Rapiña

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Por Pegaso

Reynosa, Tamaulipas.- No encuentro palabras para expresar lo que siento.
Al ver la masacre ocurrida en Hidalgo, donde a estas horas se contabilizan 74 muertos y más de 70 heridos, veo a un México que se nos está yendo de las manos.
Días atrás, en otros ductos del sistema de abasto de gasolina, veíanse escenas de rapiña, donde cientos de personas de poblados vecinos salían de sus casas con recipientes de todo tipo para obtener unos cuantos litros del preciado combustible.
Con precios superiores a los 20 pesos por litro, la gasolina se ha convertido en un valioso artículo que las personas intentan obtener a cualquier costo, incluso, el de su vida.
No se sabe hasta ahora lo que originó la tremenda explosión.
Apenas por la mañana de ese día el Presidente López Obrador había advertido del peligro que había para la gente que no está capacitada para perforar un ducto, pero de todos modos lo hicieron.
Hasta el momento no se habían registrado incidentes de esa naturaleza porque las bandas de huachicoleros saben lo que hacen y contratan a gente que sí sabe cómo instalar una toma clandestina.
Inspirados tal vez por la impunidad con la que actúan los delincuentes, a centenares de personas que viven cerca de los ductos se les hace fácil tomar un cincel y un martillo, o un taladro y proceder a horadar la tubería de acero.
La horda ignorante no sabe, por ejemplo, que la gasolina líquida no es tan explosiva como su forma gaseosa. Basta una colilla de cigarro que alguno de ellos esté fumando e incluso, una llamada de celular, para que la chispa genere un infierno incandescente.
En el interior del país la gasolina se cotiza a precio de oro a consecuencia del desabasto.
Las autoridades insisten en que hay suficiente combustible, pero la realidad se vive en las calles, en las largas filas para surtir unas gotas del carburante y en la desesperación que se observa en la cara de los ciudadanos.
Ya para estas alturas, muchos creen que la lucha contra el huachicoleo nos saldrá mucho más cara que dejar que los bandidos se roben parte del cumbustible.
En las últimas horas he oído varias veces la frase que dice: «Va a salir más caro el caldo que las albóndigas».
La verdad es que el Presidente López Obrador se está dando cuenta, a precio muy alto, que no está luchando contra bandas o cárteles, sino contra todo un pueblo.
Lo he dicho muchas veces, y hasta un cuento he publicado: La gran mayoría de los que habitamos en este país o somos, o tenemos un pariente, o tenemos a un amigo que forma parte de la delincuencia organizada.
La viejita que recibe su despensita cada semana porque su hijo puntero se la lleva, el empresario que se beneficia con negocios sucios, el abogado que defiende narcotraficantes, el periodista que recibe dinero mal habido, el político que tiene complicidades con delincuentes, el soldado que se capacita para luego desertar y engrosar las filas de los cárteles… Todos somos responsables, de una forma u otra.
Si AMLO insiste en la lucha, tendrá que darse cuenta, más temprano que tarde, que se encuentra solo.
El pueblo forma parte de la delincuencia y no hay forma de ganarle a un pueblo si es así como quiere vivir.
México, ¡cómo me dueles!