Espejo roto

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Rigoberto Hernández Guevara

Ciudad Victoria, Tamaulipas.- Cuando voltee a verlos a todos y me di cuenta que estaban absortos haciendo lo mismo que yo, nada; supe que yo tal vez era el único que había tomado un tallo de ramita y con ella dibujaba pendejadas en el suelo. Lo traigo de niño.

El sol revoloteaba en los cabellos hasta que salía humo caliente que hacía resplandecer los rostros. Y las risas de las personas se confundían con el aire pasando recio, haciendo ruidos extraños.

Entre las cosas que veía uno en el solazo, era un poste en corto que me tapaba la mitad del panorama, apenas haciéndome a un lado pude ver más que mis manos o que mis clavículas. Luego atrás un negocio de abarrotes con los anuncios de siempre, el perro que no ha pasado, la tos de un vigilante y el sonido del motor maciso de un vocho. ¡Ah! y el Oxxo, que recientemente se puso a media cuadra, temblaba en el horizonte.

Éramos cinco batos, pero quedamos cuatro, la historia de ese otro que falta es lateral. Es otra película. Así que no la voy a contar. Lo que sí es que nosotros cuatro así como estábamos en esa proporsión, detenidos en aquella esquina, dábamos cierto impacto.

Eramos el resto, lo que había quedado después de todo. ¿Y qué era todo?, pues nada, que ahí andábamos todavía preguntando por cosas muy simples de la vida junto a un poste, un foco quebrado, un cigarro aplastado a la orilla de donde camina una hormiga.

Si alguien nos hubiese dicho cualquier cosa por estar ahí sometidos en aquel sitio, nos hubieramos retirado de inmediato. No estábamos para esos detalles. De cualquier manera, pese a lo cuco que somos, ya reconocidos en este pueblo, como quiera estamos, mientras nos asomamos unos a otros, para cerciorarnos mutuamente que efectivamente no estemos haciendo nada.

Porque nada es nada. Dificil de hacer. Y fácil descubirir: “míralo, estás haciendo algo”, y algo es algo, así como mover un dedo, acomodarse el cabello, o tallarse una lagaña.

Eso teníamos en común, que de repente uno de todos se animaba a hacer algo. Y como de todas formas de algo se va a morir uno, ahí nos trae el bato jalando.

Cuando decíamos una cosa, andabamos piense piense en ella hasta en la noche en que nos volvíamos a ver y comenzábamos a relatar lo que cada uno había pensado. Puras mentiras. Y esa era la vida, neta.

Uno de nosotros, no sé quien, debió de ser el malandro, otro leyó un chingo hasta que se le olvidó todo. El tercer nunca supo nada, pero es una habilidad muy distinguida caminar de esa manera por la vida; y yo, el cuarto, de izquierada a derecha en una foto que quedó sobre la mesa, relato esto que digo como si fuera cierto, escribo.

Cuando dibujo algo en el suelo, nunca pienso como ahorita, que a lo mejor estamos muertos. Por eso no hablamos o lo hacemos poco, tal vez nos lo imaginamos. Quién sabe qué sería de la vida sin la existencia, pues todo puede suceder, somos lo que imaginamos ya de hecho.

A lo mejor el otro cuate que falta es el que está vivo y nosotros los muertos lo imaginamos, nunca vivimos. Somos memoria de espermas. Quizás él se salvó al final de cuentas y en otra parte ni nos recuerda.

Veo para todos lados, corroboro el acontecimiento de mi existencia inutil. Somos cuatro, pudiendo ser un millón. Es lo mismo hacer que no hacer nada. Y sí hacemos, ¿Qué haríamos? ¿Qué sería eso tan importante por hacer, más que el disfrute de la contemplación y de la nada? Ni que fueramos muy chingones.

Uno se la cree y contruye. Se defiende, se hace millonario y muere. La calle siguió siendo calle por donde no pasaste y un viejo sigue viviendo al lado de tu casa y no lo conociste. El te vio salir de niño.

La calle de esta calle, fue con los cinco que empezó el desmadre. Ahora ya está tranquila. Lo necesitaba, pero también necesitaba ese algo, esa otra cosa que hace la exitencia de alguien.

Y alguien tiene un nombre como tú y como yo, mientras dibujo unas rayas en el suelo. Dibujo un corazón.

Uno cree ser alguien y de pronto es mezcla. Arena y cemento. Subes y bajas, vuelas, te cansas, te duermes comoquiera, sueñas, te desvelas, te echas una cheve, sales por la boca, te metes a la cara de un espejo que también se ha roto.

HASTA LA PRÓXIMA