Tamaulipas y la risa loca

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Antonio Arratia Tirado

Cd. Victoria, Tamaulipas.- El debate transcurrió de acuerdo con la lógica planteada con antelación: péguenle al negro, que tizne queda.

Y sí, todos en bola se le echaron encima a “El Peje”, un camino que él mismo pavimentó a sus contendientes porque, como ninguno, sabe que en este país la victimización compra adeptos, y muchos.

Aunque también lo hizo porque es pésimo para debatir y muchas veces no requiere de enemigos para dinamitarse a sí mismo, algo que no puede ser descartado de aquí al 1 de julio.

Esta vez, ante tanto descrédito enfrente, lo único que López Obrador hizo fue llevársela tranquila, como pateando un bote, como le han recomendado sus asesores de cabecera.

Decir que ganó uno u otro de los cinco candidatos resulta ocioso, porque todos se dicen ganadores, más allá de la pena ajena que significó atestiguar el comportamiento de unos de los engendros más abyectos creados por el sistema político mexicano.

Desde Alemania, su creador Enrique Peña Nieto debió sentirse satisfecho de ver cómo Jaime Rodríguez “El Bronco” cumplió con creces su cometido: no solo denigrar aún más la política que de por sí es un costal de estiércol sino ofender la inteligencia de millones de mexicanos que vieron con estupor cómo, por decreto oficial, fue permitido que un ignorante de esa calaña haya sido puesto en la mesa de las ofertas para “escoger” al próximo la Presidente de México.

¡Qué buen paro para el resto de los candidatos independientes de este país!

Lo irónico es que, cuando aparezcan las encuestas con la fotografía del debate de este domingo, seguramente “El Bronco” habrá acumulado uno o dos puntos, porque también es cierto que a muchos mexicanos les gusta el show y con ello hasta los malos payasos, aunque los denigren.

Pero vayamos al punto, a lo que realmente subyace aquí: el futuro de José Antonio Meade como candidato de la coalición integrada por el PRI, PVEM y PANAL.

Desde el cielo donde los zopilotes tienen su nido, hace unos días empezó a filtrarse un Plan B, que se reduce a hacer declinar a José Antonio Meade en favor de Ricardo Anaya, desesperado como está el statu quo ante la enorme ventaja que les lleva Andrés Manuel López Obrador.

De ahí que en el debate de este domingo la línea era que, como a Juan Charrasqueado, todos y a una sola voz “pistola en mano se le echaran de a montón”.

Ya se sabrá si la andanada hizo mella en la ventaja de “El Peje”.

Lo interesante es saber si José Antonio Meade cumplió con las expectativas de quienes le pusieron como ultimátum los debates, con la consigna de superar o reducir significativamente la ventaja que lo separa de Ricardo Anaya para, desde esa posición, entonces sí ir con todo a desfondar a López Obrador con el fin de mandarlo para siempre a “La Chingada”, su rancho desde donde salió a darles lata por muchos años.

Perdonado ya Anaya por Peña Nieto, y perdonado ya Peña Nieto por Anaya, esa eventual concertacesión pasaría por desplazar al ciudadano Meade y aprovechar no solo la habilidad discursiva del “chico maravilla” sino el terror que invade al establishment ante la cada vez más cercana posibilidad de que López Obrador llegue a la Presidencia.

Los seguidores de a pie están festinando -sin mucho entusiasmo- que a José Antonio Meade le fue muy bien, pero la realidad política se mide en Los Pinos, y de allá y no de otro lado, sin rubor alguno, se podría dar la orden de defenestrarlo simplemente porque no fue capaz de defender lo indefendible.

Y en las primeras horas de este lunes el escenario no le pintaba nada bien a José Antonio Meade, porque los primeros sondeos de medios nacionales y extranjeros le ponían casa a Ricardo Anaya, con él muy lejos de cumplir con la encomienda oficial encargada.

En tanto, López Obrador sigue ahí, tan campante.

Entonces ¿prevalecerá el Plan A o el Plan B?

TAMAULIPAS Y LA RISA LOCA

Y lo que son las cosas, de concretarse el Plan B de Peña Nieto, en Tamaulipas la balsa de la organización para entregar los trastos a Ricardo Anaya se deslizaría sobre un océano bien aceitado, porque no es precisamente en la dirigencia formal del PRI desde donde se mueven los hilos del fantasma que es ahora.

Para conocer la identidad del titiritero veamos un extracto del comunicado del PRI, donde el presunto dirigente Sergio Guajardo Maldonado pregona que el mejor en el debate fue el ciudadano Meade. La calidad de los asistentes no tiene desperdicio.

“Los priistas se reunieron en el auditorio del Instituto Reyes Heroles, para seguir y respaldar las propuestas del candidato del Partido Revolucionario Institucional y donde presente estuvo la candidata al senado de la República Yahleel Abdala Carmona; la candidata a diputada federal por el 05 distrito, Alejandra Cárdenas Castillejos y Mariana Rodríguez Mier y Terán, candidata a diputada federal.

“También el presidente de la fracción parlamentaria de los diputados del PRI, en el Congreso del Estado Alejandro Etienne Llano; la diputada local Susana Hernández Flores, integrantes del Comité Directivo Estatal, además de simpatizantes y militantes priistas, respectivamente”.

Salvo Susana Hernández Flores -un resabio de lo que queda del grupo de su hermano-, el fierro que ostenta el resto de los apoyadores de Meade se sigue calentando desde Nuevo León, aunque con el pial bien puesto desde el tercer piso de Palacio de Gobierno.

O lo que es lo mismo, en el ya no muy hipotético caso de que los debates tengan como desenlace la bajada del caballo del ciudadano Meade para subirlo en ancas del mañoso penco que cabalga Ricardo Anaya, desmontar la tramoya tricolor no implicaría mayor ciencia porque simplemente ya fue desmontada desde la pasada elección estatal.

¿Y quién la puede hacer de tos? ¡Nadie!

¿Baltazar Hinojosa? Sería el primero -porque está más cerca- en ir a besarle la mano al “chico maravilla”.

¿Alejandro Guevara Cobos? ¿Edgardo Melhem? Primero muertos que vivir fuera del presupuesto, así tengan que seguir vendiendo cuentos verbales o regalando gallinas, que es para lo que han salido buenos.

Eso, siempre y cuando se les acabe de derrumbar el santo al que le rezan con devoción y Enrique Peña Nieto y los empresarios decidan intentar su salvación con un último recurso, que en este caso sería Ricardo Anaya.

O, en el peor de sus escenarios, que su némesis se les escape vivo (teórica y prácticamente) y acceda al poder así sea maltrecho y medio desplumado.

Y entonces, una enorme ola arrasará el país con un resultado predecible: todos los náufragos de la política abordarán el buque que los atropelló y, como siempre, copa en ristre como hermanitos volverán a gritar llenos de júbilo ¡Viva México… cabrones!

Y así… ¿por los siglos de los siglos?

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