Almas calladas

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Rigoberto Hernández Guevara

Ciudad Victoria, Tamaulipas.- He visto el alma. No se ve con los ojos, aunque a veces se puede ver en una sonrisa, o en otros ojos. Pero pocas veces se manifiesta, o al menos me ocurre eso.

Sin embargo el alma existe aunque se esconda. Es nuestra, anda con nosotros y nos contiene, nos envuelve, nos abandona. Si volteas, está ahí mirando para otro lado, como uno cuando es descubierto. Si le hablas no viene, si te vas, te sigue.

He visto el alma llanera sacudir las palmas antes de un ciclón y el alma de las mujeres apuradas y tristes. He visto las calles solitarias con las almas ausentes más presentes que nunca. Como nunca viste.

El alma es nocturna y oscura, es elemento atrás, penumbra, destello repentino, burbuja inmediata. El alma es como una locomotora lejana, no es nada, es una racha de viento que pasa.

El alma nos necesita, nos grita en el puente, nos sufre, se inmola, en una cuenca de azufre. La verdad estremecida pasa lista de presente. El alma cruza el paraíso y lo pasa. Nosotros somos almas intrusas.

Somos almas intrusas. Lo que fuimos, hace mucho que sucedió. Hemos vuelto al pasado, pero lo olvidamos por completo. Somos almas intrusas de nuestras almas. Somos lo que quedó de un siniestro cuando nos quemaron las alas.

Antes fuimos almas de ángeles, ¿qué es esta prisión en una caja de cartón?, ¿qué es este mundo de plástico?

He visto el alma sacudirse como una palmera envuelta en llanto al ver la ingenuidad de un niño. A los ojos tristes, desde lejos, el alma desconsolada le llora al arte, a la humilde sensibilidad del ser humano. A la destreza.

El alma sufre lo que ama. ¡Cómo no! Porque no es un elemento como una piedra que va y nos caiga encima. Porque nadie la ha podido usar para martirizar o arrojar una bomba. El alma sufre y uno se evapora en la niebla.

Desde el fondo del mar. Desde la esquina de una cantina, en una barra fría y en penumbra, en la mujer dormida, en un hilo, una lejana tos, en el profano sonido de un tren, el alma es. Pero puede no serlo.

Se tiene que dejar de ser para empezar a ser el alma, uno no cabe en el otro. Así que al dejar el espacio, el alma vive sus mejores momentos.

Cuando uno deja de ser, el alma deliberadamente se enciende como una antorcha.

He visto al alma atravesar el túnel de la noche del tiempo, dejar un mensaje escrito en un idioma distinto al mío. Aun no lo descifro.

Como almas intrusas, algun día dejaremos este cuerpo para entregarlo al verdadero cuerpo.

He visto el alma salir de mi cuerpo, elemental que salga, que me vaya acostumbrando a ser polvo.

El alma recorre de un vistazo el inmenso alarido nocturnal, las canciones más antiguas, los más tiernos elementos, los propios asesinatos.

El alma entonces se inspira. Es una larga noche para podrirse, para dejarse ir por la ladera. Es una canción, una enredadera en los huesos, un mutalismo entre el azufre del cuerpo y la sal de las playas.

El alma que he visto salir de mi cuerpo, no es la misma que yo buscaba, ni siquiera la que dije haber visto algún día.

Mi alma es un alma triste, muy distinta, nunca dibujada.

Mi alma, como una perdiz, ahora espera abajo de una rama, se seca en el agua que escurrió alguna vez de las hojas lentas. Ahora, hace un atajo, y me enfrenta.

Mi alma al salir de mi cuerpo mi cuerpo la encuentra, vive en esa parte del sueño y me da vueltas.

Entre los coches de un centro urbano, mi alma callada me acompaña, soy muy serio, soy muy callado, soy como ella, apenas nos hemos visto a los ojos.

HASTA LA PRÓXIMA.