Desaparición forzada

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Rigoberto Hernández Guevara

Ciudad Victoria, Tamaulipas.- Desde aquí veo las botas, como quedaron. El mause del computador de escritorio, una taza grande con café, casi vacía. A un lado los lentes, que lo vieron todo.

En la ventana hay una canción eterna del lejano vecino. Un silencio después pasa un carro y su viento sucio. El día ha penetrado en los almanaques y es casi el otro día, que da vueltas, es un par de hijos del cielo. En medio quedo, prisionero del tiempo.

Estoy en el último reloj que da la hora, es necesario el ruido para dejar de escucharlo. Por eso me muevo, canto, me deshago en los libros, me tiendo de espaldas al olvido en un hormiguero. Estoy muerto.

Es natural que nadie me hable, es natural que no me miren a los ojos, que sientan un poco de pena y se marchen tal y como vinieron. No estoy enfermo, la muerte no se contagia. Estoy desaparecido.

Es natural que se haya ido la sombra, el eco, el espacio que defendí a muerte. Se fue la memoria primitiva, sólo queda esto, el ver cómo pasa la gente sin verme.

Estoy desaparecido. Soy desaparición forzada en un espejo donde todavía soy yo, pero no me encuentro. Soy el maldito espejo, para qué me hago pendejo.

Quienes me vieron no me buscan, fue un encuentro neutro, una casualidad el haber compartido muchos momentos, fue un segundo en el tiempo, fue nada, fui yo, fue el engañoso pensamiento. Estuve solo. Pero nadie me dijo.

En una hoguera, alrededor de un círculo vicioso leo un poema, sobran las ciudades y las casas aquellas, sobra el bosque, el árbol, el río que moja el recuerdo. Sobro yo, de pronto, pregunto.

¿Quien busca a los desaparecidos? Quién busca a los vivos, quién nos busca a todos los hijos del olvido, quién encuentra, que no dice, ya te vi, estás adentro de tu camisa, ¿quién dice que no estaba desaparecido, andaba muerto? ¿Quién levanta la mano desde un sitio donde no puedan verlo?

Desde aquí veo la bota que se aproxima y da conmigo. La espero en unos segundos, es el último puntapié, estoy seguro, no sé quien es, el uniforme se esconde, se junta, se guarece en la sombra cómplice.

Péguenme fuerte, desparézcanme con una sonrisa. Porque es lo que duele. Déjenme caer del sueño al suelo, que se oiga fuerte, escuchen que mediante el ruido de caer, de alguna manera existo.

HASTA LA PRÓXIMA.