Palabras que se aguantan

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Rigoberto Hernández Guevara

Ciudad Victoria, Tamaulipas.- En otra parte hay una historia escrita con mi nombre, contiene detalles de mis padres, mis abuelos y mi viejo pasado prehispánico y español. Mi bisabuelo fue un español, de oficio caballerango. Lo vi una sola vez, después supe que lo había matado un caballo.

Mi bisabuela fue india huasteca, pero con raíces zapotecas,- ¿quién en este país no tiene raíces zapotecas o mayas?-. Ella es quien más duró, más de 100 años, no se sabe cuántos. De ella, creo, tengo sus ojos, sus cabellos y sus pestañas regadas en mi cuerpo. Me las dejó sin que yo me diera cuenta. Tampoco lo hizo a propósito.

Un día, mientras un rayo de sol daba en el rostro arrugado de la bisabuela, y la hacía entrecerrar sus ojos repintados, nació el poeta. No antes ni después.

Sino ese día en que descubrí la magía salir del humo que exhalaba de sus labios. Y no gastaba muchas palabras para hacerse entender con mucha sabiduría. Recuerdo el día como si lo estuviera leyendo en un libro muy viejo.

Era la curandera del pueblo y hacía brebajes. Hay lugares o sitios como ese en los que uno se queda. Nunca me fui. Escuchen. Esa que está ahí, en cluequillas, es mi bisabuela Crecencia Marín. Éste soy yo, el que les habla desde aquel tiempo.

Los poetas vienen de los artilugios, de los pedazos de metal oxidado, de un entierro de fichas. Pero otros llegan de donde pueden, de donde los dejaron o los sacaron.

Son huesos los poetas muertos, humedad, costelaciones de recuerdos, son letras no escritas pero juntas. Hambruna nada más.

Los poetas vienen de una estrella.

En realación a mí, soy todo lo que piensan, tal vez sea más o menos, pero es aproximadamente. Tampoco soy lo que digo, ni siquiera lo intento. Me preguntan y contesto, es todo, escribo.

Nunca he respondido de acuerdo a mis intereses, sólo a lo que creo que es justo y en eso me he equivocado muchas veces. Digo lo que pienso. Y sin embargo siguen siendo mis intereses de todas maneras, los más amados, por los que más lucho.

Esta es mi nave de ventanas y puertas, de alas de madera. He ido a todas partes y a ninguna, me he quedado muchas veces antes de irme para siempre. Estoy en medio, desde abajo alguien me empuja y subo un poco, pero mi mano se suelta y caigo. Entiendo que así es esto.

Y por lo tanto vengo de una de mis costillas rotas, de unas patadas, de una nube oscurecida en su sombría lluvía. Ahí nací.

Los poetas vienen de una chinga, de una nalgada, de una cachetada occidental. De un susto llegan los poetas en la noche de capa y espada, de sombra.

Desde su fundación los poetas son seres anónimos. Los ves y son, los dejas de ver y son otros. Nadie sabe que ellos no son los poetas, ni nosotros, ni Dios.

Como Pessoa, los poetas que somos somos varios en un cuerpo. Heteronímia.

La aterradora noche de la calle surte efecto en el desvanecido discurso de este currículum.

Poetas pretenciosos. Locos. Un día sabrán que las palabras más bellas no se escriben, se aguantan. Estas son de las palabras que se aguantan. Son una guantada, una lágrima gruesa, mamalona.

Soy pretencioso en cuanto sé adivinar el futuro. Conozco las profesías que no tienen palabras, se escriben de otra forma, se dicen en fenicio, picando piedra. Conozco el fin del mar en la mar llana, violenta, en una playa solitaria.

Soy pretencioso, porque me han dicho siempre que soy poeta y lo que hago es que escribo. Antes no decía los pemas, no los escribía, solo los escuchaba.

Escribir es una manera de desquitarse a tiempo de una cachetada. Pero es nacer y morir al mismo tiempo, sin que tenga sentido saber qué hay en medio, lo demás son palabras que se desbordan.

Y no, no soy tan libre como la poesía, pero siento que me acerco cuando la escribo.

Escribo. He narrado muchas historias verídicas o de mi imaginación. He creado personajes que aun recuerdo con mucho cariño. Tengo poemas que, reconozco, alguien, nunca he sabido quién, me dicta.

Vengo de donde dije, soy prestidigitador de las naves de los dedos podridos, ese es mi lenguaje cero, arrriba de un apelícula mal hecha.

Voy a un crucero del futuro. Hay un tren pasando eternamente. Me acerco para pasar al otro lado por donde pasa la gente que se resiste. En pocos días claudicará la espera, se vacíarán los andenes, las estaciones, se secarán los dedos entusiasmados.

Todos mueren con uno.

Sales y escupes la noche negra. Sales del comedor en un lejano día que no fuera este tan jodido, lleno de sol, de fantasías comerciales y farsas, pantomimas y risas económicas.

Estas en el mañana. El brebaje es verde descolorido, luego de un sueño ya no supieron donde nos dejaron, en cuál cruce de caminos, entre los poetas muertos y los moribundos.

 Arrecia el viento nocturno, falta mucho para decir «mil años hace desde que nacimos». En este lado han preguntado mucho. La magia es escribirlo.

El futuro es una piedra arrojada que hace caer los siglos. En la otra mano hay una resortera. En medio, sólo se especula.

La noche zapoteca está más oscura que nunca. Doy el último sorbo al brebaje y siento un golpe. Un golpe definitivo en la nuca. Afuera está lloviendo.

HASTA LA PRÓXIMA.