‘Montado’ en el Suchiate, el fenómeno migratorio visto por un antropólogo de Tamaulipas

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Por Misael Hernández-Hernández

Matamoros, Tamaulipas.- A fines del año 2017 asistí a un congreso sobre migración y género en Tapachula. Era la primera vez que pisaba una parte de la frontera sur de México. En aquella ocasión conocí a un cónsul centroamericano adscrito en la ciudad. Le pregunté si los migrantes de su país, al llegar a territorio mexicano, eran víctimas de robos o algo por el estilo. Me dijo que en general no, aunque algunos sí habían reportado que gente del crimen organizado los extorsionaban o amenazaban si no contrataban sus servicios para llegar a la frontera norte. “Dicen que del Cártel del Golfo”, expresó a la vez que yo rogaba porque no me preguntara de qué ciudad procedía. Después de todo, decir que vivía y trabajaba en una ciudad fronteriza de Tamaulipas, no era buen precedente.

Por azares del destino, al iniciar el 2018 fui invitado a participar en un proyecto denominado: “Región transfronteriza México-Guatemala”. Me tocó coordinar un objetivo en torno a la niñez y juventud migrante en la frontera Chiapas-Guatemala, así que me vinculé con colegas de aquella región para lograr el cometido. Mi siguiente visita, a inicios de aquél año, fue para empezar el trabajo de campo. Llegué al aeropuerto de Tapachula y, entre tantos pasajeros, tuve la “suerte” de tener una revisión al azar por parte de un elemento de la Agencia de Investigación Criminal, quien no comprendía qué hacía alguien de Tamaulipas en Tapachula, por más que le expliqué.

Después de eso empezó el trabajo de campo. A simple observación, Tapachula es una ciudad de inmigrantes, asentados o en tránsito: por el centro de la ciudad era común observar centroamericanos, pero también personas de otros países. En las plazas de la ciudad y en algunas calles, por ejemplo, cotidianamente transitaban niños de Guatemala vendiendo dulces o lustrando zapatos; mujeres jóvenes de Honduras, algunas trabajadoras sexuales y otras no, laborando en bares o cantinas, o bien buscando trabajo como empleadas domésticas; hombres jóvenes centroamericanos, que deambulaban por las calles también en busca de trabajo.

Este era y sigue siendo parte del paisaje de inmigrantes en la ciudad, del más precario. El otro paisaje era el de inmigrantes que, con relativa frecuencia, iban de Guatemala a Tapachula para comprar sus despensas familiares o para fines comerciales. Unos en vehículos particulares, otros más en autobuses que rentaban y llenaban de mercancías adquiridas en tiendas como Wallmart, Sam’s u otras, aprovechando la diferencia en el cambio de divisas, con un peso irónicamente más devaluado que el quetzal guatemalteco. Un taxista incluso se quejaba: “Estos vienen y dejan las tiendas vacías, nos dejan sin nada”. Su molestia no sólo era económica, sino también cultural: “Luego vienen con sus costumbres, hablando diferente”.

La molestia me era conocida, nada más que a la inversa: algunos estadounidenses quejándose de inmigrantes mexicanos. Pero tenía razón sobre “las costumbres” y el habla diferentes. “¿Qué necitas, amor?”, “¿Vas a llevar algo, amor?”, es una expresión común entre mujeres en Tapachula, al punto que ya no se distingue si son mexicanas o centroamericanas; lo cierto es que el “amor” como locución es más de esta última región, pero se ha arraigado, y destantea a quien no está familiarizado, al igual que destantea la ropa ajustada y corta que usan algunas centroamericanas debido a la “costumbre”, pero también al intenso calor húmedo.

Sin embargo, la frontera sur de México obviamente es más que Tapachula. La región del Soconusco, a diferencia de la región fronteriza del Valle del Río Bravo/Río Grande que conocía, es una frontera más fluida, más “líquida”, parafraseando al sociólogo Zygmunt Bauman, aunque no por ello menos vigilada, con más de algún “panóptico” al estilo Foucault que de forma discreta observa, controla y cuando juzga necesario sanciona. Algunos recorridos en la frontera de ciudad Hidalgo, México, con Tecún-Umán, Guatemala, sirvieron para constatar lo anterior: decenas o cientos de personas cruzan por abajo, por el río Suchiate, y otras tantas cruzan por arriba, por el puente que conecta a los dos países. La diferencia está entre tener o no “la tarjeta” que da el permiso de internamiento, la visa del sur.

El cruzar la frontera por “arriba” o por “abajo”, hace la diferencia, no sólo para inmigrantes de Centroamérica, también para inmigrantes como yo. Un joven guatemalteco que rentaba su balsa, me narraba que siempre cruzaba a la gente y nadie los molestaba.

¿Ni los de migración mexicana que están allá arriba?, le pregunté, señalando las oficinas del INM que están justo cruzando el puente.

