Te regalo una estrella

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Rigoberto Hernández Guevara

Ciudad Victoria, Tamaulipas.- Cuando oscurece, vengo al patio y desde aquí se ve tu estrella.

Yo antes pensaba que era la estrella polar, pues lucía grande y despiadada. Dominaba el norte en el recuadro que hace las veces de cuadrante, entre mi tejado y el de mi vecina, donde saltan los gatos.

No. La estrella polar, después me di cuenta por mí mismo, está más al occidente, según mi posición barroca de barco estacionado; y claro es mucho más grande, parece un planeta.

Tu estrella en cambio, comparada ahora luce más chica. Pobrecita. De repente desaparece en la bruma de algo, en el espacio milenario que hay entre ella y nosotros.

He tenido la costumbre de salir a los patios cuando oscurece, porque me gusta ver los aviones. Por estos días, cuando oscurece y ya resplandece el intermitente paso de los enormes aviones, hay dos rutas que pasan bien cerquita una de la otra. Casi chocan.

Me gusta pensar en los pasajeros que viajan. Han de ir a una ciudad de Estados Unidos, arremolinándose en sus asientos, acá solo se han de reportar al aeropuerto.

Es triste ver cómo los aviones con sus empequeñecidas luces se extinguen en el fondo donde comienzan las luces de otra ciudad. O de plano se meten entre las estrellas fugaces.

La noche se pierde en algunos ritos, en un quemar los artículos, hacerlos noche, tranvías, hacerlos circular por otras calles. Los callejones oscuros, los nuevos rincones donde la soledad acumula sus montones.

La noche mueve sus fantasmas. Pero en el cielo hay estrellas. Es una enorme ciudad.

Luego del medidor que cuelga de una mufa torcida y de unos cables de luz, está tu estrella. Perfectamente ubicable ahora. Ya si no… ha oscurecido totalmente.

Y así cada noche. Aunque batalle uno en principio en ubicarla, es cuestión de práctica. Eso pienso. Al rato aunque no quieras nada más la andas mirando. Cruzas la calle y pasas con ella, volteas y ahí va, moviéndose sin moverse, entre los carros.

Tu estrella tiene tonos violetas, como rayos que se van afilando y se apagan en puños brillantes y espectaculares, verdes metálicos que estallan en azules, surgen los amarillos combinados con ligeros rojos como un corazón que se apaga y prende de manera simultánea. A pesar de ser apenas perceptible.

Si quisiésemos dar una idea de su tamaño diríamos que es más chica que la mayoría de las estrellas, pues la distancia así lo determina.

Es tal vez la más grande de todas, eso nadie lo sabe. Miles de veces más grande que la tierra. A pesar de que desde donde te pares se vea pequeña.

Cuando vuelvo, hago una comunión conmigo mismo al mismo tiempo. Y ahí está de nuevo desde hace millones de años. me gusta pensar eso, en el aplomo que ha de dar el ser eterno. Pienso en mi sangre, en mis propios genes eternos y milenarios.

Me creo mucho y sin embargo mi cuerpo no llegará a ser ni un puñito de tierra, por chiquita que estuviese mi mano, y soy de mano grande. Para qué diablos sirve eso. En poco tiempo no seré nada.

Desde el suelo busco un lugar adecuado para mirar en paz. Me sumo a los millones de espectadores que buscan estrellas en el cielo. Sé que dificilmente, a simple vista, van a distinguir una única, la que yo te escogí.

Desde entonces salgo a verla como si saliera a verte, platico con ella, como si platicara contigo. No me da pena decirlo.

Quiero ver cuando la veas, quiero ver el espejo que te vea. Quiero verte.

Quiero que la toques con la mano como se toca un pétalo fulminante, una palpitación de ave, una constante hilaza de colores infinitos. Una constelación de voces que se miran porque no se escuchan.

En el espacio donde Dios suele pensar, en la fe amarillenta que resplandece, la estrella ilumina. Es una colaboración especial, un regalo para quien la mira. Un café negro con una sonrisa.

Desde este sitio, sentado sobre la noche, tu estrella no se mueve. Bajo una gira de nebulosas, vendrá en lo que busco los lentes. Al amanecer. O atardecida.

Vienes de esa estrella, me gusta pensarlo, yo vengo de otra, somos hijos de otras estrellas, pero es lindo este planeta desde el cual no me canso de verte.

No he sabido el nombre de tu estrella, sería bueno saberlo, pero no aparece en los mapas del cielo que he consultado. Los más primarios.

De alguna manera ha de llamarse tu estrella en el patio, atrapada, esa mera, la del marco, que te regalo luego de dos aviones en el cielo y de un callado medidor de luz, destapado.

HASTA LA PRÓXIMA.