Teoría del suelo

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Rigoberto Hernández Guevara

Ciudad Victoria, Tamaulipas.- Suelo pasar por ahí, por donde se reúne esa banda.

Me saludan con mucho respeto, mucho antes que yo a ellos, como para no dejar duda que quienes me quieren saludar son ellos y no yo a ellos.

Entonces me saludan con afecto guardando cierta distancia y a la defensiva por si comento algo, un qué hay carnal, qué hay Rigo, me contestan.

De lejos todos quieren ser ese que me saluda. Me traigo ese prestigio. Me miran qué ademanes hago, registran mis palabras preciosas que causan más efecto. Las repiten por un tiempo, hasta que me vuelven a ver y escuchan de nuevo el mensaje.

A veces cuando paso están jugando futbol, pero ante el apremio, el portero que me conoce bien, me saluda a pesar de todo, alza la mano, en medio de una trifulca futbolera. Pudo caer el primer gol, pero no importa.

Mi paso llano por la banqueta, mi andar seguro de mi mismo causa el efecto que ni yo mismo imagino.

Antes, no hace muchos años, mientras pasaba por ahí, todavía quedaba uno que otro que se me ponía al brinco. Ya se sabía. Yo le iba a sacatear en principio y no hecho adrede, me paralizaría el miedo como siempre.

Antes de ese antes, solía pasar por ahí para ver cómo se partían la madre entre ellos, si más no recuerdo, un grupo de 15 cabrones.

Pero más atrás, al principio, en el predominio de la especie que por acá dejó herencia fue la generación de nosotros la que se impuso.

Y eso lo vengo recordando aquí en este sitio donde hace rato me saludaron como siempre, con mucho respeto, pero en el que ahora casi también como siempre, viene  mi contrincante que acelera el paso.

Es uno solo, ya se sabe, que para surtirme baste uno solo, eso ha quedado ampliamente demostrado, pese a que no en muchas ocasiones he querido demostrar lo contrario.

Viene recio. Yo quería que la realidad fuese otra y que el sujeto vinera despacio como pensando en dar este para mi tan significativo momento en que el sujeto comienza a emplear su estrategia callejera o de las artes marciales. Con sus catas y toda su cosa.

He perdido muchas veces como esas a los trancazos. Eso sí, tengo el alto honor de nunca haberme rajado, al menos no a rajatabla, que digamos. Correr, no es siempre haberse rajado, a veces sólo es replegarse.

Pero esta vez pensé que lo de siempre, como en los cuentos clásicos de vaqueros, el sujeto tal vez vendría a revestirse con mi fama.

Pero cuál fama, pensé yo. En todo caso el famoso por un día sería yo. Si la cosa pasa a mayores, amanezco en el hospital, seguro antes de rendir mi declaración ministerial, todavía mareado por la anestesia.

En algunos diarios comentarían el suceso intrascendente en que un miserable sujeto fue brutalmente golpeado por resistirse a un asalto. Y es todo. Punto final, me estaría muriendo en el hospital.

Todo eso pienso mientras mi enemigo se acerca vertiginosamente, como en un vuelco de segundos que se precipitan y estallan en la sangre y se acelera el pulso para tranquilizarla demasiado tarde.

Comienza a oscurecer y observo cómo algunos coches circulan con las luces encendidas. Al fondo hay un revuelo de palomas y cuando veo de nuevo el frente de la calle, el fondo finito de la banqueta, veo el rostro del sujeto

La banda ya se dio cuenta cuál es la situación y guarda otro muy respetuoso momento, como si fuera el último, y poder ver sin perder detalle el desarrollo de las hostilidades.

Y yo mismo quisiera ver en ese momento, desde otra parte, el desarrollo de las hostilidades. Sano y salvo.

Me pregunto qué se sentirá ser ese que ve con lástima hasta cierto punto a uno de los dos y termina por apoyar al más humillado hasta que se demuestra lo contrario.

Pero soy yo ese que va de frente y muy seguro de si mismo. A un costado va mi sombra imborrable de las cuatro de la tarde. Es imposible correr y olvidarse para siempre de esta historia triste.

En unos cuantos segundos sentiré el primer puñetazo a mano cerrada en determinada parte de mi cara, que sentiré, me hará primero un corte y en seguida quebrará algo por dentro de la quijada, la escucho crujir, quejarse.

Los que me saludan con mucho respeto, contrario a otros momentos en que se la pasan gritando leperadas, guardan un merecido silencio a ese respeto guardado al morbo. Y detienen el partido. Uno de ellos recoge el balón con las manos.

El bato que viene a cierta distancia cree poder medir mi mirada que mide la suya a dos metros, frente a frente.

Al fin, un nudo se desata de entre el ambiente y se escucha el ruido de los coches, el crujido del tiempo en manos de la noche, el sujeto casi frente a mi, saca el arma de todos los tiempos, y siendo yo rápido también contesto.

En medio del camino, como dos viejas balas, dos manos chocan, pasado y presente se sacuden, se saludan de mano; el hombre aquél da el primer golpe sin embargo, y caigo al suelo yo, el único que pudo haber escrito esto, antes de tiempo.

Desde el suelo veo a la banda todavía en su mudo respeto. Un gordo que ahora tiene barba era grafitero. Otro de ellos andaba con el «Corre», pero de eso hace chingos de años. Y todo eso, hasta que me levanto y lo recuerdo todo: quién soy, cómo me llamo.

HASTA LA PROXIMA.