La camisa que me puse

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Rigoberto Hernández Guevara

Ciudad Victoria, Tamaulipas.- Manchada de sangre la camisa fue llevada al hospital con todo y sujeto. El sujeto era conocido en el barrio tal como la misma camisa.

Llevaba una rotura en la manga izquierda, mientras la otra lucía completa y podría recibir si así quisiera un ligero mantenimiento de lavado y planchad, con eso tendría. Pero lo que urgía en el plano era la costura. El cuello torturado.

Sangraba hilos sintéticos, pedazos de huecos que escapaban al hoyo, lucidez de otros cuerpos que cupieron, pasos inmediatos y muy lejanos, todo recuerdos ingratos, puesto que la abandonaron.

Ahora instalada ahí en ese sanatorio de garras viejas veía para todos lados y se preguntaba cómo es que había caído tan bajo y se consoló, siempre hay un consuelo, peor sería terminar quemada en un basurero.

El sitio de emergencia, esa pequeña entrada por donde se entra muriendo, pronto se llenó de curiosos que deseaban con morbo ver la rota camisa.

Llevada y traída de esa suerte, parecía bandera colgada de un poste, es decir, colgando del sujeto flaco que la sostenía con las costillas y la levantaba en hombros cada mañana.

Camisa cuadrada se distinguía de las demás por ello mismo, más que por el colorido amarillo que semejante a un sol destellaba en las noches de penumbra junto a las casas. De pronto se le veía venir de lejos arrastrada por el viento o se le veía colgada descansando en un tendedero del patio, donde el sujeto que la soportaba solía lavarla de vez en cuando.

Había otras camisas lullidas, desgastadas en el esfuerzo diario. Otras muy nuevas lucían un machetazo, quien sabe quién se los habría dado.

Permanecían impacientes esperando la aguja y el hilo que perforaría sus intestinos y en un dobladillo redoblaría el remiendo por dentro para que no se notara estéticamente la cicatriz. Aunque era inútil, la cicatriz del tiempo hilaba la nostalgia de un tiempo pasado mejor, que era la herida aún abierta que no se podía resolver, por donde se abotonaba y desabotonaba, por donde se abría como una puerta y se cerraba el alma de un cuerpo.

Este era el tercer sujeto que se atrevió a usarla luego de permanecer en un monto de compañeras de todos los tamaños, había de todo en esa fiesta mientras duró amarrada en una paca, sustentada por otras, remilgada y arrugada por la ausencia del agua y la plancha.

Antes, había sido franela, imitación de toalla, sudario de padre, levita de ovejero, pañuelo sacrosanto de un padre llorando, mecate sin nudos, secadora de mesas, y finalmente, por un milagros de Dios, de nuevo camisa, en un sujeto muy viejo y pobre, claro. Ya cansada quién se iba a fijar en ella.

Cuando los médicos la rodearon para auscultar sus costuras- el pliego liso ahora más arrugado que nunca a pesar de la indiferencia con que muchos doctores suelen ver a sus clientes, que diga sus pacientes- le tuvieron lástima.

Sí. Comparada con las gruesas camisas de lana de los joviales médicos que le estrujaban el sitio donde había habido una panza, era un deshecho, de hecho debían tirarla.

Alguien sugirió que la hicieran pedazos y la devolviera a quien la había traído cargada desde su casa. O que le dijeran que había fallecido en horas de la madrugada, como casi siempre pasa.

La camisa desde su punto de vista veía el paso de la enfermera hilos y agujas en mano, carretes solitarios que rodaban al fin del mundo de un cesto inexpugnable con gazas ensangrentadas de garras.

Preferiría ser garra que acabar incinerada, pensó, mientras una doctora regordeta la tomó por los botones y le arrancó uno, quién sabe para qué chingados.

Este era el fin, ni más ni menos, hubiera preferido un comité de despedida, señoras llorando, chiquillos jugando alrededor de un féretro, pero no así, y tan gacho.

Extrañamente no la quemaron sino que la metieron a una caja y notó que la sacaron, sintió el calor de afuera revotando en la caja de cartón donde ahora iba, todavía herida y sangrando de nada.

Sería sustituida por otra, por su inseparable amigo donde perdió la idea del tiempo, encajada en ese cuerpo, que hoy la abandonaba ahí, cerca del cementerio.

Quiso gritar que no iba muerta, que aun respiraba por los ojales, pero las camisas no hablan. Así que aprovechó el menor trasteo de la carroza en que la trasladaba para resbalar por un lado y arrastrarse un rato hasta salir y quedar atorada en el tiempo de otro carro que tan veloz como iba no se enteró de lo que llevaba pegada a la carrocería.

Todo el camino la camisa sintió el sabor del viento, era libre, pero poco servía a quien casi va muerto, así que trató de zafarse con muchas ganas, puso lo poco que le quedaba de vida para soltarse en el momento correcto, antes de que comenzara a llover o comenzara el viento que la llevara a través del campo y la enterrara en un campo de cultivo de sorgo.

Colgada ahora de la antena, apenas se sostenía con las uñas de la manga derecha. La izquierda inutilizada, ayudaba no haciendo nada.

Cuando pensó que había llegado al fin de sus días, que se iba a morir derrotada, una mano la sacó de la antena donde permanecía atorada y la desenredó con calma, luego la sacudió un poco y la guardó en el portaequipaje.

Después, cuando vi que nadie me observaba, me la puse.

HASTA LA PRÓXIMA.

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