En las principales plazas hay pedo

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Rigoberto Hernández Guevara

Ciudad Victoria, Tamaulipas.- Apenas pude abrir los ojos. Ignoro si sigan pegados aferrados a la sombra inmensa de los ojos cerrados. Por dentro hay un edificio, luego un corredor que pasa de largo hasta el fondo donde se ven las casas, cerca del alma.

Atrás de la constelación de Orión, de una gran estrella, cuelga de un columpio la mirada. Es la aurora boreal que se ve de lejos, que no todos pueden ver desde una ciudad como Victoria, por ejemplo.

Me tapo la cara, me doy verguenza, perdí la cartera, soy cliente, me robaron la bolsa del pantalón, me quebraron los vidrios sin ventana, sin lentes soy un paisaje roto.

Soy de los que miran alto, pero muy desde abajo. De modo que descubro praderas en desamparo, intensos valles, declaración de hormigas huérfanas en las calles pavimentadas.

Apenas abro los ojos y se trasmite en vivo desde el seco furor del viento. En las principales plazas hay pedo.

Amanece. Sobre la montaña que da al oeste, comienza a prescribirse el sol en desbandada, recorre los breves acantilados, la nostalgia de la cascada, descubre cuevas, el viento del norte ¿que hace ahí arriba?

Desde arriba se ve la pequeña ciudad.

Abajo, el día se mete en su día y es un honor leer Faulkner a 42 grados. He perdido las sombra, mi mano apenas busca y localiza una orilla de esa cobija.

Abro los ojos y en medio del desierto sigue el feroz enfrentamieto a muerte contra la desolación del día y el frío que seca los cactus en la noche. Pobrecitos. Estan acostumbrados a su muerte. Son viejos templos.

La ciudad es a veces un eco solamente, una sirena tendida por la de Carrera Torres. En la noche. La oscuridad es el alba que resplandece bajo las luces de los coches.

Calle adentro intento cosas nuevas. Pero sólo lo pienso. Hay veces en que uno no debe rebasar el pensamiento. Pero si más que la mirada, que ve profundo, que sabe, antes de pulsar el costado de un cuerpo herido.

En el centro hay una enorme cicatriz que sangró muchas veces para secarse. Se ha vuelto río, destacamentos e indecible control del sencillo movimiento de la gente. Pero la gente se rota y vuelve al día siguiente como siempre. Es una gota.

La ciudad es un avión estacionado. Pudo brincar y no quiso. La ciudad es un risco en el cabello, una rascada sin comezón, un hueso en el dedo gordo, quien sabe para qué. Pongale que no, pero es lo que se siente.

Desde luego las cómodas salas contra los pobres de costumbre, los vicios, las callejuelas de lo pactado, todo el dinero a cambio de unas cuantas.

En cambio los árboles, las aves que se han quedado. Las intensas callejuelas con rostros asorados. El paso de una muchacha desde el sur que va para el norte unas diez cuadras. La gente es de aguante, y más las señoras. Las de la voz gruesa.

Abro los ojos tapados. Excluidos de la luna. Hablo de la urraca, del venerado frambollán, del destacado paso de las lluvias de septiembre, del memorial de años undiéndose en los ojos, inundándose de polvorientas lágrimas.

Hojas de agua de camisas secándose, láminas transparentes, inundadas por las tormentas y la fumigación de espejos.

Y una casa una sola es la ciudad. Una ventana cerrada, tapada por los ojos cerrados, abro los ojos y nada hay. Luego el tremendo silencio se enrarece y es necesario alimentar a los tiburones.

Sin peces de colores, la ciudad describe una aldea de unos cuantos que somos. Quedamos pocos. Desde arriba se ven los rostros. Desde todas partes se asoma uno y ahí está uno. Asustado.

De todas partes se va uno y de todas viene, el único espacio es este con la raíz cuadrada del transporte, la leyenda del chofer del micro, la culpa de uno, la del vidrio oportuno que anuncia la ciudad, el paso distinguido de las calles.

Me dedico esta voz en off. Por debajo de los muebles, atropelladamente endiablado me dedico esta rosa de humo, crecida en el pasto verde, en la nuca.

Celebro la risa en una estocada de jóvenes en fila india, en un montón, una parvada de palabras mal dichas.

Me interno en las linternas de la infancia, nunca cambié la sonrisa estrafalaria, ni el pelo sacado de un catus, ni el recuerdo del acantilado donde se partió un labio la boca.

Colaboro con la sociedad de poetas que escuchan el discurso de las avenidas atestadas, las imágenes destapadas de un envase de agua y lo presentan.

Somos la aniquilación perfecta, el ultimátum a priori de una palabra. Me dio tiempo a caer, dejé la almohada, el precipicio, la última morada de la cara, la razón dejé. Soy eso. El exterminio del recuerdo.

Son piedras que caen, orillas del pueblo. Astillas dobladas hacia adentro.

Abro los ojos y esta es la casa, una, y esta la noche y la oscuridad, la casa que es esta alcanza para una cena, un restaurante, una cena sencilla.

Soy un terrible momento en punto, cuando la crisis en los dedos juntos, cuando te hablan y te hablan y tú escuchas y es lo peor, que escuchas.

Volteo la ciudad, la dejo que escurra, porque tiene una especie de llanto. Y no lloro, hasta más tarde.

HASTA LA PRÓXIMA.