El primer día de clases: llanto, rotura de corazones y plataforma de lanzamiento

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Por Rigoberto Hernández Guevara

Ciudad Victoria, Tamaulipas.- Es temprano, pero para Juanito es bien tarde. Despertó todavía oscuro y quiso ver la hora; quizás pensó que todavía era media noche, luego insistió y lo que vio en el reloj lo hizo levantarse como un resorte.

Como Juanito, miles de niños, alumnos de educación básica abordaron las escuelas de la capital de estado para continuar sus estudios o para iniciarlos.

Con ello volvió el intenso tráfico vehicular, que es de lo que más se extraña en vacaciones. El llevadero de muchachos y muchachas, los amplios congestionamientos donde hasta hace unos días estaba desolado. Con un ejemplo muy clásico como lo es el centro de esta ciudad.

A Juanito, a pesar de ser de los niños apurones, nunca se le olvida nada, para eso siempre, antes de salir por completo de la puerta revisa bien sus útiles escolares según sus mismos padres lo enseñaron.

Son casi las 8 de la mañana en la Escuela Club Rotario matutina. Los alumnos comienzan a ingresar a la institución que alberga alumnos desde hace más de 50 años.

La mayoría de los padres llevan a sus hijos de la mano con diligencia, los de primer año, los demás ya más confiados comienzan a encontrarse con amigos y a soltarse en la charla que narra las aventuras de sus vacaciones.

Para Juanito aquel es un escenario ya conocido. Tiene viejos amigos desde el primer año, ahora en sexto; el terreno de la amistad, las formas de comunicación y nuevas tecnologías, lo hicieron, casi lo obligan en vacaciones a no perder contacto con ninguno de sus amigos.

Eso sí, la maestra todavía es un enigma, pero Juanito escuchó rumores de que este año le toca la maestra Martha. “Ella no es regañona. No encarga mucha tarea”.

Amotinados en la puerta muchos padres ven con desesperación, con nostalgia, con sentimientos encontrados, cómo sus hijos ingresan a la escuela por primera vez, como si no fueran a pasar pronto los años y en un abrir y cerrar de ojos los verán salir.

Los padres más duros dejaron a sus hijos en la puerta y no voltearon a verlos, es un trance difícil aun para ellos.

Hay niños que ofrecen toda su resistencia, todo su legado de recursos, su memoria, sus chantajes y secretos callados para toda la vida, con tal de no ir a la escuela. Es el primer día.

Es el día de la fotografía, un día que muchos no olvidan, un día de nuevos amigos que comienzan a verse, se anuncian en las bebederos de agua, se observan en el recreo antes de decir una palabra que los junte y los haga amigos para siempre.

Muchos de los mejores amigos vienen de ese entonces.

La maestra sabe cómo es el primer día y lo ve pasar con ternura, habla con los padres novatos y las respuestas de costumbre, las preocupaciones, casi angustias de algunos padres exagerados que no se van, sino que rondan la escuela, sino es que se acercan a preguntar cómo están, si se ofrece algo, nomás para despistar.

Si hay niños que lloran, hay padres que también lo hacen. Es pura nostalgia, fina sencillez, amor delgado como un desprendimiento de cutícula, un desgaje del alma muy preponderante. Los padres más tranquilos, llevan años cuidando niños.

Con la mano en la cintura la directora ha logrado que se originen las filas, las maestras y maestros atienden particularmente a los niños nuevos. Son pequeños. Los más grandes en cambio son gigantescos, pero así lucieron primero.

La ceremonia de inicio de clases es solemne y patriótica, amenizada por la pequeña banda de guerra de la escuela. Se entonaron los himnos de México, Tamaulipas y el de la propia escuela, interpretados por todos. Una maestra desde un micrófono enaltece los valores patrios y conmina a los padres a compartir esfuerzos.

Pintaron la escuela. En esta escuela ha habido conflictos escolares, pero a estas fechas ya se dieron la mano. Es como funciona un reloj, de pronto un timbre y todo automáticamente se mueve.

Y ahí están el padre, la abuela, la señora aquella que aborda su coche y se va al trabajo; el maestro que enseña, como primer paso, cómo deben de caminar al cruzar el patio.

Los niños comienzan la vida de estudiantes como si de verdad fuese un juego, por más que los adultos insistan en que la tomen en serio.

Luego se escucha, como desde hace más de 50 años, la consabida “Marcha a Zacatecas”  y todos los niños marchan, pero algunos vuelan.