Aquella noche de terror

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Max Ávila

* El columnista es autor de las novelas: “Erase un periodista” y “Rinconada, la historia prohibida del maestro Ricardo”. Además, Premio nacional de periodismo 2016.

Cd. Victoria, Tamaulipas.- Es evidente que el problema creado por elementos de la policía federal aún no concluye, ni siquiera con las garantías institucionales y humanas ofrecidas por el supremo gobierno. (Al menos hasta la hora en que se escribía esta columneja).

Lo que sí está claro, es que la corporación dejará de existir en año y medio y pue-que entonces respiremos tranquilos, considerando que la PF no siempre ha estado al lado de quienes lo requieren, al contrario. Y le diré por qué.

La siguiente es una experiencia  personal que el columnista se abstuvo de comentar mucho tiempo, sin embargo ahora lo hace, aprovechando que la PF es tema de controversia y escándalo.

Se la platico:

En una ocasión el columnista y su familia se hospedaron en un “prestigiado”  hotel de Matamoros, cuya masiva publicidad nacional e internacional quedaba debidamente justificada con sus altos costos, con cargo al viajero que confiado llegaba a descansar, o por necesidad de trabajo, o cumplir compromisos sociales.

Esto último fue el caso del que aquí escribe y su familia.

La primera noche transcurrió más o menos normal, digo, con uno que otro portazo de algún vecino escandaloso, de esos que no faltan y que utilizan esta clase de fugas para excederse en su comportamiento, sobre todo en horas de la madrugada.

Sean esos que, supongo, en sus hogares son más que reprimidos  u obligados a solventar deberes conyugales convertidos por la fuerza de la costumbre, en martirios de alcoba.

De manera que esa primera noche no pasó de sobresaltos pasajeros, dominados de inmediato por la necesidad de dormir.

Pero el siguiente día  fue diferente cuando desde las horas del desayuno se observó una sobrecarga, especialmente de jóvenes de aspecto y comportamiento policiaco, apoderados de todos los rincones del hotel. (Un empleado aseguró que eran “federales” que habían reservado la mayor parte de las habitaciones.)

Incluso tomaron posesión de una “palapa” ubicada en uno de los jardines, utilizada según dijo “el jefe de seguridad” del establecimiento, “para que convivan huéspedes que así lo soliciten”.

Y los presuntos “federales” también la tenían reservada.

Y, ¿qué cree?. El fandango en la dichosa “palapa” inició al mediodía y se prolongó hasta la medianoche y horas de la mañana siguiente, con gritos, música de alto volumen y discusiones interminables y de voltaje tan encendido, que algunos asustados huéspedes temíamos terminaran violentamente.

El columnista presintió que la segunda noche en aquel lugar sería “especial” y tal vez “inolvidable”. Por ello trató de instalarse con su familia en otro hotel. Pero resultó infructuoso, porque algo sucedía en Matamoros, que no existían habitaciones disponibles en la veintena de lugares consultados, mismos que de alguna manera ofrecían estancia tranquila.

De manera que nos resignamos a seguir en el mismo hotel, haciendo a un lado el negro presentimiento de una noche fatal.

Y sin  embargo sucedió.

MIEDO EN LA OBSCURIDAD

Ya le digo que “el fandango” en la “palapa”, prosiguió desde el mediodía hasta la mañana siguiente.

Fue entonces que vino lo peor.

Primero, a la una de la mañana dos tipos que el columnista supuso “federales”, forzaron la cerradura de la habitación y casi ingresan, de no haber sido por los cerrojos internos de seguridad.

En medio del susto, el que aquí escribe sacó valor de quién sabe dónde, reclamando la osadía hasta convencer a los sujetos de su error y hasta aceptaron que su equivocación se debía al abundante consumo de alcohol… (y quién sabe qué otras sustancias).

Espero que usted no haya transcurrido por experiencia igual porque en verdad, es terrorífico.

Y más cuando nadie acude en su auxilio, a pesar de las promesas de una somnolienta “administradora”, quien al recibir la queja por teléfono, aseguró que el incidente “era imposible” en un hotel de la categoría en que ella laboraba, sin embargo “en ese momento” enviaría a los encargados de seguridad a “checar”.

Por supuesto, los tales encargados “de seguridad”  jamás aparecieron.

Aseguramos la puerta con algunos muebles y tratamos de dormir, aunque con el temor a flor de piel.

Pero, ¿qué cree?

No pasaron ni dos horas, cuando de nuevo trataron de forzar la puerta. La forzaron mejor dicho, que de no haber sido por los benditos muebles interpuestos, seguro hubieran entrado. Y desde luego, el cerrojo que por segunda ocasión, cumplía su heroica misión protectora de viajeros pacíficos e inocentes.

Se trataba de dos sujetos distintos a los anteriores, aunque con uniformes obscuros sin insignias que los delataran pero identificables a simple vista,  quienes después de un intercambio de palabras, se disculparon pretextando su alto estado alcohólico.

Eran las tres de la mañana y el miedo había llegado al límite.

De nuevo la llamada a la administración y la misma respuesta. Y aún faltaban tres horas para que amaneciera.

Entonces decidimos “dormir” vestidos y las maletas hechas, para en caso necesario salir huyendo de tal habitación diabólica.

Para fortuna ya nada sucedió, aunque a lo lejos y hasta por la mañana no dejaron de  escucharse los restos de aquella parranda policiaca.

Amaneciendo por supuesto, dejamos “corriendito” el hotel en el que habíamos vivido una auténtica noche de terror.

El columnista no sabe si esta experiencia tenga algo que ver con la afirmación de AMLO, en cuanto a que la PF “se echó a perder” y por ello, la necesidad de su desaparición.

Pero de que los “federales” han acumulado mala fama, eso-que-ni qué.

Y ni modo que sea invento.

Y hasta la próxima.