y le resulta acogedor, entonces adelante, sus razones tendrán para apoyar a su candidato, enjuiciando a sus semejantes. Allá ellos que se defiendan como puedan.

Una persona es libre cuando tiene capacidad reflexiva, cuando conoce un poco sus luces y sombras -los demonios internos- y puede elegir conscientemente entre diversas opciones. Pero nadie puede serlo cuando permanece prisionero de complejos y creencias que impiden ver la realidad con claridad meridiana.

Sin embargo, en la práctica cotidiana lo que se observa en los militantes de uno u otro candidato presidencial es la estigmatización y no las ideas o razones que sustenten su guerrita.

Pasan por alto que al final, gane quien gane, transitarán de la euforia del triunfo a la realidad que siempre nos alcanza por suponernos diferentes, olvidando quizás por pena, por ignorancia o por un acendrado complejo de inferioridad que todos, todos, tenemos un origen común, sea cual sea el color de la piel, la posición económica o la complexión física.

EL SÍNDROME DE ESTOCOLMO

Si nos subimos a la barda y oteamos el horizonte político y económico de México, la realidad es muy parecida al Síndrome de Estocolmo, ese fenómeno que ocurre con los secuestrados, que acaban identificándose con sus captores.

Se define como una reacción sicológica en que la víctima de un secuestro, violación o retención en contra de su voluntad desarrolla una relación de complicidad y un fuerte vínculo afectivo con quien le ha dañado.

Los expertos refieren que el acercamiento de las víctimas con sus captores tiene semejanza con el comportamiento en la infancia: cuando un niño percibe enojo en sus padres, trata de portarse bien para evitar o disminuir esa ira, reflejo que puede reactivarse en un adulto cuando se ve en una situación extrema.

En una especie de símil de ese fenómeno, los gobiernos secuestran pero cuando es necesario devienen en benefactores para hacer más llevadera la vida. Siempre dicen que estamos mejor que antes, aunque hayamos estado mejor cuando estábamos peor.

Y siempre ocurre lo que ahora: el pueblo vota por ellos por miedo o porque quisiera ser como ellos. Se sabe que mienten, pero entonces aparece el ancestral complejo del vasallo que teme que le retiren la “especial estima”, o el adulador que lo único que desea es conservar sus privilegios, así sean mendrugos los que le lancen.

La naturaleza humana, le llaman.

Un gobierno sabe que si les va bien a todos y se aplica el marco legal los mexicanos serán libres y votarán por el partido, programa o candidato que convenga, que los corruptos no recibirán votos y con ello acabarán sus privilegios.

El Síndrome de Estocolmo explica entonces la relación con los gobiernos y los partidos políticos: a pesar de tantas traiciones y golpes recibidos, muchos los siguen y les entregan su voto.

Y este no es ningún llamado a no votar ni nada que se le parezca. Es simple y llanamente una reflexión, si se quiere arbitraria, porque sí cala ver que amigos y hasta familias enteras se estén dividiendo, enfrascados como están en un enfrentamiento ridículo y pueril, como si cada ataque o cada ofensa entre sí, sirviera para cambiar el rumbo de este país.

Más práctico e inteligente sería dejar en paz por un rato las redes sociales y accionar, salir a la calle a pelear y a exigir la solución de los problemas más inmediatos, los que se padecen en el día a día: la inseguridad, la precariedad de los servicios básicos, la educación y la salud de los hijos, toda esa larga lista de pendientes que los gobiernos que defiende o ataca no han podido o no han querido resolver.

Entonces, a partir de ahí, se podrá ir construyendo una sociedad más participativa y más incluyente, capaz de derrumbar las barreras y los atavismos que han propiciado que cualquier payaso, ignorante y corrupto pueda colocarse la banda presidencial.

En tanto, lo que hay, es una guerra estúpida encabezada por batallones integrados por soldaditos que lo único que saben hacer es disparar rencor y odio en pos de la victoria de un candidato que ni en el mundo los hace, y solo quiere sus votos, ofreciendo cambiar todo para poder seguir igual.

LA DEL ESTIBO…

El alcalde de Madero, Andrés Zorrilla, anda muy nervioso. Este día, aquí en Ciudad Victoria, asumió estar enterado que tiene problemas y los altos mandos ya empiezan a verlo con recelo.

Correos electrónicos: anton5004@hotmail.com y anton5004@gmail.com