Martina

0
279

Por Pegaso

Reynosa, Tamaulipas.- Llegando de mi vuelo vespertino me encontré con mi cuate el Unicornio y me puse a platicar animadamente de cosas irrelevantes.

Decía él que muchas veces escuchamos canciones que nos gustan y hasta las tarareamos o repetimos las letras sin darnos cuenta de su contenido.

Inspirado por esa plática, comisioné al Equipo de Investigaciones Especiales de Pegaso (EIEP) para que profundizaran en el tema y me dieran un ejemplo de esta ceguera selectiva.

Y ya que son abundantes los casos que encontraron, quise insertar en este espacio el sesudo análisis que hicieron de la popular canción, salida de la imaginación de doña Consuelo Castro e interpretada con la aguardentosa voz de Antonio Aguilar, llamada La Martina.

Empecemos el análisis:

«Quince años tenía Martina

cuando su amor me entregó

y a los 16 cumplidos

una traición me jugó».

¡Tenía quince años! Era una niña. Seguramente el marido era un sujeto de treinta o cuarenta años, ya que hasta bien entrado el siglo pasado todavía se acostumbraba raptar a las jovencitas o pactar con los padres a cambio de un beneficio económico. Lo que el EIEP pudo indagar acerca de esta estrofa es que en realidad Martina lo que estaba haciendo era jugar a las muñecas con un amiguito, el cual salió corriendo por la puerta de atrás al notar que llegaba el viejón.

«Y estaban en la conquista

cuando el marido llegó.

¿Qué estás haciendo, Martina,

que no estás en tu color?»

¿Y qué esperaba el palurdo? Si se iba todo el día con los cuatachos a emborracharse en la cantina. Pero en aquellos tiempos, el sujeto que había comprado o raptado a una jovencita la consideraba completamente de su propiedad, como si de un objeto se tratara.

«Aquí me he estado sentada

no me he podido dormir,

si me tienes desconfianza

no te separes de mí».

Este párrafo refuerza la tesis de que la chiquilla era más inocente que una blanca palomita. Además, padecía de insomnio.

«¿De quién es esa pistola?

¿De quién es ese reloj?

¿De quién es ese caballo

que en el corral relinchó?»

Lo dicho. El sujeto era de pocas pulgas. El amiguito de la Martina salió corriendo asustado y dejó olvidado su relojito del Ratón Miguelito, su pistola de agua y su pony.

«Ese caballo es muy tuyo,

tu papá te lo mandó

pa´ que fueras a la boda

de tu hermana la menor».

¡Qué ternurita! ¡Y aparte la manejaba la agenda al muy cabrón!

«¿Yo pa´qué quero caballo

si caballo tengo yo,

lo que quero es que me digas

quién en mi cama durmió.»

La verdad, es que nadie durmió esa noche en su cama, porque se la pasaron jugando a los papás y mamás todo ese tiempo.

«En tu cama naiden duerme

cuando tú no estás aquí;

si me tienes desconfianza

no te separes de mí».

¿No se los dije? Ella lo único que quería era un compañerito de juego.

«Y la tomó de la mano

y a sus papás la llevó.

Suegros, aquí está Martina

que una traición me jugó».

Así, sin una prueba pericial dictaminó su culpabilidad. Ese tipo de juicios sumarios eran muy frecuentes en la época pre y post revolucionaria. Después fue cambiando un poquito, pero todavía tenemos algunas Martinas en comunidades rurales, gracias a que el Gobierno determinó respetar los usos y costumbres de las comunidades rurales del país.

«Llévatela tú, mi yerno

la Iglesia te la entregó.

Si una traición te ha jugado

la culpa no tengo yo».

¡Habráse visto! El papá se pone del lado del sujeto de marras, en lugar de defender a la niña. Si eso ocurriera en la actualidad, inmediatamente se le echarían encima los de Derechos Humanos, Amnistía Internacional y la ONU.

(Aquí hago un acotamiento para analizar el comentario que acostumbra añadir Antonio Aguilar, enseguida de esa estrofa: «La criaron mañosa, salió mañosa, cuatrera, alborotadora, pobre, pobre viejo». O sea, ¿también se pone del lado del palurdo!)

«Incadita de rodillas

nomás seis tiros le dio

y el amigo del caballo

ni por la silla volvió».

¡Qué saña del ruin sujeto! Le vació la pistola a la pobre chamaca, que murió abrazando a su muñeca de trapo.

Lo dicho. A veces escuchamos, cantamos y hasta celebramos con las canciones que nos gustan, pero muchas veces ni siquiera nos ponemos a analizar su contenido semántico.

Va el refrán estilo Pegaso: «Considero que te han colocado las proyecciones óseas puntiagudas». (Se me hace que te pusieron los cuernos).

Compartir
Artículo anteriorElías y la leyenda de un fantasma
Artículo siguienteEs Narro