Extinción

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Rigoberto Hernández Guevara

Ciudad Victoria, Tamaulipas.- Te diré algo que ocurrirá a las siete de la mañana. Estoy a punto de extinción. Así que son las seis de la mañana, de esa suerte te toca que puedo quedar en el azotón definitivo, pronto dormido, lamentándome un rato, en estertores, cayendo o subiendo una escalera muy alta, retirándome en el vuelo, del techo.

Fui habitante de los viejos parques, tal vez, si pones atención, todavía huelo a enredo de novios mal ávidos, a hielo, a viento entre las risas de chiquillos y flores amarillas caídas por racimos de los pequeños árboles.

Te diré algo que te duela por dentro al fin y al cabo cuando llegue la hora y sean las siete tal vez ya no te sienta o quizás te presienta y me presientas en la ausencia y este que estando contigo abra la puerta de la muerte.

Tal vez no me quisiste, pero te quise, te diré algo cerrando la calle, abriendo los ojos viéndote sin arte, te diré algo de repente a ver si lo sientes y volteas acaso solo así a mirarme, como antes, como siempre.

Debo decirte calle, elemental crucero  de vehículos, semáforos deteriorados en el bimbalete del ayuntamiento. Pobreza adrede, el rojo, amarillo y verde. Así es la ciudad envuelta en llamas, en carros de juguetes destartalados en un patio desobediente.

Así es el centro comercial regado con la gente yendo a todas partes y en realidad a ninguna.

Debo decirte amor que este lado de la calle sin flor es otra más desde hace tiempo, con las señoritas sin despegarse del suelo, tocando el cielo, con zapatillas rojas y amarillas, con esqueleto contante y sonante.

Debo decirte de una vez que si me quiste esta es la tienda de la esquina aun esquivando una reja metálica, dos policías distraídos, un perro de peluche en la puerta de salir. Y afuera unos sujetos que se toman una selfie o una fotografía para sentenciarte; eso ya no es muy importante.

Cae en la cuenta para estas fechas que el suelo no es parejo y nos espera a dos metros recortados por la tijera del sepulturero adiestrado en ese noble ejercicio de echarte tierra, volverte tierra.

Son las tres de las tarde ¿y qué?, para mí que es más temprano en la tarde, o en mi deseo ardiente, o en mi destocado poema de petrocel regado por el camino.

Son los boleros, los vendedores de periódico anacrónico, son los telúricos sistemas digitales, son tus manos volviéndose losas en la calles, eres tú pensándome. Debo decirte a la hora de esta hora, hora sobre hora, que te quiero.

La calle pasmosa encontrándonos. La calle sacada del cinemascope, de las rendijas del blanco y negro atrás de una raya. Los ciudadanos corrientes, el estrasijado bicicletero, el ronco pecho, el masivo viejo, la señora y su perro, siguen ahí como si nada, la ciudad es para eso, para rifársela.

Aun así, este sentenciado, siendo un cuarto para las siete, aunque pude poner otra hora, debo decirte que te quiero. Y son las siete de la tarde, ¡qué olvido tan grande!, me quedé dormido, ha pasado la hora y el día, me he quedado para siempre o para más tarde, eso nadie lo sabe.

HASTA LA PRÓXIMA.