Sketch XXII

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Por Pegaso

Reynosa, Tamaulipas.- Llega la Chabelita al templo del padre Chuy, allá, en la colonia El Olmo y se asoma al confesionario, llorando a moco tendido.

La escucha el párroco y éste dirige una plegaria al cielo.

-Padre: ¡Ay, Dios mío! Ahí viene otra vez esta hija tuya. ¿Por qué no la envías a una tribu de caníbales a Timbuctú?

-Chabelita: ¡Ayyy, ayy, ayyyyy!

-Padre: ¡Ave María Purísima!

-Chabelita: Sinpecado concebida, padre.

-Padre: Pero mira cómo vienes, Chabela. Toma, límpiate esas mucosidades y después me dices qué es lo que te aflige. (La Chabelita agarra el pañuelo del ensotanado y se suena la nariz estruendosamente).

-Chabelita: ¡Ay, padre Chuy! Vengo a que me libere de las garras del Demonio del Mediodía. He caído en el más profundo abismo de la degradación y mi alma está condenada a padecer los suplicios del inframundo.

-Padre: A ver, hija, pero, ¿por qué dices eso? ¿Qué es lo que ha pasado?

-Chabelita: ¿Conoce usted a Francisco Palmira?

-Padre: Si te refieres a Panchito Palmira, el dueño de la Universidad del Oeste de Tamaulipas, claro que sí lo conozco. Es un muchacho muy honesto, buen cristiano y de muy buen corazón.

-Chabelita: Qué honesto va a ser… más bien es un ente lleno de lascivia y concupiscencia, capaz de arrastrar el alma más pura a los horrores del averno.

-Padre: Pero dime, Chabela, ¿qué fue lo que te hizo Panchito para que te expreses así de él?

-Chabelita: Es que ayer por la mañana iba pasando por enfrente de la refinería y ahí estaba el Pancho ese. Se me quedó mirando con deseo y luego me dijo (poniendo los ojos en blanco y haciendo la voz gutural): ¡Chabela, ven a ver lo que tengo aquí!

-Padre: ¿Y qué era lo que te quería enseñar?

-Chabelita: Pues qué va a ser, padre… esa cosota grande, negra y potente que tenía en la mano.

-Padre: Válgame Dios, ¿te refieres a su… a su…?

-Chabelita: Sí padre. Además la tenía gruesa, pero suave… (el padre toma su biblia y la golpea en la cabeza). Pero, ¿por qué me pega, padre Chuy? (soltando nuevamente el llanto).

-Padre: ¿Cómo que por qué, soflamera, inverecunda? Ya te he dicho mil veces que no necesito que me des tantos detalles. Bueno… ¿y luego qué te dijo Panchito?

-Chabelita: Pues yo me negué al principio porque me asustó el tamaño, pero él se acercó a mí y luego hizo que lo agarrara con la mano.

-Padre: Bueno, pero tú, como buena cristiana y temerosa del fuego divino te alejaste rápidamente de él…

-Chabelita: ¡Ayyy, ayyy, ayy, ayyyy!

-Padre: ¡Cómo! ¿No te alejaste? ¿Qué estabas pensando, prima del maligno, pecaminosa? (toma nuevamente la biblia y le da de golpes en la cabeza).

-Chabelita: ¡Ya no me pegue, padre! Es que lo sentí frío y duro. Luego me dijo (con los ojos en blanco y voz gutural): ¡Chabela, quiero que te acerques para que me calientes bien! ¡Yo sé que tienes con quéeee!

-Padre: ¡Descastado! ¡Infeliz! ¡Poco hombre! Ya me encargaré yo de ese tal Panchito cuando venga por aquí el próximo domingo. ¡Me va a conocer!

-Chabelita: ¿Verdad que es un alma corroída por el deseo y la depravación? Si hasta casi me daban toques con la cosota esa. Y su voz tan gruesa y suave como que le temblaba porque hacía mucho frío y quería que le prestara mi chalina.

-Padre: Espera, espera, hija, ¿a qué te refieres?

-Chabela: Pues al micrófono que traía en la mano durante el evento de la Expropiación Petrolera, estaba bien grande y duro y hacía que su voz sonara gruesa y potente.

-Padre: O sea, ¿que todo este tiempo me has estado hablando de un micrófono?

-Chabelita: Sí, padre, ¿pues usted qué me entendió?

-Padre: Nada, nada, Chabela (suspirando). Agarrar un micrófono no es pecado. Anda, ve y reza cinco Padrenuestros y tres Avemarías.

-Chabelita: ¡No es pecado? ¡Qué bueno es usted! Ha salvado mi alma de las acechanzas del Demonio del Mediodía.

-Padre: Ya vete con Dios, hija. (Se queda suspirando y jalándose los cabellos, mientras eleva una plegaria): Señor, ¿qué pecado he cometido para merecer este tormento? ¿Por qué no la subes a un autobús de Transpaís y te la llevas rumbo a San Fernando?