La eternidad y los lentes

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Rigoberto Hernández Guevara

Cd. Victoria, Tamaulipas.- Ciudad Victoria, Tamaulipas.- Desde temprano que anduve buscando sin saber qué.

Algo en la cabeza me traía loco y me hacía volver a la idea de la ausencia. Sería un objeto. Busqué y busqué. Poco acostumbrado a perder lo poco que me queda, hubo otro tiempo en que todo lo perdí, puedo decir que me acostumbré a ya no buscar, pero aquel es sólo un recuerdo.

Había revisado y todo era normal, tal vez después me daría cuenta de que lo que falta es ya innecesario o cualquier estupidez de esas contradictorias. Para variar.

Fue hasta hace rato en que noté al sentarme que me iba un poco de lado, como los carros cuando traen baja una llanta. En mi caso los pies, porque los igualé, lucen iguales. Mis manos, a ver, sí, están bien, sólo que me falte una nalga, pero si me la toco ahí está, escondida, impreceptible si usted quiere, pero ahí está. Como siempre.

Por eso ando en el espejo viendo a ver si en el punto ciego de mi cuerpo, en ese sitio a donde no me he podido asomar a ver directamente o en los lugares a donde no voy muy seguido sin ayuda del espejo, a mi cara por ejemplo. Que antes de vermela la imaginé chachalaqueda, pero no, ahí estaba, con sus protuberancias anormales, la cicatriz del putazo en la mandibula y la nariz chueca.

Más abajo, el cuerpo del espejo también buscaba sin encontrar, al parecer no faltaba nada, todo en regla y no había de qué preocuparme.

Nada más que al ir por una taza de café noté que ésta venía ladeada y que se me iba tirando hasta casi llegar a la mitad, es decir que el grado de inclinación de mi cuerpo debería de andar por ahí de los 45 grados qué se yo.

El dato por si mismo era duro y seco para alguien como yo en una circunstancia completamente nueva. En lo que por 20 años ha sido mi casa. Anda a la deriva, pero no es un barco como para que se ladee y se caiga.

Mi habilidad motora sin mucho esfuerzo me alcanzaba civicamente a soportar el pie doblado hacia adentro sin resbalar, el tobillo de uno y otro pie, por turnos, que iban amortiguando los pasos que en cada espacio dejaban huecos de humedad.

Cuando voltee a ver qué pasaba con mi pasado, noté los pozos donde antes habían estado mis pies.

Metí una mano en el bolsillo para tocar un objeto, lo que fuese, una moneda que me permitiera el lujo de encontrarla, aunque no la andiviese buscando, quería el pequeño éxito con ello logrado, pero el fondo del pantalón no existía tampoco.

Más adentro del pantalón, la mano se hundió en la tierra y cuando salió sacó un puño de lodo.

Apurado saqué la mano, me aseguré de que estuviera en buenas condiciones y me pregunté si yo era el cuerpo de la tierra y durante años todo lo ocurrido hubiese ocurrido en mi.

El sol se ha metido también entre los párpados y se leen los letreros muy apenas avisando el tiempo de las sombras.

Metí la mano en el bolsillo ante el viejo temor de perder mi escencia o perder lo que fuera, más del poder que ya había perdido, que era la seguridad en mi mismo, en todo lo que me rodeaba.

Desde temprano que ando buscando como todos los días. Llevo años sacando agua del pozo de mi cuerpo, buscándome inutilmente. Me seco.

Con la vida que llevo o la muerte que llevo, lo que busco es parte de lo que todavía no pierdo, el cuerpo, si busco no hallo, no sé que fue lo que perdí, qué se pierde en estos casos. Si pierdo lo encuentro en alguna parte del olvido.

El día se ha serenado y el sol sale por mis agujeros negros y se extripan en el llano intrépido, se filtran en el amontonamiento de cruces donde me enterraron.

Despierto, y es lo mismo del diario, no me acuerdo dónde chingados dejé los pinches lentes.

HASTA LA PRÓXIMA.