Paz, árbol adentro

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Rigoberto Hernández Guevara

Ciudad Victoria, Tamaulipas.- Hasta no hace muchos años escribir de Octavio Paz pasaba por prohibido. Vedado para los comenzales indefensos, para los licenciosos que oficiaban la penumbra desde gacetillas o desde misteriosos pasquines.

Claro que vedado por parte de los ignorantes, o tendenciosos, que pensaban que no cualquiera podría escribir sobre el premio nobel, cuando Paz todavía no lo era.

Pero en los amplios círculos o en las menudencias de las cúpulas literarias tampoco se hablaba mucho de Octavio Paz, se decía en voz baja. Lo velaron así por mucho tiempo, antes y después de muerto, hasta estos años, hasta no sé cuántos años más después.

¿Yo quién era? ¿y quién soy? Me decían que era muy pretenciosos. Bueno, fue en aquellos años y cuánta razón tenía esa elite. Era y sigo siendo muy fantasioso. Tal vez por eso escribo cuento.

Pero pretender hablar de una estética cuando no había estéticas, y ahora menos, no era del todo una grosería, era un insulto a los oferentes del mercado oficial de las letras.

E instalaban al maestro Paz en un altar y trataban de expresarse de él en términos generosamente literarios. Como en la rancia y blanda historia de la literatura mexicana. Que hoy por cierto nadie testimonía, nadie dice esta boca es mía y comienza a decifrar lo que hay.

Hay escritores por encargo. Suicidas de las letras que se tiran a matar en un periodo gubernamental, hacen una novela mediocre, jamás vuleven a escribir, y viven de eso. El ejemplo es nacional y recorre las islas, las profundidades de la literatura y las artes.

Pues hay un periodo muy amplio al concluir la segunda mitad del siglo y entrando en este, en que la ausencia de Paz es una loza. Hay letras que tembién cayeron muertas.

La falta de crítica y críticos, aunque una cosa no obligadamente conlleva a la otra, causó que se publicaran muchos libros, no siempre de calidad literaria, se siguen editando, a cambio de los otros, los que pudiesen tener un solo lector muy amable.

Increiblemente hay libros en las bibliotecas que nunca fueron leídos. Uno ya sabe cuáles. Solo el de mantenimiento sabe también cuáles. Son los más limpios, los más cuidados. No hay ni habrá quien los aje. Pasta gruesa, de lujo.

Son de un periodo de nuestra existencia como ciudadanos de esta patria, libros que editó el gobierno, que hizo convenios, que juntó a los amigos y les publicó. Libros de la corrupción. Bueno, pero los libros ahí están sin ser leídos.

Los jóvenes no deben de leer a Octavio necesariamente, pero sí contar con las aproximaciones a su literatura, a su entorno, a su aura, al extremo de esa parte de la existencia desde donde él nos presenta la vida, desde el sentido crítico.

Octavio Paz tenía la duda y también la certeza para explicar y otra vez la duda. En su afán protagónico de maestro. Dedicó grandes tramos de su existencia, sobre todo en su última etapa, a recrearnos con la literatura desde su punto de vista, pero con un sentido universal que terminó siendo de todos.

Aun hay críticas en su contra tanto por su proceder como por su letra, pero han ido dsiminuyendo para dar paso a esa voz que nos regaló el siglo 20.

Hablo de memoria, pues citar algunas referencias del maestro resulta ocioso aunque sea pedante. Mi voz en lo bajito concluye en términos menos agraciados,  pero en redondo trato de aclarar lo que hay en mi mente: agradecimiento.

Doy por hecho que la gente ha leído sus poemas: Pasado en claro, Vuelta, Árbol adentro, Nocturno de San Ildefonso, entre otros, muchos, que le dieron el premio nobel de literatura a este mexicano. O tal vez esté familiarizada con sus ensayos como El laberinto de la soledad, Posdata, el arco y la lira, sobre Sor Juana, entre cientos que dedicó a la litaratura. y al análisis político, la cultura y la sociedad.

Preocupaba a Octavio Paz el desarrollo político de los pueblos y siempre asumió una actitud, que a veces le resultó trágica, en torno a una forma de gobienro.

No es mi afán explorar en algún libro en específico o dedicar a su memoria retazos de una biografía muy trillada. Solo quiero decir lo que me nace en este momento. Como un eco. Una voz q       ue siento presente.

Su presencia era muy respetada y hablaba con autoridad cuando hablaba. Por ello era muy difícil mantenerlo en el país para algunos gobiernos, muchos años estuvo fuera bajo cualquier pretexto. Regresaba y le hacían bola. Trataban de desacreditarlo.

Es verdad que hay una voz muy remarcada, la de Octavio Paz, sobre todo cuando deseaba dejar en claro. Duró años. Era un deleite escucharlo. Cuando no quiere que una duda que tenía prevaleciera, la soltaba una y otra vez hasta el final de sus días, hasta que desaparecía, como la idea de Vuelta, poema que terminó siendo revista literaria.

Sí, su voz como su vida puede repetirse en grandes tramos en una onda armónica, pero qué quieren, es un poeta. Es río y lago al mismo tiempo, raiz y ramas.

Muchos querían escribir como Octavio Paz o mencionar, hacer citas o declarar que en el fondo de lo vivido, todos los tiempos son este, el que vivimos alegremente. Se citaba a Octavio Paz.

Con Paz, muchos nos acercamos a las vanguardias idas, y las vivitas y coleando, a la aglomeración de corrientes encontradas, o las no encontradas y dispersas por toda la república.

Nos enfrentamos a las grandes farsas. Descubrimos el hueso del surrealismo, las ocultas intenciones del simbolismo, sus huecos  y sus frentes de batalla. La revista «Vuelta» atrajo a lectores ávidos que conseguíamos la revista por correspondencia.

Desde sus ideas, que desvocó a grandes tragos en su papel apergaminado lleno de cicatrices, coincidentes historias y analogías prácticas, puedo decir que Paz no fue un afiliado recalcitrante de izquierda, siempre crítico, aunque tampoco fue de derecha. Un tiempo se le acusó injustamente. Nunca se recuperó.

De su vida privada y amorosa se sabe poco aunque mucho se sepa. Entre aquellas paredes la vida de un poeta es muy rica en esos términos. Su obra poética, la más hermosa proviene de ahí.

No escribí desde sus ideas ni lo hago, tampoco las comparto todas, solo disfruto el paisaje asombroso, siempre reflexivo, llano, casi terco y puedo decir, luego de muchos años, que hasta del apasionado poeta.

La obra de Paz es un paisaje literario, una ventana para ver la casa, la oscuridad abajo de la cama. Claridoso.

Sus palabras son palabras ya esperadas. Las había escuchado, pero nunca supe quien las dijo hasta que escuché a Octavio Paz declamar, tropezar y volver a decirlas en su discurso.

Su poesía deja en claro las sombras de los patios, los placeres de la vista al concurrir a una calle, ver un paiseje suave, los colores de un ave, las paredes de una casona, los techos de un viejo, un abuelo Irineo.

Disfruto la emisión de sonido nítido que emana del escritor leído muchas veces por uno mismo, disfrutemos su poema: Árbol adentro.

HASTA LA PRÓXIMA.