“No, no dicen nada”, me respondió, “aunque los policías que están de aquél lado sí”, me dijo señalando una parte del río, por el lado de México. “Ellos a veces cobran a la gente, depende de lo que lleven”. Mi curiosidad no se hizo esperar y fui del lado mexicano a buscar a esos “policías”.

Justo en el punto que me había señalado, me acerqué por una vereda que daba al río Suchiate, con mi cámara fotográfica colgando. Al acercarme, observé a un hombre con un arma larga. Me dio miedo y me regresé, pero me alcanzó a ver y me llamó: “¡Hey!, ¿a dónde vas?”, me gritó y respondí: “Iba para abajo, pero veo que están ocupados”. Enseguida me dijo: “Venga para acá, hable con mi comandante”. Así que no tuve opción y regresé. Sentado en una piedra estaba el “comandante”: un hombre moreno, cuya arma larga de lado era casi más grande que él, y otro hombre más cerca del río.

Me preguntó qué quería y le dije que solamente tomar algunas fotografías de la gente que pasaba el río. “¿Eres periodista o algo así”. Respondí que no. Enseguida me pidió una identificación y agregó: “¿Y qué haces acá?, vienes de muy lejos”.

Al final, con un gesto de mala gana, me dijo que tomara las fotos rapidito, pero no a ellos, porque estaban ahí para proteger a los migrantes por la inseguridad. Jamás vi alguna placa policial ni mucho menos me mostró una identificación. Tomé mis fotos y me regresé de inmediato. Otro día volví, primero a la orilla del río, observando la dinámica económica transfronteriza que se da en esta parte de la frontera: gente que cruza mercancías de uno y de otro lado, víveres, ropa, changarros de comida y bebida, etc. Del otro lado la dinámica también es similar: negocios de trámites, de ropa, comida, regaderas, tiendas de cambio de divisas, cuartos en renta, etc.

Posteriormente volví, con la intención de cruzar a Tecún-Umán de nuevo, así que hice fila en la oficina de migración mexicana como el resto de la gente. Un oficial de migración me preguntó cuánto duraría en Guatemala y le dije que sólo iba unas horas. “Nomás muéstreme su credencial de elector”, me dijo. Me sorprendí y le pregunté si acaso no era necesario mostrar mi pasaporte y que me lo sellaran o algo por el estilo. “Si usted quiere sí, nada más que tiene que llenar una forma y hay que esperar más”. Lo hice. En lado guatemalteco lo mismo. El hombre encargado de la oficina de migración, incluso me agradeció que pasara a sellar mi pasaporte, argumentando que pocos lo hacían, aunque estaban en riesgo de ser multados y prohibida su entrada.

Después de esta visita hice otras tantas. Enfocado en el objetivo del proyecto que me tocó coordinar, con mi grupo de trabajo hicimos recorridos y entrevistas en diferentes lugares, lo que nos dio otro paisaje de la migración en esta región de la frontera sur: desde familias de Guatemala trabajando temporalmente en fincas cafetaleras de Chiapas, donde la dinámica laboral remite a las viejas tiendas de raya porfirianas y algunos niños y niñas estudian mientras que otros trabajan a pesar de la prohibición del trabajo infantil; jóvenes asegurados por el Instituto Nacional de Migración en un albergue de Tapachula; hasta familias centroamericanas residiendo en un puerto, con hijos incluso nacidos en México, trabajando o estudiando.

Este último paisaje nos permitió conocer diferentes experiencias de la niñez y juventud migrante, específicamente lo que llamamos “imaginarios colectivos”, es decir, las representaciones, expectativas, sueños y demás que de cierta forma compartían niñas, niños y jóvenes de Centroamérica, encontrando desde imaginarios que aludían a una “mejor vida en México”, hasta otros sobre una “mejor vida en el norte”; incluso imaginarios sobre la “añoranza de la familia” y del “lugar de origen”, pero también imaginarios en torno al “nosotros” y los otros”, una forma de rechazo y de exclusión cultural que vivían algunos niños, niñas y jóvenes migrantes.

Sin embargo, no fue el único paisaje migratorio que se logró observar y conocer. A fines del 2018, en el marco del fenómeno conocido como “caravanas de migrantes centroamericanos”, fui testigo de una de ellas. A inicios de noviembre de aquél año, llegué al aeropuerto de Tapachula y lo primero que observé fue un avión grande de la Policía Federal. Por la noche, observé a cientos de migrantes que estaban en la plaza principal de Tapachula. Hombres adultos, mujeres, jóvenes, niños y niñas abarrotaban la plaza e incluso algunas calles. Parte del paisaje también lo formaban varios elementos de la gendarmería mexicana y de la Policía Estatal, así como algunos elementos del Instituto Nacional de Migración. Ellos vigilaban mientras los migrantes descansaban. Al platicar con algunos migrantes sobre por qué viajaban en la caravana, la respuesta fue obvia: “Por la violencia de allá, y porque no hay trabajo”.

