Canciones juntas

0
887

Rigoberto Hernández Guevara

Ciudad Victoria, Tamaulipas.- A veces me instalo cerca de la calle para ver pasar la literatura, la que no escribo, la que ocurre y vuela con los pájaros del pensamiento y se enreda en la turbia mirada de los peatones amarillentos.

Pasa un chirriar de hojas que chocan, una sonrisa extraña de niño que imita a la de un grande, los muchachos alicios vientos de la escuela, pasan incesantes en el aire. Pasa el cielo azul que escucho en el latir de mi corazón, pasa el silencio que no escucho pero lo veo en los riscos del suelo.

A veces, mientras pienso, veo o leo o siento las letras golpear ligeramente a la puerta. Es puerta la de mi casa, pero es puerta también de la calle, se echa llave por fuera, por dentro se abre.

Dios escribe. Todos somos papel , hojas , retazos de fe, líquenes de un estanque redondo.

Afuera imagino adentro, estoy cerca del momento, no me voy tan facilmente, si me fui es por que me quedo. Es la clave. Nadie es más presente que cuando no existe, cuando no ve, ni habla, cuando muere.

El día lleva la muerte silenciosa, se va cayendo, derramando en sangre, se va oscureciendo, hasta llegar a la tarde.

En los trazos de la calle, surgen praderas de voces, restos de oscuras parejas, sensaciones idas, lejanas, canciones que nadie conoce. Juntas.

Este era un poema. Esta es mi habitación real. En la pasión del ser me acerco a las paredes, confisco las ropas colgadas del techo, desgarradas láminas de araña, sudarios de Cristo dormido.

Esta era la respiración ajada. las vueltas desproporsionadas para tentar a la almohada, de todas, esta es la última esperanza.

La calle es la sensación de un perro que se rasca, lepra, estornudo repentino, la salud y las gracias de nada.

La fiebre es ventana, pero también la calma para verse uno las rodillas, las orillas, las esquinas rotas del cuerpo, los almanaques, los muebles de madera de adentro que se volvieron árboles.

Leo poesía latinoamericana, leo  Szymborska polaca, leo a Rilke, al joven que se ofreció a escucharse a beber su agua putrefacta, el exilio de Benedetti como si fuese mi infancia.

Este es el paisaje del maestro. Estoy en un aula bajo la lengua, escribo lo que no digo. Para no perder el tiempo en mal decirlo.

Escribo, escribo, a pesar de todo, contra la delgadez extrema, contra el hambre que desparece misteriosamente y vuelve. Contra la puta calle que me sonríe adrede.

A veces me instalo cerca de mi, cerca de esta calle que se vuelca, por donde se recorta otra, por donde se ha metido la gente.

Me instalo tan cerca en la cerca, en el parabrisas, en el borde de la banqueta y digo lo que la literatura nunca dirá, pero lo piensa; y canto dos canciones juntas, para que no digan nada, para que se revuelvan en la sombra, como un perro que marca su territorio y se conmueve con la música de los pianistas ciegos.

HASTA LA PRÓXIMA.

Compartir
Artículo anteriorTodólogos
Artículo siguienteGuitarra