La resilencia, ‘receta’ innovadora que puede sacar del hoyo la educación de Tamaulipas

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Por Redacción

Cd. Victoria, Tamaulipas.- Evitar que los estudiantes dejen la escuela por problemas que se les presentan en la vida es un reto que sigue pendiente en el sistema educativo, pues a pesar de los diversos programas implementados la falla sigue con repercusiones graves para quienes se quedan sin el valioso aporte que representa el estudio.

Tan sólo en el nivel superior, es decir universidades, normales y el posgrado, unos 10 mil tamaulipecos han dejado la escuela por diversas razones, según datos de la Dirección General de Planeación de la Secretaría de Educación Pública.

Este indicador es menor a la media nacional, sin embargo la cifra es preocupante.

En entrevista, Humberto Garza Vázquez, quien cuenta con un doctorado en Resiliencia, dijo que es necesario crear un movimiento que fortalezca los espacios vitales del alumno, siendo éstos la propia escuela, los padres de familia y la misma comunidad, para que factores como pobreza, violencia, desintegración familiar, alcoholismo y drogadicción, puedan ser enfrentados.

Mencionó que la idea es instrumentar estrategias de intervención sustentadas en la resiliencia,  tendientes a prevenir y disminuir  problemas socioeducativos como el abandono escolar.

Explicó que para proporcionar esta ayuda se necesitan estudios para detectar factores de riesgo y factores de protección desde el momento en que los estudiantes quedan inscritos en las escuelas y desde ahí comenzar a darle mayor fuerza a otras estrategias existentes que vienen de programas federales.

“No estamos inventando nada, es fortalecer el programa tutorial con proyectos que atiendan la trayectoria escolar, es decir, que desde el momento en que entra el alumno hasta que sale, irlo acompañando con acciones que permitan contrarrestar los factores de riesgo que traen a nivel personal, familiar, de la propia institución educativa y considerando desde luego el contexto social como es la violencia, el desempleo, todo eso que estamos viviendo”, aclaró.

De hecho, los factores de riesgo que más se han identificado entre la comunidad estudiantil van desde la falta de confianza en sí mismos, no tener un proyecto de vida, la pobreza en el hogar, la falta de trabajo, la desintegración familiar, el alcoholismo, drogas y violencia.

En tanto a nivel escolar, Garza Vázquez comentó que sobresale como factor de riesgo la falta vocacional con la que llegan los alumnos, porque un 15 por ciento de la población es vulnerable debido a que el sistema educativo abandonó la orientación vocacional en secundarias y bachillerato, y hoy los que ingresan al nivel superior están expuestos a la reprobación, deserción y rezago escolar que son los problemas que enfrentan las universidades públicas.

Por esto insistió en que las acciones se deben apoyar en la resiliencia, que son las capacidades que desarrolla el estudiante para enfrentar y superar las situaciones que se le presentan en su trayectoria escolar para que pueda concluir sus estudios.

Dijo que la escuela, más que ninguna otra institución, salvo la familia, puede brindar el ambiente y las condiciones para promocionar la resiliencia.

Esta forma de enfrentar las adversidades ha acompañado a la humanidad desde siempre, pero ha sido hasta hace muy poco que se le han dedicado estudios e incluso su definición aún no se termina de construir

Recordó que existen personas, familias o comunidades que se enfrentan a condiciones de adversidad que parecen difíciles de superar, pero que a pesar de ello no sólo las superan sino inclusive salen fortalecidos de las mismas.

Reseñó que los primeros estudios sobre esta capacidad fueron en Estados Unidos e Inglaterra, posteriormente se extendieron por toda Europa y América Latina.

El interés sobre la resiliencia en América Latina surge en el año 2000, primero en Chile, luego en la Universidad de Lanús, en Argentina, son clave para entender su extensión a Costa Rica y en México e inició con los Centros de Integración Juvenil enfocados a resolver problemas de farmacodependencia.

Hace cuatro años la Facultad de Estudios Superiores de Izcala (UNAM), promovió un congreso internacional sobre resiliencia y se invitaron a países latinoamericanos y España.

Garza Vázquez dijo también que la razón por la que se comienza a hablar más de resiliencia, es porque en 2014 la ONU pidió a los países miembros promoverla para atender a población en vulnerabilidad, como son los que viven en pobreza, adultos mayores, con discapacidad, aquellos grupos en adversidad, crisis y traumas.

En 2016 el gobierno de México y el programa de la ONU  para el desarrollo (PNUD) promueven una estrategia de ciudades resilientes, y para el año siguiente la SEP incorpora en el modelo educativo la resiliencia.

