Falso cantante

0
784

Rigoberto Hernández Guevara

Ciudad Victoria, Tamaulipas.- Solía ser tranvía que lleva la noche. A lo lejos me escuchaba pasar como un montón de fierros, arrastrando las cadenas sobre rieles, las tripas sobre los huesos, sobre mis canceles de vidrio.

Solía entender más o menos en qué consistía el comprender todo esto. Quiero decir los almanaques, las cargadas nubes, las viejas embarcaciones, el amor consuetudinario.

Es igual ahora que lo recuerdo: el sol pisando descalzo las banquetas, corriendo en cada cuadro sin pisar raya, en el árbol de las llamas. Y al notar el corredero de cabrones, uno sabía casi todo.

No es que lleve el hilo de los acontecimientos con un propósito o que estén armados para desentrañar misterios. Es imposible.

He regresado a ver las luces las veces necesarias y me he vuelto estatua de sal, cumbre de hielo, pedazos de ladrillo rojo. He besado la tierra con mi sangre.

En las riveras, desde una plataforma de tierra, en el tenaz temple de un agujero en medio del ruedo, en un apostar las risas y las casas, las cobijas, en los miedos rivales, en las amantísimas vírgenes del camposanto.

En la amnistía de querer como un loco, buscado por los enfermeros en un pasillo muy largo. He habilitado la aplicación que me habita.  Estoy en un espacio en blanco, pronto omitiré las rayas de mi cuerpo, los picaportes, las razones que me contengan. Para vivir, he vivido.

En un cuadrante tiembla el efecto vibratorio de los ahí presentes frente a una botella de agua al tiempo. Se nota el odio recuperado luego de unas cuantas sonrisas fingidas. Luego de unas cuantas cuadras, atorado en la garganta del diablo, en el tráfico, se escuchan las mentadas de madre.

Solía ser cantante en una calle que tiene dos carriles, pero uno es por fuera. En las carrozas, en los carriles repetidos, en los andenes desgastados, en los pisos relamidos por los empleados. Solía ser comida en los restaurantes, pisa y corre, guitarra, falso cantante.

Al fin y al cabo. En una charla- un lago escurrió de los labios, en otra de las risas macabras de los sentimientos, en el recargarse en las bardas, sostenerse antes de sentarse en la banqueta, luego de rodar por el suelo- no le digan a nadie que he muerto. Les dije estupidamente. Pasaba un carro.

Solía ser tranvía quebrándose en la curva para salir airoso entre la polvareda del desierto a contraluz en el reflejo de una botella verde y despedazada. Leía a Joyce.

Una paloma también despeinaba la mañana con su aletear tranquilo, sobre la masa de algodón, en una estepa del sol y una montaña muy vieja. Buenos días señora incertidumbre, quítese la pañoleta , déjeme ver bien su linda cara. Bueno, quítese también la ropa.

Se escuchaba la llegada del viento en su circo de papeles y maleantes. Solía ser tranvía de plástico que se anunciaba después en una parodía sin público a la salida de una fábrica.

Eso era a veces, como un paso rápido entre la gente. Era como un paraíso tropezado en un aeroplano de colores. Alto y silencioso, lejano de mi saco de fin de año. Apagándose con las señales del dedo, secando un arcoiris en los ojos de un pájaro.

Escuchados, leídos, pero en una caja de cartón; si llovía, todo el recuerdo se mojaba y se borraban los nombres de las ciudades. ¿Quienes darían santo y seña de aquellos corazones?

Era un vagón, un grupo de personas en torno a una mesa, la cosa es rápida, comen, platican superficialmente del estado del tiempo, oficialmente nadie dice algo importante. Es lo mismo. Son los mismos con sus gabardinas verdes y sus calvas relucientes.

Solía ser tranvía, hilo interrumpido a cada rato por un nudo, desenvoltura de estraza, risco en un hoyo oculto del suelo. Pasatiempo de durmientes, espeluznante paso de fierro nocturno dolido, como un ejercito roncando rumbo al quirófano.

Hace rato me quedé mirando las letras y sé que el mediodía es como un encendededor inmediato, me acuerdo de mi, del cigarro, del calor, del copioso sudor en la ventana sin paisaje, viendo el patio de todos en medio, por donde no se veían los baños en el barrio.

Es como todos los medios días que recuerdo, el paso del piso bajo mis pies que vuelan sobre los rieles en la ladera más angosta de mi existencia;  entre la cordura, la locura y la incoherencia; entre la inmisericorde locura y la completa imaginación.

Era un riel, casi, casi. Me habían dejado sin frenos rumbo al oxido estacionado en las estaciones sin pueblo. Fui el risco del pueblo, la trinchera, el pertrecho del borracho y de los amantes ajenos.

Desde la arena en los ojos, me hablan las imágenes borrosas de la tarde, estamos llegando a todas partes, no es un sueño que quisiera contar. Estoy en frente del pueblo eterno. Soy el hijo del hijo. Nos acabamos de tragar los árboles.

Sin embargo, he sido tren largo de muchos pasajeros, hilo de güila, hijo de perro, casco de fierro, hombre tendido en el suelo, tranvía después, fui un poco de cierto, como lo he dicho alrededor del fuego cruzado, solía ser cantante, eso creo.

HASTA LA PRÓXIMA.