El silencio es lo que se escribe

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Rigoberto Hernández Guevara

Ciudad Victoria, Tamaulipas.- Desde mi habitación esperé a que aclarara todo. Que poco a poco me ganara el silencio absoluto, de repente un carruaje. Un trailer, un quebradero de tablas inmenso en la lejanía . Un rato más y todo lucía callado en medio de la noche, atrás de unos huizaches imaginarios.

Ocurre que cuando todo está silencio, el silencio es un estallamiento en sí mismo. Un descubrimiento de ausencias.

Pero más allá, entre la sombra y lo impenetrable, el hombre necesita de ese espacio para abordar su poder desconocido. Su sexto sentido.

Ahora el asunto quedaba a mi merced. Lo primero era abatir mis palabras, para de ahí cambiar mi propia circunstancia.  O lo que fuera, eso que sucede ajeno al cuerpo.

Abatir las palabras es lo más dificil que puede haber. Es como decir no pienses, pero el hecho de sugerirlo, la sustancia misma, lleva la palabra completa. La emplea.

La circunstancia es cambiante como un tornasol afuera, entre nosotros y el sol en torno al cual giramos. Pero la circunstancia, que no depende de nosotros, es nuestra real sustancia, el motivo muchas veces por el cual vivimos. Y se empieza por un sometimiento leve de los ojos. Que suele durar cien años.

Ver es creer. Por eso a veces nos equivocamos. Pero equivocarse de esa manera es un paisaje en el lienzo plano. Hay maneras más peligrosas que la mirada. De una mirada caen las palabras que no usaste, las que quisiste decir y no dijiste.

Un día, como este silencio, caerán las palabras. Será natural. Cada palabra es de distinto material y se corroen según la época.

El silencio es lo que se escribe.

Alguien inventó la lógica y con ella la etapa de acopio. La circunstancia de oveja. En un espacio reducido caben varios sujetos del mismo tamaño. En una enciclopedia cabría la inmediatez.

Pero la lógica es una manera de detener la evolución natural. Ni siquiera existe. La lógica termina por abatirse en cuanto amanece y todo cambia. No siquiera fue una circunstancia, la lógica tal vez sea una forma fugaz y diminuta, una cotidianidad circunstancial.

Cuando caiga la lógica, caerá la palabra retorcida, se honrará a la memoria de una letra imprecisa, caótica e impensable.

Lo que realmente surge es la vida, lo nuevo, lo esplendorosamente cierto. Y eso no tiene ninguna lógica, pues nadie anda poniendonos a todos de acuerdo. Una sola palabra tiene distintos significados y depende de un gesto, de una mirada, de una entonación.

Por eso hay quienes explican el tiempo y lo que está pasando en las sociedades. Ojalá no lo hagan desde una lógica espantosa.

La gramática, como una escuela de juicios, en literatura derivó en estética, para aproximarnos a los dioses creativos. Nada más lejos.

Donde el hombre se relaja, en el sitio bajo el cual es más que nunca un ser vivo, el hombre distingue el arte utilitario, el que le da vida a su espíritu, como una magia.

Es donde el hombre se comprende en la nada, el lugar donde comienza la magia. Cuando uno no piensa, cuando nada reclama, cuando camina descalzo de la cama a la puerta.

Es en el espíritu, en la vida emocional del corazón, donde el generoso reconocimiento, el olfato, distingue los olores, los conserva frescos, son de gruesa tela, de fino peltre, son de lona, de mica transparente, de aguafuerte, de saltos espectaculares en medio de la gente, nace la magia.

Por eso las palabras sobran y estorban en determinado momento, en que no tenemos más que quedarnos con lo poco que haya quedado en palabras, después de todo lo que hemos visto.

Decimos en palabras, pedimos en palabras, deseamos en palabras imprecisas. Palabras hechas garras, piedras quebradizas.

Las imágenes pálidas se lucen por un tiempo, se asoman y se van por donde vinieron, igual hacen las palabras que no se dijeron.

Cada rincón es arte sin palabras, sin movimiento. Una luz doblaría el escenario, lo copiaría en reflejos astutos e innecesarios.

Por la noche, durante el silencio de las palabras, se escribe. Se dice todo.

Un ser maravilloso dicta las palabras nuevas. Nadie, de los involucrados sabrá después quién las escribe. De quién son los pasos que se escuchan en la calle. Apago la lamparita de aceite y cierro la puerta. Sin palabras. Pasa el viento en 1786.

HASTA LA PRÓXIMA.

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