Pero 20 años atrás, la Facultad de Ciencias de la Educación y Humanidades de la UAT comenzó a trabajar con un proyecto de resiliencia en apoyo a estudiantes en situación de vulnerabilidad, se abrió un centro de desarrollo integral del estudiante que cuenta con un comedor y otras acciones en su apoyo.

Otro proyecto conjunto dio paso a la creación de la materia de Socioterapia dentro del modelo educativo de la carrera de Sociología, que es único en América Latina.

Garza Vázquez enfatizó que es necesario extender a más escuelas la estrategia y de hecho señaló que la misma ANUIES señala la urgencia de atender el abandono y la reprobación entre los alumnos.

Pero, cuestionó, cómo puede esperarse que los alumnos desarrollen capacidades resilientes si sus directivos y profesores no manifiestan esas cualidades, y ante esto subrayó la necesidad de capacitar a los docentes para que promuevan esta estrategia entre los estudiantes.

“A los alumnos les ayudaría a ser más autónomos, independientes, responsables y con muchos menos fracasos; a resolver por sí mismos problemas personales, escolares, familiares y sociales”, recalcó.

El doctor Humberto Garza Vázquez  fue nombrado embajador de Resiliencia en Tamaulipas, durante el 14 Congreso Internacional de Resiliencia organizado por la UNAM en los primeros días de noviembre.

DE NIÑA MECED A SOCIÓLOGA

Rocío Magali Reyes Ríos, vivió su infancia como la viven las familias que habitan en colonias de precaristas cuyo entorno se asemeja a una miscelánea de la pobreza, pero aun así logró superar la adversidad y pasó de vender chicles en las calles a lograr un título universitario.

“Tengo 39 años, vengo de una familia carente de padre; mi madre trabajó para sacarnos adelante a mí y a mis hermanos”, comienza a relatar su historia.

“Cuando yo tenía 9 años nos buscaron unas trabajadoras sociales del Programa de Menores en Situación de Calle porque yo vendía chicles y ellas salían a los cruceros a buscar a los que anduvieran así como yo”.

Dijo que en ese entonces el profesor Humberto Garza Vázquez coordinaba ese programa, que consistía en apoyar a los menores a que fueran a la escuela y no desertaran a causa de las adversidades.

“Lo que más recuerdo es que nos decían que podíamos lograr lo que quisiéramos y lo que yo quería era estudiar, aunque tuve que pasar situaciones muy difíciles para conseguirlo”, subrayó.

Con varias interrupciones a lo largo de sus estudios de secundaria y preparatoria, primero porque tuvo dos hijas y luego por la falta de dinero para costearse la escuela, dijo que pudo obtener un título profesional  gracias a que no olvidó creer en ella misma.

“Cuando dejé la secundaria trabajé de mesera en el mercado, luego de cocinera pero necesitaba más dinero para pagar la guardería y la escuela de mis hijas, y fue en el Cendi donde me ofrecieron empleo con un pago de 600 pesos y sin dar ni un cinco por la estancia de la menor de mis hijas”, agregó.

Fue en ese Cendi donde Rocío fue recorriendo casi todos los puestos: empezó en intendencia, pasó a cocinera, luego a asistente de maestra y finalmente a maestra tras haber acudido a los cursos que la capacitaron para el cargo, sin embargo seguía con el mismo salario y un horario de 7 de la mañana a 7 de la noche.

“Todo me gustaba pero el sueldo era igual y me fui a terminar la secundaria en el ITEA, y como tenía interés mi maestra me asesoró y me ofreció trabajar ahí mismo y acepté”.

Para entonces sus hijas ya cursaban la primaria y no podía darse el lujo de entrar ella al bachillerato pero lo intentó en una prepa particular en la que le dieron media beca, con clases los domingos de 8 a 4 de la tarde.

En su segundo matrimonio tuvo otros dos hijos y mencionó que por fortuna encontró a un buen hombre que siempre la apoyó para entrar a la Universidad.

Hoy ejerce la investigación y es apoyo solidario en el ITEA, que dice es lo que le agrada porque ahí puede impulsar a otros a enfrentar la adversidad y sacar fortaleza de los tiempos malos, aunque también le gustaría ser contratada como socióloga para ejercer plenamente su carrera.

“Estoy consciente, estoy feliz de que creí en mi porque muchas personas que no creían en mi me vieron terminar la carrera, porque me decían: qué onda con esa mochila, para qué estudias, dedícate a atender a tus hijas; y yo siempre respondí que podía logarlo y lo conseguí porque hubo gente que me enseño a creer en mi”, confirmó.