Amanecer

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Rigoberto Hernández Guevara

Ciudad Victoria, Tamaulipas.- Antes de nacer otra vez con alas desplegadas, antes de ser de no ser a la vez con el sueño en el alma. Antes de amanecer en tus brazos sin los míos sin nada. Voy por ese camino en la sombra del agua, en los estipendios de cantarte y cantar a una noche.

Antes de mirarte y de saber de ti a ciencia cierta. De conocerte y saber por tu voz tus locuras desatadas bajo el cielo.

El amanecer es algo provocador que evoca los sueños felices. Dos pájaros ante una pedrada no tenían otra opción más que elegirse: como la noche y el día como el duerme vela en el parque.

A estas horas, si una mano busca el aire lo encuentra espeso, tibio en mansedumbre, podrías beber el agua que se esparce en esa multitud líquida y vital de la existencia. ¿Quién eres tú y quién yo que nos llamamos? A esas horas no hay nadie, nadie existe y es tan lindo por eso el hecho de mirarte y redescubrirte  ahí palpitando en la soledad, queriéndome pelear contigo a fuerza de cariño.

Qué hace el amanecer sin tu cuerpo en el lecho de sábanas y nubes terrenales que se atreven a mirarme como si nadie me hubiese nunca visto. Me gustabas al azar y te he traído desde entonces como levadura, como la tierra en el sol del sembradío cercano; y el olor de ti, es paloma herida en la cornisa pegada a mi pecho.

Al amanecer el día sella palabras que se dijeron y hacen la merced de ir en fila una a una al desfiladero de negarse, apropiarse de ese otro mundo donde aguardarán para otra ocasión la de encontrarnos. Así nacerá el día y el corazón lo recibirá ciertamente como se merecen. A sí será en las mañanas cotidianas con insectos de flor en flor entre los diminutos arbustos, confundida en tu piel de campo y puerto tierra adentro.

Se agradece de todos modos esta celebración del alba. Nunca había escuchado tu nombre y quizás sea mi mala memoria, así ha de ser. Ojala hubiera oportunidad de haberte visto aquel día o el otro cuando corriste por el viejo día de ir creciendo sin mí, lateralmente por la vida, sin mi palabra quejumbrosa y terca por saber de ti, por conocerte en los primeros rayos . Justo antes de que amaneciera en tus labios.

Amanecer en tu cuerpo, en tu consuelo, así como estoy. Con lo que queda en mi juicio. Quiero sepas antes que nada he vuelto a la vida sano y salvo sin ahogarme en los mares del sur, de donde vengo. Ya está buena el alba como para empezar a contarnos los cuentos que escribimos en el aire.

No puedo conformarme con le realidad absurda que nos absorbe, que no absuelve. No tengo vocación de apostata, mi liquen se parece mucho al tuyo cuando hemos viajado por la luz de 8 leguas por el campo de la imaginación profana.

Qué soledad es esa, qué disposición de sol sobre ambos cansados frente a los molinos del caballero andante que fui en la sombra del pueblo.

Amanecer en tus ojos. Qué bueno que te veo hechicera, fecunda bebida bajo el lecho de un parto prematuro donde vuelvo a nacer o nacimos juntos para lo imposible. Pero en eso consiste la fe, en buscar tercamente lo imposible sin salvarte ni salvarme.

Pero amaneces y estás llegando a mi lado. Yo pienso en recoger del suelo los objetos, apilar la ropa de otros tiempos. Mojar mi cabeza, aderezar el desayuno, creer en las personas que pasan mirándote llegar, viéndote crecer antes de entrar por esa puerta muy temprano, por cierto, justo antes de amanecer.

HASTA LA PRÓXIMA.