Noche

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Ciudad Victoria, Tamaulipas.- La noche es bella y fulgurante, las estrellas estallan en la lejanía, en sus juegos artificiales. La noche se va comiendo la estrella, mira cómo en sus estertores parpadea diciéndonos algo, nos vamos quedando solos los eternos.
Quién te apagará esta noche sin respirar bajo el agua, bajo un aguacero torrencial sin escafandra, sin masticar, sin beber, sin azúcar ni café. Quién beberá del murmullo callado, la voz interior, el espacio malcriado, la roca cantando a la orilla del frío.
Por donde hay ventanas se ven las luces y hojas de árbol moviéndose con vida. El espacio se ocupa de nosotros y abre su ancho pedestal para escuchar atento. La noche conversa también de sus friegas lunares, las tormentas y sus gotas negras de agua.
Háblame del siglo de las luces apagadas. Sonsácame dios profano de las voces redonditas y sinceras. Cuéntame un cuento mientras dura un relámpago donde caiga que caiga una estrella.
Eres anatema y tema, eres un lema en las gargantas, eres la noche que todos esperaban luego de una fiesta, acostada arrullada en la hamaca. Eres la noche despedazando una barca, carrocería atascada, blanda muerte, noche redonda, luna que se calla, se duele, pálida.
Olvidaste llevar los tendederos de ropa, el azul del cielo de mi camisa, el recuerdo, la suave prisa en el camellón, la corbata que ya no se usa, olvidaste el dolor embarrado en el borde de una cornisa.
Yo proclamo tus noches oscuras a horcajadas de mi infancia, de un perro sin cabeza en un oscuro puente, un padre corriendo a las brujas y un pueblo infame.
Bebo tu agua insalubre, podrida inevitable, bebo tu licor de ajenjo, trago tu ajonjolí de mole, de entuerto de empecinamiento ajeno, y quiero tu mujer y sus cabellos, quiero tus luces apagadas, tu silueta tropical en los timbales de una alcoba.
Callejón sin salida, te queremos ver, a ver si sales, te queremos tener miedo otra vez.
En las márgenes del tema pinto mi piel espeluznante, peluda y de fauces destrozadas, pinto mi celo, mi coraje, mi podredumbre encariñada. Pondré un ligero sonar de tambores, una urraca moribunda, una espada en la tierra encajada y un cretino pez volador que duerma su sueño de ave, de gaviota.
Llueve el luto de noche, de color Coca-Cola. De color negro confuso. Entre todos los colores el negro busca su sentido más viejo, su razón de ser, su negro destino entre los campos, en el mismo interior de las casas.
Todo estaba perdido en los dedos, todo apunta a que caminar es terquedad entre tambores de doscientos litros que calientan las manos e incendian el pueblo.
Hay señoras que recogen botes de aluminio, bicicletas recargadas en los postes, temores rondando con los papeles en el suelo, como un cielo al revés avioncillos de papel hechos pedazos de pliego, de cieno.
Es de noche. Los objetos golpean las paredes con su sombra de luz y viven metiéndose entre la gente, arrimándose al dolor, a los escuchas y los parlantes que algún día fueron ellos.
Por eso somos árboles silenciosos que caminan por la alameda y se detienen a pensar, eso pensamos, sin saber, eso somos.
En el silencio de repente alguien corre, ¿por qué pasará eso? Por las noches las campanas tejen el infinito, en las nubes buscan dónde guardar la composición única y otoñal de las horas aciagas, los pensamientos diáfanos buscando un vaso.
Me cubre la noche con sus ramas, me voy haciendo pequeño, me voy quedando dormido mientras despierto. La noche se arrastra como araña en la espalda.
Llevo veneno en un jarro, he dejado el tejado, la liviandad de un hojaldrado, y te presto noche mi aguacero, mis ganas de café con leche, de agua tibia para prepáralo, te doy mi escozor de muerte y mi firmeza para escribir.
Como locos corren los saludos, corren y se esconden, vamos cayendo en la cuenta, vamos cayendo en el suelo, cae uno y al mismo tiempo vamos cayendo todos en algún lugar del sueño.
HASTA LA PRÓXIMA.