Al siguiente día, como si nada hubiera pasado, ya no estaban. Un colega me informó que habían seguido el camino y ya iban pueblos adelante, siguiendo el trayecto hasta la frontera norte de México con Estados Unidos. Tomé un taxi para asistir a una reunión y le pregunté al taxista cómo veía lo de las caravanas. Su respuesta fue tan breve y completa como no esperaba: “Ahí van, pobrecitos, por un lado huyen de la violencia y buscan algo mejor, pero por otro son huevones, todo quieren que les den aquí, ya ni a nosotros”. Una estudiante universitaria, incluso, me compartía que ella había observado que mientras mucha gente los apoyaba dándoles comida y agua en el camino, otros no los querían porque decían que había gente malviviente.

Incluso, el guardia privado en un hotel señalaba que, en su experiencia, cada que había muchos ingresos de migrantes, en la ciudad aumentaban los asaltos y los robos a casas habitación. Aunque para un maestro de una escuela primaria, la inseguridad también tenía que ver con la ineficiencia de la policía local y el hecho de que algunos grupos criminales empezaban a disputarse la “plaza”. Cierto o no, las caravanas de migrantes continuaron con todo lo que ya se sabe a través de los medios masivos de comunicación y las redes sociales. Aquella visita a la frontera sur, en la que observé de primera mano a migrantes de una caravana, concluyó y tomé el vuelo de regreso a casa. En el aeropuerto, una agente de la Policía Federal hacía revisiones.

Nuevamente, tuve la “suerte” de ser revisado al “azar”. La agente me pidió mi identificación. Le di mi credencial de elector. La miró una y otra vez, luego sacó su celular y algo tecleaba. ¿Le puedo ayudar con algo, oficial?, le pregunté amablemente, pero no me respondió. Insistí con mi pregunta y me respondió con un tono de voz con más decibeles de los necesarios: “¡Permítame! Estoy verificando en la Plataforma si usted no tiene antecedentes”. Tamaulipas, como decía al principio, después de todo no es buen precedente para ninguna persona.

Pasaron algunos meses y el proyecto continuó. Finalmente, justo en este mes, concluyó y fui una vez más a Tapachula para hacer una última reunión de trabajo. La misma historia en el aeropuerto: un oficial de la Policía Federal tuvo la fortuna de hacerme una revisión al azar y preguntarme si acaso iba a trabajar en el Instituto Nacional de Migración, porque le dije que estudiaba temas migratorios. Estuve tentado a responder que sí, a propósito de la reciente “renuncia” del Comisionado del INM, pero no quise tentar mi propia suerte en la frontera sur. Terminé mi reunión y por la tarde visité la plaza principal. Una lluvia densa se vino y la ciudad se puso caótica, así que me fui a guarecer en una iglesia, donde casualmente empezaba la misa.

Por respeto puse atención a la misa mientras pasaba la lluvia y pensando que, después de todo, a nadie le hace daño un poco de pedagogía religiosa. El tema: adulterio. El argumento del sacerdote: se comete adulterio físicamente, pero también espiritualmente, debido al deseo sexual, en especial entre los jóvenes de hoy en día. Sin embargo, en algún momento del sermón agregó: “Hoy, con nuestros hermanos migrantes llegando, vemos también tentaciones, pero no hay que ceder”. Mi curiosidad antropológica me hizo preguntarme a qué tipo de tentaciones aludía el sacerdote y, sobre todo, dónde las había visto para hacer una incursión etnográfica.

La lluvia cesó y fui a ver a un colega. Después de platicarle la anécdota, él me narró que recientemente habían visitado a una regidora y le preguntaron sobre acciones locales ante el fenómeno de las caravanas migrantes y, sobre todo, por el tema de la Guardia Nacional en la frontera sur. Ella les respondió que no sabían a detalle qué hacer, porque no habían recibido instrucciones de cómo coordinarse. Le pregunté a mi colega si la Guardia Nacional ya había arribado a la ciudad y me respondió que no: solamente se incrementaron los retenes entre Tapachula y la frontera, con elementos del Ejército, la Marina y el Instituto Nacional de Migración, por supuesto.

Al siguiente día abandoné la ciudad. Me dirigí al aeropuerto. Mientras esperaba mi salida, observé a varios militares. No me sorprendió verlos a ellos, sino el hecho de que portaban una banda en el brazo izquierdo, con la leyenda de “Policía Militar”. Me acerqué a uno y le pregunté por qué la Policía Militar estaba en el aeropuerto y me respondió: “Es que venimos de apoyo con ellos, los de migración”. Después entré a la sala de espera, y ahora no había policías federales, sino una agente del Instituto Nacional de Migración, quien me pidió mi identificación. Se la mostré en la cartera y me pidió sacarla. “Es que las cámaras están viendo”, me dijo. Ya en la sala de abordaje, miré que muchos pasajeros traían pasaportes de Centroamérica, incluso de Perú y de Estados Unidos. “Otro paisaje de la migración”, pensé y me subí al avión.

PD: El autor es miembro de El Colegio de la Frontera Norte. Es antropólogo y sociólogo, un tiempo investigador de la Universidad Autónoma de Tamaulipas (UAT).