El último primate

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Rigoberto Hernández Guevara

Ciudad Victoria, Tamaulipas.- En su condición de ser humano tal vez esta sea la última generación del hombre como primate. Después, quizás dentro de unos cien años, el ser humano no cabrá más en su cuerpo e iniciará su verdadero viaje.

Pero antes deberá despejar dudas, moles de acero sembradas en los fondos del pensamiento. Mucho de lo que resguardamos como cierto ya no funciona, el hombre necesita oxigenar el espíritu y refrescar la memoria.

Por eso, la condición social predominantemente sana y salva hasta el momento, modocitos y conformistas, tendrá en esta última etapa su rebelión sin freno.

La etapa del pensamiento es la más equilibrada, la mesurada, la del freno, la de miedo.

Por dentro moriremos como siempre. Almas en curso, tendrán distintos cuerpos a la hora de morir o de vivir, que para ese entonces deberá andar por ahí de lo mismo.

Una horda de jovenes arribarán al conocimiento aun sin saberlo. Tendrán acceso a esto y lo otro desconociéndolo. Tendrán la eternidad y se les irá de las manos.

Sabrán que el orden de los factores sí altera el producto, que les hemos mentido. Y no harán nada. Que dos más dos no son cuatro, visto desde unas escaleras. Quedará de ahí lo solvente y lo probado.

El maravilloso viaje comienza por uno mismo, para no variar, por el reconocimiento de ausencia. Por el polígrafo invertido y pervertido.

Uno no existe en este cuerpo. La verdad es que huimos de él hace años y lo que hace el cuerpo es repetir las veces que quiere nuestra memoria. Las palabras, los pasos, los sueños, las posiciones más encontradas en la red.

En otro tiempo, en este mismo, pero a las espaldas de una nueva palabra, quizás yo, el mismo, hable con usted. Y esa será la eternidad.

Lo que existe es la eternidad. Falta su descubrimiento. Su letal descubrimiento.

Habrá quienes sobrevivan a las formas más bellas y morirán. Pues quien ya está listo muere, aquí estamos los que no somos, los que buscamos.

Atrás de los planetas, en el sentido contrario a como nos enseñaron, en las postrimerías de los primeros que se quedaron, somos planetas pequeños.

Avanzamos en el espacio e intercambiamos información genética en cada tramo, la tierra es una estación lunar. El cuerpo es una estación lunar. Los ojos son una estación lunar imaginaria.

No estás cuando nadie sabe que no estás, esa es la verdadera ausencia. A donde el hombre va, existe la ausencia. Las grandes velocidades, las conductas atroces, el formidable desprendimiento de la inteligencia, como un elemento elástico por las calles.

Cuando muere, muere, no hay ausencia, todo mundo lo sabe. ¿Qué caso tiene entonces?

Por eso el último primate se sorprenderá de ver a una nueva especie explicarle. Y a comenzar un ciclo: El de los hombres que buscan su muerte en lugar de la vida, y en otra parte del sueño comenzar al mismo tiempo el sueño de la eternidad.

Pero todo da vueltas antes de caerse. El paso siguiente fue programado después de haberse dado, este es el futuro del pasado, el predilecto pasado, el filtrado pasado que se volvió futuro.

Casi paro de escribir, cuelgo del techo y resbalo. Caigo.

Estoy, o casi estoy, soy el suave elemento, la voz de memoria, un poco de palabras cristalinas en cien años, cuando el primate sea un fierro retorcido, en un alambre, pretendiendo detener el paso de una nave. Soy una hormiga… y escribo.

HASTA LA PRÓXIMA