La imagen cruel

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Rigoberto Hernández Guevara

Ciudad Victoria, Tamaulipas.- Los dedos suaves del fotógrafo tocan el lente manual, más bien lo acarician, lo hacen girar, hasta detenerse en alguna parte inhóspita del hospedaje.

Los dedos crispados, los otros, que sostienen la cámara fotográfica, atienden al indice que se alza amenazante sobre el obturador.

Una cámara deja de ser un simple instrumento para plasmar imágenes. Se vuelve una emoción, un cuerpo diestro, una ilusión óptica en las manos de un artista.

Al frente se sacuden las ramas de los árboles y el sol impune rodea los objetos que presentan su mejor perfil y se derriten. Es lo que llamamos instante.

La espera es una crisis errante entre la imagen y la cruel desición de quien angustiado ve pasar el tiempo entrecerrando el ojo, vizqueando, para ver si así se da el rayo, la iluminación lateral que componga los colores en un segundo exacto de la existencia.

El tiempo se ha ido, los objetos maravillosos y mudos quedan en el olvido instantaneo en lo que la imagen recrea otra imagen, muy parecida, más real que la que nuestros ojos pudieron haber visto.

Una foto lleva nuestra ciudad, nuestras preferencias, pero también mucho de nuestra posición ante la vida. La cotidianidad es un cultivo de olvidos, un recorte de planos, una insaculación de imágenes al azar. De nada sirven las palabras que se digan. Una foto lo ha dicho todo a los mirones y morbosos.

Entonces las manos aprietan el lente y lo precisan, lo regresan y lo vuelven a precisar hasta que el enfoque engañoso se detiene.

La foto incipante hace un viaje a la cámara en una millonécima de segundo, lugar suficiente para entender la gruesa espera, la consideración, la explosión del deber cumplido, el éxito todavia atrapado en esa caja universal que nos habla sin palabras.

El hombre busca el mejor ángulo de la belleza, la mejilla llana que cae en una plaza de la cara, los ojos rasgados hasta donde un lápiz se difumina, y atrás, el segundo plano y un tercero imperceptibles, pero ciertos, repletos de imágenes, que son fotografías por sí mismas, como si el retrato fuese dedicado a ellas.

El artista busca el punto de luz, el punto de fuga, el equilibro, el peso de los cuerpos, la composición armoniosa, la fusión, el apergaminamiento de los colores y el aire, la velocidad, el paso inexplorado de lo inesperado que da la espesura de una atmósfera. Pero sobre todo, busca obedecer a su instinto natural.

Finalmente el hombre hace clic y la foto no sale, no había nadie del otro lado de su cuerpo, estaba solo, la foto es un reflejo de su desolación, la fotografía tiene eso de nostalgia, de pronto ya no es una fotografía, igual que la cámara, es una sensación extraña, la foto no debe de ser nadamás que una foto, eso que quede muy claro, pero una es la mejor, la foto de lo que uno extraña, la foto del recuerdo.

La fotografía llena de ausencias un pequeño recuadro. Una multitud de conciencias, una larga cadena de historias de risas y de llanto.

Otro clic detiene el paisaje en la sombra de un cacahuate, otro moja las ranas en un día feriado, otro hace reír a todos mientras se acomoda la manada que simulará ser una familia perfecta en un día de fiesta.

Aunque la foto, nadie la vuelva a ver en la vida, pues alguien, nunca se sabe quien, la borra de la memoria.

HASTA LA PRÓXIMA.